A voz de Deus comienza con una sucesión de videos en los que un niño predica. Los auditorios son disímiles y van desde lugares reducidos a microestadios. Las palabras y el efecto que provocan es el mismo, aunque las multitudes parezcan potenciarlos. El niño de esas imágenes tiene ocho años y parece el modelo de un adulto puesto en otro cuerpo: la vestimenta formal, la gestualidad y el dominio de la escena y de la palabra escapan de la lógica de la infancia. Y es que si hay algo que queda en claro en el documental es que no hay fragmentación etaria en esa apropiación del lugar: el niño no se dirige a los de su edad, sino que cumple el mismo rol que un predicador adulto.

Es difícil desentrañar qué es lo que se produce cuando uno de estos niños se sube a predicar la palabra de Dios. Qué es lo que lo diferencia de los mayores, si es que hay algo. Una pista aparece promediando el relato, cuando en el encuentro de jóvenes predicadores en San Pablo, el presentador habla sobre Joao Vitor Ota y lo define como “un fenómeno” y como “una bendición de Dios”. Entre líneas puede comprenderse esa imagen que quedará delineada cuando la cámara comience a seguirlo. Joao Vitor convierte la escena en un show cuya intensidad está marcada por las inflexiones de su voz, por un crescendo en su discurso. Pero ese crescendo es el producto de un cálculo, una puesta en escena en la que Joao Vitor evita decantar hacia los modos de la posesión y la reemplaza por un entusiasmo que parece no tener límites.

La bendición consiste en mantener la llama encendida en diferentes generaciones. Joao Vitor parece representar en los años que van desde los ocho hasta los doce, un devenir acorde con la época. No es solo él en el escenario, sino su aparición continua en las redes sociales. Sus videos en muchos casos no dicen nada nuevo y funcionan como publicidades -propias o de algún negocio- pero sostienen su presencia virtual.

El niño que vemos al comienzo no es Joao sino Daniel. El documental lo sigue entre los 16 y los 22 años -de hecho, el cruce con Joao Vitor parece funcionar como un traspaso, un relevo-, para revelar el contraste con ese niño que está surgiendo. La vida de Daniel descripta en esos tramos iniciales es más la de una puesta en escena antes que una afirmación. Una sensación de un tiempo personal que ya pasó se plantea entre sus viejos DVD que ya no se venden y la suspensión de su sermón en el templo sin mucha explicación. Y que expone cuando le pregunta a su novia Sara si lo ve como un hombre de Dios y si sus palabras le llegan. Daniel no duda de Dios sino del lugar que él ocupa en ese esquema y que se expresa en otras acciones: en las horas que pasa trabajando como cajero de un mercado, en la voluntad de casarse y formar una familia, en la decisión de marcharse a San Pablo para trabajar en algo que le permita vivir mejor. Daniel observa la vida de una manera, se diría, desencantada e incómoda, como si el rol de predicador en algún punto le hubiera quitado parte de su vida. La diferencia con Joao se plantea entonces de manera radical: la modestia de los espacios que habita, de los objetos que posee, contrasta con ese chico que termina utilizando comercialmente su imagen. Pero también ese cruce amable que establece con su entorno a raíz de la figura de Bolsonaro: mientras su padre milita activamente en la campaña, veremos a Daniel, cerca del final, en medio de los festejos populares por el triunfo de Lula Da Silva. Su sermón de ese día se diferencia de los de Joao, y es una visión desencantada de un entorno de crisis que no parece tener solución.

Entre esos dos niños predicadores se plantea una distancia temporal en sus curvas ascendentes que implican cambios profundos. Daniel parece no solo decantar hacia el pesimismo que le impone la sociedad en la que vive -el mensaje que le manda a su padre tras la elección es de una tristeza inocultable-, sino que hasta sus modos de predicador parecen venir de otro tiempo. De un tiempo analógico, casi se diría que unplugged. Lo que no parece haber cambiado demasiado es la concepción familiar en la que la prédica se mezcla con el negocio. Ese modelo es el que Daniel parece no aceptar y el que su padre no se resigna, cuando en el comienzo se plantea que no pudo hacerse millonario. Los padres de Joao Vitor tampoco, pero como predicadores entienden la necesidad de montar una estructura que sostenga comercialmente a su hijo. Cuando en el final, Joao Vitor habla de su cansancio físico, del tiempo que lleva durmiendo mal y girando por todo Brasil, cualquier chispa -una camisa recién planchada, en este caso- puede desatar la disputa, el ejercicio de la rabia que termina postulando a la madre como posible enemigo y como reposición de una figura de autoridad. Los modelos que postula A voz de Deus en su seguimiento temporal colisionan en las formas que van adquiriendo, pero conducen casi inevitablemente al mismo lugar: el agotamiento que empieza en el físico y se traslada a lo mental. Como si esa palabra de Dios ritualizada y repetida, puesta en escena, se llevara consigo toda la energía de quienes la enuncian. Y en ese proceso, la necesidad de que vayan apareciendo continuamente otras voces que no dejen que la llama se apague y que puedan reemplazar a esos espíritus exhaustos.

A voz de Deus (Brasil-España, 2025). Dirección: Miguel Antunes Ramos. Guión: Miguel Antunes Ramos y Alice Riff. Fotografía: Alice Andrade Drummond y Leo Bittencourt. Edición: Yuri Amaral. Duración: 85 minutos.

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