No, no es la tentación. No es esa imagen de un diablo que tienta a los humanos con fama, gloria, dinero o felicidad. Tampoco Tomás Lipan es uno de esos músicos que necesita sumergirse en la leyenda de los cruces de caminos, esos lugares donde los contratos, los pactos con el diablo implican entregar el alma a cambio de la destreza musical. No. Es la versión del diablo del Norte Argentino, el que se entierra una vez al año en el final de los carnavales. Es él quien lo anda buscando a Lipan. No para cobrarle una deuda. Ni para tentarlo. Solo para preguntarle.

El diablo es, hacia el interior de la película, el que ocupa otro lugar –el del director, el del espectador, ambos igualados en esa situación-. Es quien quiere saber quién es Tomás Lipán, de dónde viene. Pero no es quien lo lleva: es el diablo el que lo sigue en el recorrido que implica cada respuesta a sus preguntas. Es Lipán quien lo arrastra a su territorio: lo saca de esa ensoñación que lo hace fluctuar entre la salina y la sala de teatro y lo lleva con él hasta lo que queda de la casa de su infancia, a los escenarios que lo reciben en Jujuy, a los carnavales en donde se mezcla con el pueblo. En esos espacios, Lipán canta. Sus canciones se presentan como si se tratara de conjuros que lanza al aire y que terminan por hacer bailar a su antagonista. Allí no hay disputa, es que el diablo quiere entender de qué se trata ser Tomás Lipán, y desde él, ser niño, ser cantor, ser amigo.

Una pregunta en el inicio, define el elemento que articula toda la película. Cuando el diablo le pregunta quién es, el protagonista se define de manera bifronte. De un lado está Tomás Ríos, el hombre sumiso y callado; del otro, Tomás Lipán, el que se sube a los escenarios, pícaro y querendón, como se define a sí mismo. A lo largo de la película, esos dos frentes irán alternándose. Uno aparecerá en los recuerdos de infancia, en la rememoración de los padres, en sus sueños de labrador, en el recuerdo de su hermano Domingo y en el dolor por la muerte de su hija y de su esposa. Es un hombre que, más que sumiso, se permite bordear la nostalgia y esquivar, al menos un poco, la tristeza de las pérdidas. El otro aparece cada vez que la música lo convoca, que su nombre suena en la voz de un presentador al micrófono, en cada instrumento que hace sonar en una sala o en medio de los cerros jujeños.

Lo que el diablo va descubriendo en Lipán es la forma en que la obra se constituye como parte de la herencia del lugar. Lipán retrata a su pueblo, no solamente en el modo en que dice haberlo descubierto en un concierto en Malasia. Sino porque su narrativa apela a personajes que poblaron su historia de vida. Si la música que adopta, plena de huaynos y carnavalitos, es la expresión popular de ese Norte, la lírica vuelve sobre la tierra, sobre el espacio que se habita.

Y allí despunta otro frente doble: el de la música festiva que cuenta historias en las que no está ausente el dolor y la tristeza. Como ese momento en el que toca el acordeón en el funeral de Heriberto, Lipán se asume como continuidad no buscada aún en la muerte de la persona amada por un pueblo, como decantación lógica de la pertenencia a una cultura. Es como el propio Lipán define a los carnavales, a las músicas que toca, en los que conviven sentimientos encontrados. El músico que además se ve entre su tierra natal y la Buenos Aires que le permite llevar sus canciones a otros públicos. Es el que en el tramo final se afirma en la relación con ese Dios al que respeta –y al que rinde honor desde su música, entendiéndolo como una extensión de la relación con la Pachamama- y con ese Diablo que interactúa con él. No hay tragedia posible en ese encuentro. Lipán comprende al Diablo más allá de la construcción cristiana como representación del terror. Hay entre ellos, gestos de complicidad, que entienden que Dios y el Diablo son los dos lados en los que se mueve ese hombre. Rien juntos, se chucean mutuamente. Se tientan y en el final, el Diablo le propone irse juntos. De farra, dice, como si se tratara del compañero ideal para esos lances. Pero Lipán dice que no. Y aquí se queda, y con él, su música y la voz y la música de todo un pueblo.  

Lipán (Argentina, 2025). Dirección y guión: Gonzalo Calzada. Fotografía: Claudio Beiza. Edición: Federico Rozas. Duración: 105 minutos.

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