
De alguna forma, los que vivimos en las ciudades nos fuimos acostumbrando. La televisión, en esas horas muertas de la programación de verano, fue trayendo las imágenes de las fiestas y festivales populares de diferentes lugares del país. A la tendencia original de reducirlas a una sucesión de números musicales, en su mayor parte folklóricos, se le agregó la exploración que algunos canales de noticias hacen de ese otro lado de las fiestas hecho de la circulación de gente y de aglomeraciones alrededor de puestos de comida. Unos y otros se sostienen en el vivo y directo como referencia para captar la atención del espectador y por eso mismo, se convierten en recorridos más o menos estructurados, más atentos al registro general que al hallazgo de lo particular. Podría decirse que en los dos casos, la aparente neutralidad de la mirada está tan marcada como invisibilizada su estructuración a partir de modelos prefijados.
Otra cosa es registrar sin las limitaciones que impone la inmediatez. Y más si a esa determinación se le agrega una mirada que se corre de las estrategias habituales, que entiende que en la elección de lo que se registra y de lo que se ve, se pone en juego una poética y una política. Entonces es cuando en una película como Fiesta pueblo, esos dos elementos del título son solo un punto de partida, una ubicación antes que un destino a construir. El documental no persigue el registro minucioso de la Fiesta del Potrillo, ni de Coronel Vidal, la ciudad en la que se realiza. Uno y otro aparecen como fragmentos, esquirlas que se van cruzando en sus caminos para crear otra cosa, que no es ni la fiesta ni el pueblo.

La mirada de Laxalde –trabajada mayormente a partir de planos fijos- implica dejar que las imágenes y las palabras de un puñado de entrevistados sean lo que defina el concepto de su película. En todo caso es el montaje, la elección de los fragmentos, lo que les otorga una organicidad. Es cierto que para llegar a esa instancia hay que tener material sobre el cual poder trabajar. Y allí la mirada es crucial. Los entrevistados, curiosamente, casi no hablan de la fiesta como tal; a lo sumo se refieren a algo que la roza –la presencia de las mujeres en los desfiles-, que la alude –la secuencia en la peluquería con las reinas y princesas- o que imprevistamente toma distancia –la explicación del método de inseminación de los caballos. Esa búsqueda, que parece orientada a escarbar en las orillas antes que a sumergirse y dejarse llevar por las corrientes, se volverá parte esencial del procedimiento. Desde la primera toma, que se niega a la exposición tradicional de un desfile –se muestra solo el inicio desde el cruce ferroviario- y que se replicará en el momento en que la cámara se suba a una de las autobombas de los Bomberos Voluntarios para registrar a la gente que observa, antes que al desfile.

Donde ese desplazamiento queda marcado es en el momento en el que, al comienzo, irrumpe en el predio del festival, un personaje extraño, inesperado. Un joven musculoso, con el torso desnudo y en short, con un skate en la mano. La escena parece instalar un territorio en el que se pone en juego la posibilidad de conjugar lo real y lo ficticio. Pero en verdad, plantea el eje en el que se sostiene la mirada. Lo que implica esa aparición es la convivencia de elementos que parecen, a primera vista, opuestos. Coronel Vidal y su fiesta se presentan como un espacio en el que reside lo tradicional, forjado entre caballos, gauchos, jineteadas, remates de hacienda. En la combinación con elementos más relacionados con ciertas formas de la modernidad es que aquella convivencia se postula. La mirada de Laxalde encuentra esos cruces y no los expone como parte de una gestualidad irónica, sino respetando lo que el skater menciona, respecto del amor por el pueblo –y quizás esos hallazgos también se deban a que la cámara se toma ese “segundo de pausa” al que se alude. Si ese efecto queda en evidencia en el plano en el que descubre la permanencia en el mismo espacio de un antiguo equipo de música Ranser con otro más moderno con compactera, lo seguirá explorando en otras instancias. Incluso cuando opone a la música folklórica que suena en el festival, la electrónica que utiliza como banda sonora. Allí está el niño vestido de gaucho apuntando al blanco en la kermesse, con un símil de ametralladora. O el baile en el centro de jubilados y el juego del Samba con relator incluido. O hasta la simultánea aparición de caballos y modernas autobombas en el desfile –sin contar con que una de las mujeres bomberas se ha postulado para el Bailando por un Sueño. Esa convivencia que queda exacerbada por la fiesta y que, como en la canción de Joan Manuel Serrat, al llegar al final, devuelve a todos a su lugar, termina manteniéndose, como demuestran esos planos finales, en los que la imagen del skater se cruza con monumentos tradicionales en las calles del pueblo. Y que son los que definen de manera más notoria un paisaje, un lugar en un momento determinado.
Fiesta pueblo (Argentina, 2025). Dirección, guión, fotografía y edición: Ignacio Laxalde. Duración: 63 minutos
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