
El Capitán de la Fuerza Aérea chilena Jorge Silva es un profesional. Antes que cualquier otra consideración ética o de conveniencia personal, su conducta parece estar regida exclusivamente por aquello que los reglamentos y órdenes del servicio le imponen. Siguiendo este hábito ha denunciado, en 1970, un complot para atentar contra la vida de Salvador Allende, a punto de asumir la presidencia de Chile. Silva está al tanto del complot como oficial de inteligencia de la Fuerza y su denuncia no solo logrará abortarlo, sino que determinará el exilio profesional de sus cabecillas.
Pero ese es el pasado; el presente de la narración ocurre el 11 de septiembre de 1973, fecha del golpe militar que derrocó y provocó la muerte de Allende y lo reemplazó, en los siguientes diecisiete años, por la dictadura militar de Pinochet. A Silva se le abren dos caminos: obedecer a sus superiores inmediatos, lo que implica unirse al golpe de estado, o atender los llamados que le realizan sus compañeros, los oficiales leales, para que se sume a la resistencia. Su elección es inmediata: obedecer, lo que lo transforma en un esbirro de los golpistas, quienes ya han comenzado su orgía de torturas y muertes.
Este es el primer punto de inflexión de Hangar rojo: cuáles son los límites de la profesionalidad, o bien, en dónde nace ésta, una creación cultural que debería incluir a la ética. Silva está tironeado por estos dos extremos, su jefe es un militar que tuvo que exiliarse en Estados Unidos por ser uno de los complotados que él denunció. Ahora ejerce una crueldad particularizada —de una perversidad minuciosa y sorprendente para su tosquedad—sobre su subordinado. Obedecerlo como un soldado profesional es cruzar un límite de lo humano y el Capitán tiene hacia la tradición humanista un fuerte amarre que lo pone en tensión: su esposa, profesora de historia y militante de izquierda.
Así como su vida cotidiana está reglamentada por órdenes y burocracia, aún las más crueles, Silva tiene otro ámbito personal que le es propio y lo acerca a la vitalidad más esencial: como paracaidista estrella de las Fuerzas Armadas, ha descubierto flotando en las alturas una libertad que no puede ser coartada por nadie. La vivencia íntima de esos instantes se opone en su interior al rígido mundo militar ordenancista que quiere obligarlo a convertirse en un asesino.

El salto que lo hizo célebre entre sus colegas fue durante una fiesta patria, cuando se lanzó desde una altura inédita para caer en el centro del Estadio Nacional de Santiago de Chile, nada menos.
En el presente de la historia debe llevar prisioneros desde el Hangar rojo justamente a ese Estadio, pero con la expresa instrucción de matar a dos de ellos en el camino.
Este será el punto final de inflexión, el lugar en dónde la profesionalidad, la ética y la libertad terminan de resolver su batalla en el corazón del Capitán.
Nuestra propia y modesta ética de espectadores nos obliga, contrariando al spoiler, a revelar que el Capitán Silva elige la libertad. Lo hace utilizando las herramientas profesionales en las que ha sido entrenado: el combate a puño, primitivo y esencial. El regreso al Hangar rojo, el portón que se abre y cierra tras él, la luz que se apaga a su espalda, son los signos ominosos de un futuro en donde un hombre libre se va a ver privado de su libertad física, de su vida quizá.

La puesta en escena de Juan Pablo Sallato —codirector del documental Ojos rojos (Ismael Larrain, Juan Ignacio Sabatini, Juan Pablo Sallato, 2010), sobre la selección chilena de fútbol en el período en que Marcelo Bielsa era su Director Técnico— para contar esta historia basada en hechos reales, es austera como su protagonista y enmarcada en un rigor tal que tienta a adjetivarlo como bressoniano. La búsqueda de Sallato es distinta a la de Bresson, no hay misticismo en la historia ni en el espíritu del protagonista, la imagen no se fragmenta en innumerables planos detalles y los rostros que enmarca en primer plano no son los de aficionados sino los de actores profesionales, como el del notable Nicolás Zárate que encarna al protagonista. El blanco y negro de la imagen, austero como la historia pero trabajado en todos sus matices resulta, visto a posteriori, la única elección posible para esta historia.
No obstante, el devenir del Capitán Silva, su historia de ascensos y caídas, a las nubes y a la tierra, a la libertad o a la prisión, con felicidad o con angustia, persiste en unirse en algún lugar de nuestra memoria con la del Teniente Fontaine de Un condenado a muerte se escapa (Un condamné a mort s’est echappé, Robert Bresson, 1956). Como dijo Bresson: “El viento sopla dónde quiere”.
Hangar rojo (Chile, 2026). Dirección: Juan Pablo Sallato. Guión: Luis Emilio Guzmán. Fotografía: Diego Pequeño. Edición: Sebastián Brahm, Valeria Hernández. Elenco: Nicolás Zárate, Boris Quercia, Marcial Tagle, Catalina Stuardo, Aron Hernández. Duración: 83 minutos.
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