Volviendo, muy a favor suyo, Verano Trippin dura lo que tiene que durar, y aunque insistimos no es recomendable, no es una película que te expulse, que se abandone. Pero sí muy temprano las expectativas del espectador quedan reducidas al banal entretenimiento que con suerte servirá para sostener una charla vaga con un compañero de trabajo, o si se quiere para escribir una crítica de cine en tono ligero.

El universo nos regala un lugar hermoso, y ahí va el hombre a cagarla. Si no bastaba con los soldados israelíes incendiando intencionalmente su nueva tierra prometida, nos enteramos gracias al lanzamiento de Amazon, que en septiembre del 2025 se estrenó Verano Trippin, ópera prima de Morena Fernández Quinteros, la cual se sirve de la hermosa Patagonia, la regada de sangre originaria y obrera, para ambientar su “road movie” crismorenística 2.0.

Como Stanley Kubrick en El Resplandor (The shining, 1980), Quinteros y su Verano Trippin comienzan sobrevolando una ruta paradisíaca, persiguiendo un vehículo que se adentra en la trama. Y acá viene la primera salvedad para el lector que, después del primer párrafo, vislumbró en estas líneas una matanza peor que la de Hipólito Yrigoyen. No, que esta película no sea ni por casualidad recomendable, no quita que la cámara siempre esté bien puesta. Kubrick tenía los paisajes —parecidos a los patagónicos— y un novelón, y pese a los errores de cámara, algunas actuaciones berretas, y varias diferencias sustanciales con la obra de Stephen King, no terminó chocando la Ferrari. Miren a Fabián Bielinsky; tenía un gran guión, también la Patagonia, y con mucho menos ampulosidad le gana al fotógrafo yanki-inglés con la grandiosa El Aura (2005), porque su película es por escándalo superior a la trillada del hotel maldito. Y bueno, Quinteros está arrancando, se acomoda también en los bellos escenarios naturales, demuestra que sabe muy bien como aprovecharlos, pero ya debe haber aprendido que sin guión no hay tutía. Y para cerrar este segmento de comparaciones raras y relaciones retorcidas, anoten también que Dolores Fonzí que trabajó en El Aura, ya como directora, en su ópera prima Blondi (2023) habla todo el tiempo del porro, y Verano Trippin también es una oda fumanchú, ópera prima, pero mucho más vergonzante. ¿Qué tiene que ver? Ahora va.

Sinopsis: dos chicas que se criaron a base de “Chiquititas”, “Verano del 98” y demás, quieren hacer un viaje a Europa. Se les ocurre que, si además de fumar porro lo venden, podrán juntar la plata necesaria para ese viaje espiritual que hacen los que están muy al pedo y sin complicaciones en la vida. El plan se pone en marcha, y todo funcionará bien, hasta que aparezca Lali Espósito. 

Verano Trippin reúne en su reparto a varios “hijos de”. Miranda de la Serna, Manuel Fanego, Juan Grandinetti, en suma casi la mitad del elenco, podrían desalentar a cualquier estudiante de actuación sin apellido. Sin embargo, sus desempeños no deslucen ni agravan las falencias del guión. Miranda de La Serna, incluso, parece por momentos encorsetada en un papel que limita su capacidad.

Como ya dijimos, las protagónicas se deciden a vender porro para financiarse un viaje a Europa. Previamente a la decisión, las vemos fumar durante todo el arranque de la película, todo el tiempo, uno tras otro. Al igual que en Blondi y un millón de películas alrededor del mundo, tenemos la escena donde las dos protagonistas viajan en su auto cantando como adolescentes, tirando humo por todos lados. Estamos en el siglo XXI, y echarle la culpa a una película de apología al consumo de drogas, es una total estupidez. Lo que hay que señalar en el comportamiento de los personajes de Quinteros, es que son bastante pelotudos, o pareciera que cada porro que se fuman es el primero. Y acá me acota y suma un amigo que fuma desde que nació, que jamás vio lo que las tranzas de Verano Trippin hacen: vender los porros armados. Un papelón.

Tampoco es original, nuevo, interesante, inteligente ni nada positivo, que en una película ambientada en la Patagonia argentina se deslicen destalles nazis. Existen mil teorías que aseguran que esos enfermitos se refugiaron en nuestro país, ahí al sur, pero si la película no va a profundizar, no va a mostrar, y encima nos va a dejar en pelotas, la inclusión de un gorro nazi, y un personaje vergonzante que se llama “Peligro”, quien tiene un abuelo amigote del pintor austríaco, resulta totalmente de más. Típico, trillado.

Existe un mal que acecha en las películas de confabulaciones, de intrigas políticas o mafias policiales, empresariales o de inteligencia. Como si estuviésemos en la fila de la panadería o del mercado ante un hablador serial, los entramados que se insinúan, o que le intentan explicar al espectador, suenan muy confusos, vacíos de toda lógica, y repletos de ingenuidad. Cuando una película te planta a un policía deshonesto como todos los policías, y lo cruzan con un nazi; y hay una mansión donde se reúne gente de traje, y a través de las ventanas vemos que mueven los labios, pero no sabemos qué carajo dicen, y lejos de estar viendo una comedia, o una sátira, es evidente que deberíamos tomarlo seriamente, y estos intercambian paquetes cerrados que no sabemos qué contienen, y viajan algunos dólares, y… ¡Qué embole! ¡Qué triste! Si no tenés una trama clara y real de corrupción, ilícita o por lo menos entendible, filmá una película romántica, o una comedia.

Volviendo, muy a favor suyo, Verano Trippin dura lo que tiene que durar, y aunque insistimos no es recomendable, no es una película que te expulse, que se abandone. Pero sí muy temprano las expectativas del espectador quedan reducidas al banal entretenimiento que con suerte servirá para sostener una charla vaga con un compañero de trabajo, o si se quiere para escribir una crítica de cine en tono ligero. Si no abandonamos la película cuando entra en escena Lali Espósito interpretando a una peligrosa narcotraficante, con menos physic du rol que el gordo Porcel haciendo de Nadia Comaneci, de seguro vamos a discurrir hacia el final, aunque buscando razones, esperando algo imposible, y resignados como con esos tipos que visten los colores que amamos pero no patean al arco.

Algo en lo que no se le puede caer sólo a Verano Trippin, es en el uso de palabras extranjeras. Porque ese mal abunda en todos lados, y no sólo en las artes, es una triste marca de época. A nuestra sociedad lentamente se la han comido, nos van terminando de conquistar con el humo seductor tilingo, careta y anglosajón. Claro, hubiese sido super grasa ponerle Verano falopero, verano drogadas, o algo similar. Parece más imperioso estar en esa estupidez, que por ejemplo pensar un final digno para esta película que termina de repente, sin lógica ni cierre, y pega menos que una tuca de prensado meado por mil paraguayos.

Verano trippin’ (Argentina, 2025). Dirección: Morena Fernández Quinteros. Guión: Morena Fernández Quinteros y Juan Cavoti. Fotografía: Luciano Badaracco. Edición: Rosario Suárez. Elenco: Miranda de la Serna, Zoe Hochbaum, Lali Espósito, Ariel Staltari, Manu Fanego. Duración: 70 minutos.

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