…pero el corazón tiene su memoria y yo no olvidé nada…

Albert Camus

“Le di mi cine a tus canciones, y no me arrepiento”, podría decirle el director a su orquesta preferida, y tiene con qué. Porque con total honestidad, Gonza López no deja lugar a dudas: su película busca erigirse como una declaración de amor a Estelares, la banda que acompaña y acompañó sus días, y con la que lo blinda una relación de trabajos previos en videoclips y conciertos en vivo, especialmente el fulgurante Esas mágicas canciones, velada Lunaparkera de 2023 de la cual se revisitan -con nuevas ropas y otros recortes- algunos fragmentos y testimonios que dejaban intuir una historia a rescatar.

Imágenes rugosas, caleidoscópicas -tangente directa a los excesos pero también al tamiz intermitente y fragmentario del recuerdo-, retazos de audios y huellas fotográficas, canciones que son un mapa histórico y literario dentro de un guión preciso y plural… y un nivel de intimidad en las palabras que es tan bienvenido como infrecuente en este tipo de registros.  Es que allí donde la estructura de su película podría ser perezosamente encasillada en el típico racconto testimonial, López marca su audacia y una bienvenida luz de intransigencia para correrse del camino sencillo: Nuestros días en mi memoria decide sumergirse en la prehistoria de Estelares, echar luz -acrisolada, sensible, nubosa por momentos- y detener su marcha en el instante en que la popularidad le abre los brazos al grupo. Esto es, que su relato llegará hasta los días de Sistema nervioso central (2006), con los destellos de Un día perfecto, Ella dijo o El corazón sobre todo sobrevolando el imaginario de todos. Valiente decisión para una película que prescinde de un arco posterior de dos décadas, tal vez las más accesibles al gran público, y las que le hubieran permitido pavimentar su metraje de (otros) hits indestructibles.

Nos quedan entonces las canciones primitivas, los días de lisergia y de deriva, la frustración y el fulgor que viene y va. Y como cartografía esencial de ese camino, el espacio fundacional de La Plata, que se inscribe en el relato como una ciudad mítica. De a poco, mientras conocemos la génesis musical y letrística de la banda (orquesta, dirán ellos con orgullo y pericia), la ciudad se erige como el epicentro de una rebelión de las formas: en su mapa se traza un arco en el que caben los Redondos o Peligrosos Gorriones, los bares y la facultad, la efervescencia y la autogestión, los descubrimientos tardíos, las tensiones y las trasnoches eternas. Y siempre, como una suerte de imán al que adherirse con placer, la pluma inconfundible de Manuel Moretti, ese poeta urbano un poco melanco y un poco tanguero, un poco Rimbaud y un poco boxeador de tempestades.

López echa mano a recursos tradicionales de esta suerte de subgénero documental de grupos de rock, y sabe extraer de ellos altas dosis de cercanías que barruntan una intimidad que, como se dijo, parece sencilla pero no lo es; no basta con plantar la cámara en el umbral del primer plano, ni contar con la austera y elegante puesta de luz, para que de pronto aparezca lo intangible o la luz de la memoria. Hay un trabajo de guión (y una proeza de montaje), que hacen posible la ilación y la multiplicidad de voces de una manera que es a la vez reconocible -en otras películas y entrevistas del estilo-, pero que alcanza aquí un espesor particular. Habrá entonces, desde el centro de relato y habilitando sus periferias, testimonios del trío histórico de Estelares -Moretti, Víctor Bertamoni, Pablo Silvera- y muchos otros que dan cuenta de un camino que merece ser narrado.

Otro mojón de la película: no es necesario ser un fan absoluto de Estelares para que el relato nos cautive desde el inicio; hay en su derrotero tantos recovecos, tantas huellas singulares, que vale la pena acercarse con una mirada inaugural. Algunas historias podrán ser conocidas, o hacer sinapsis con la mitología que toda banda construye alrededor de sus comienzos, pero habrá también material inédito (verbal, sonoro, fotográfico) que es manejado con soltura y precisión: cada referencia -sobre todo las musicales- le conversa a los testimonios y amplifica sus ecos. Las voces y rostros de Rocambole, de productores pasados y presentes (con Juanchi Baleirón como llave que destraba la etapa más reconocida de la banda, pero también la de los responsables de Popart y de sellos fundamentales de los noventa), de periodistas que vivieron la época y saben cómo cautivar con sus relatos, nos sumergen con pericia en una historia que se impregna del vértigo y la convulsión (interior y general) de esos años previos al estallido de 2001, y trazan un relato hagiográfico de ese paisaje estelar-platense, que ha sabido estirar sus notas para pulsar sus límites mucho más allá.

Así es que Nuestros días en mi memoria (título que remite a Frescos como uvas, de Extraño Lugar, disco debut de 1996), navega con mano firme entre el tributo orgullosamente declarado, y el encanto de su historia. La música, ya sea en archivos sonoros crudos y hermosos, en la performance  de Moretti primero en formato solo y guitarra -otro punto alto de la película-, y luego a orquesta completa, aparece en la dosis justa para acompañar el movimiento que generan las palabras; un movimiento que parte de superficies inestables, de noches de insomnio y derivas a punto de cristalizar abismos, y que poco a poco encuentra una incandescencia que se adivina merecida.

Estelares es, con certeza, una banda ya histórica por prepotencia estilística y pergaminos musicales, y Moretti es un letrista y cantor que supo abrir heridas para sacar mugre y lirismo, erudición y arrabal, y vestir a esa canción popular de una densidad irrenunciable. Nuestros días en mi memoria echa luz a ese camino de autodeterminación, y abre la puerta a la construcción de un mito.

Nuestros días en mi memoria. Una película sobre Estelares (Argentina, 2026). Dirección y guión: Gonza López. Dirección de fotografía: Leo Druventi. Edición: Gonza López, Santiago Piñeyro. Duración: 90 minutos.

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