Dos personas que se miran a los ojos no ven sus ojos sino sus miradas

Robert Bresson, Notas sobre el cinematógrafo

Son nuevos, inaugurales, esos ojos que reciben la luz entre las ramas. Ramón, que es Ramón Vázquez, mira. Luego cae. No se sabe dónde está, o si en ese cachito de viento y claridad que se abre paso entre los árboles, el sol refleja algún eco de la infancia.  Tal vez la ciudad, que se dibuja alrededor de ese cuerpo dormido o desmayado, solo sea una intrusa.

Ramón se pone en pie, ayudado por otras manos, y enuncia su deseo: llegar a Soto, en la provincia de Córdoba, y volver a ver a su padre. La ausencia a suturar es de unas tres décadas, y el camino para lograrlo es incierto, acaso infinito. Ramón -dice a quien quiera oírlo- llega desde La Pampa, y Buenos Aires es una novedad momentánea, un eslabón a transitar. No lleva más que un bolso, sus ojos de enigma  e inocencia, y una rara condición, que es la de hablar (poco) para que sus interlocutores también lo hagan, como en un susurro, movidos por una fuerza inenarrable y al abrazo del silencio. Sus ocasionales ayudantes, los tocados por su presencia, conforman una “especie de hermandad de desesperados”, apunta el propio Fontán en su Cuaderno de Flores (notas para la escritura de Ramón Vázquez), que forma parte de ese bellísimo libro-objeto llamado Cuadernos del Merodeo (Cielo invertido ediciones, 2024). En él, Fontán relata el germen de su película, el movimiento inicial que supuso presenciar un hecho similar a la caída de Ramón, y el tiempo transcurrido entre sueños, experiencias y pérdidas para que al fin, años después, la ficción moldeara estos contornos. En otro párrafo que no quiero olvidar, se dice:

 “¿En qué momento y de qué manera

empieza a rasgarse la frontera entre la realidad y la ficción?

Viaje y vigilia. Pastizales y pasadizos. ¿De qué manera el relato

se desliza de un lugar a otro para que la linealidad del viaje

se vuelva círculo concéntrico, migraciones y giros,

pastizales que se inquietan?”

Cuando cae, Ramón sueña. Sueña con laberintos de luz y sombra, con sucesos velados y persianas a medio abrir, o con ventanas porosas y vidrios esmerilados; también con parras de juventud y patios ausentes. Que esos espacios remitan inequívocamente a los claroscuros de Elegía de Abril (2011), a los laberintos de La madre (2009), a las ventanas verticales de El árbol (2006) o a los espectros de La casa (2012), por citar solo algunos de los ecos de la obra previa de Fontán, no hace más que ahondar el efecto de abismo del tiempo y del espacio -el de la infancia, el de los fantasmas familiares, pero no solo esos- que rodea al protagonista, y convierte a la experiencia de la película en una superficie múltiple, no lineal, mucho más expansiva que su (im)posible apariencia de “película de viaje”, categoría que es intervenida por el impulso poético del cineasta.

Entonces, Ramón Vázquez y su aura de bondad intuida, salen a la ruta. En un blanco y negro plagado de texturas y contrastes, las coordenadas de esa ruta son reconocibles: una parrilla al paso, una camioneta desvencijada, una terminal nocturna -en diálogo abierto con la película anterior de Fontán, esa maravilla de La terminal (2023) que es otro tiempo suspendido-, un puente de concreto, un túnel vegetal (en espejo de aquel que en La madre ponía en escena la voz de un -otro- sueño). Esos espacios cotidianos se abren a lo desconocido, que bien puede ser una confesión doliente de otros vínculos filiales, la obsesión cotidiana con la posibilidad de la muerte, el atisbo de relaciones que no precisan subrayarse para conmover, o bien las miradas curiosas que se abisman en el plano, y que son siempre la potencia de un instante.

Las voces, los gestos, los resplandores de intimidad, se suceden en una hermosa concatenación de escenas, que tanto pueden ser infinitas como aspirantes a una eternidad sin reglas, sin principio ni final. Los rostros de aquellos que pueblan esas zonas del camino, los modos de ser de sus gentes, animales u objetos, son capturados bajo la curiosa fugacidad de la cámara de Diego Poleri, que una vez más, pone a orbitar sus ojos sensibles en la frecuencia Fontán, aquella en la que lo real (documental o no) y la ficción son etiquetas acaso innecesarias.

Rodada a lo largo de mucho tiempo, con tozudez y valentía frente al desierto de los modos de producción que ya no se quiere que existan, Ramón Vázquez señala hacia su interior otro de sus enormes tesoros: Marcelo Subiotto (en otro protagónico en el que brilla) y Luis Ziembrowski (corrido al fin de registros más transitados) habitan personajes que no se olvidan. Tampoco se irán de la memoria tantos otros, sin importar su tiempo en pantalla: puede ser un único primer plano, una escena de baile improvisado, o un cruce de miradas que desarma cualquier intención de volverse una pista narrativa. El diseño sonoro es, en toda la película, otro prodigio que compone esa intimidad, la rodea de sentido(s) y del afecto de lo vulnerable. Bien puede ser el movimiento de las hojas como el paso de los camiones -allá afuera y a la vez tan cerca de Ramón- o el sonido de un acordeón que irrumpe con toda su vitalidad. Cada secuencia es convidada, también, a ser oída. 

Volvamos a la luz del inicio: hay algo Bressoniano en la mirada de Subiotto, un halo de pura presencia física que también es espiritual. Y entonces Dreyer pasa a resonar en esa ensoñación, y Maya Deren podría sonreír por esos fuera de foco un poco explotados, mientras Ramón avanza en la vigilia de dos mundos: la de su propio deseo que ha quedado abierto al transcurso del tiempo, y la del cine de Fontán, que no se parece a nada, ni siquiera a sí mismo aún cuando sus obras dialoguen entre sí, y su panorama poético se ramifique en libros como el mencionado Cuadernos del merodeo o su continuación en Pastizales para la espera, que nos sumerge en el proceso de filmación de Ramón Vázquez.  Porque siempre su camino es en espiral, inquieto y curioso, aventurero y audaz, atento a crear y explorar otros modos de la percepción.

Serán nuevos, en definitiva, los ojos que vayan al encuentro de Ramón y sus silencios. Bastará con descubrirlos en el confín de una pantalla y dejarse llevar por su luz tornasolada, para que brille en ella la potencia del cine.

RAMÓN VÁZQUEZ (Argentina, 2025). Dirección: Gustavo Fontán. Guión: Gloria Peirano y Gustavo Fontán. Fotografía: Diego Poleri. Edición: Mario Bocchicchio. Elenco: Marcelo Subiotto, Luis Ziembrowski, Ramón Loza, Mario Verón, Flora Campero, Mariana López, Julián López, Luciana Rodrigues Dacunto, Santiago Zapata, Julieta Ciochi. Duración: 68 minutos.

Si te gustó esta nota podés invitarnos un cafecito por acá: