En la película de Aráoz, para comenzar, no hay barcos: apenas vemos un curso de agua en el que Antonio (Oscar Nemeth) y Emilia (Natalia Pelayo) se refrescan una tarde. Tampoco hay catedrales: el espacio en el que se desarrolla la película es el campo en el que está la casa que fue de Oscar, el padre de Antonio, que murió hace tres años. Lo que hay es un cementerio, cuyos empleados insisten en llamar a Antonio para reclamarle la deuda que mantiene por los restos de Oscar. Son, barcos y catedrales, apenas la nominación de una línea de un poema que Antonio lee en una escena cerca del final, en la escuela a la que va su hija. Un poema que es una recopilación de cosas que Antonio escribe y que se expone solo en ese momento. Pero también representación simbólica de lo que se mueve y lo que está quieto, firme sobre la tierra y que parece aludir a la dualidad en la que se mueve el personaje. Y de esos extremos que el poema reúne como si aludiera a padre e hija.

El recorrido de un personaje como Antonio, se hace sinuoso. Lo vemos al comienzo limpiando ese espacio que era de su padre: quema los objetos que poblaban la casa de la presencia de Oscar -esa que El Negro (Sergio Prina) advierte en el relato que hace de la noche que pasó trabajando solo en la casa-. Borra todos sus rastros, hasta negarse a ir al cementerio (“Hagan lo que tengan que hacer”, dice las dos veces que lo llaman), como si todo se lo hubiera llevado su hermana en el viaje a otra provincia. La aparición de Emilia – con esa ambigüedad entre lo espontáneo y el conocimiento previo de ambos- parece recuperarle una vitalidad perdida, una relación con el entorno que se va generando a partir de ese acercamiento. Esa relación le recupera la dimensión de la casa paterna, mientras con el Negro se pasa de lo estrictamente laboral hacia algo más personal, cuando acepta ceder el galpón para que celebre su cumpleaños o cuando acepta llevarlo con su esposa hasta San Roque.

Sin embargo, empiezan a aparecer elementos discordantes con esa cara de Antonio, que se insinúa tanto en el desprecio de lo familiar (Augusto le señala que no debió quemar todas las cosas de su padre) como en la reacción en la escena en la que lo insultan en la calle cuando sigue a Emilia. Es como si en esos momentos, el personaje regresara a un estado inicial en el que desconfía y hace todo lo posible para quebrar toda relación con lo que lo rodea. El gesto mínimo de no concederle la guitarra a Augusto y llevarle el organito es un indicio de ese desacomodamiento del mundo que se comenzará a observar poco después.

La fiesta de cumpleaños del Negro provee las primeras señales de la desconfianza. El interés reiterado de quienes le quieren comprar el organito –objeto por el que expone una relación extraña entre el desconocimiento de su origen y la voluntad de arreglarlo- se sumará a ese momento en el que descubre la charla –y el beso- entre Emilia y Mecha (Magdalena Castro López), que lo llevará a un cambio de perspectiva sobre sus relaciones.

El descubrimiento del robo en la casa es el inicio de un camino sin retorno. Antonio hace que Emilia, contra su voluntad, se marche, ofreciéndole un dinero que no acepta. Moviliza a la policía de La Ramada a partir de la denuncia, para que haga allanamientos en las casas de trabajadores de la zona. Desconfía, cuando el Negro le lleva el organito y el celular recuperados, tanto de él –al punto de trenzarse en una pelea- como de su esposa. El descrédito que se produce sobre la acción de los otros, que le vuelve como desprecio y rechazo de los objetados, lo lleva al ejercicio de un poder que se basa tanto en el dinero como en la fuerza que imponen las armas.

En Barcos y catedrales, Antonio termina rompiendo todos los puentes que había construido hasta ese momento de su vida. Solo le queda reconstruir uno que parece olvidado –y del que apenas hace una mención hasta allí-: el que lo reúne con su hija Mariana, a partir de la lectura y el uso del organito en la escuela. Allí puede pensarse el punto desde el cual la película no termina de funcionar. No solo por la falta de énfasis a la hora de focalizar en lo dramático –tanto la pelea con el Negro como la disputa callejera con el francés, pareja de Emilia están resueltas de una manera forzada- o por el estiramiento en el uso de un recurso –los bailes de Emilia, por ejemplo, que no aportan a la narrativa-. Sino por el desequilibrio que se advierte entre lo sobre-explicitado (la cuestión de la muerte de su padre y sus derivaciones) y lo que se pretende dar por sobre-entendido (la relación con Emilia y con Mariana; la forma en que ataca al Negro) que dan como resultado una narrativa a la que le falta algo de cohesión. Antonio, en el comienzo, es la sugerencia de un personaje interesante, desde su hosquedad y un mundo propio que se mantiene en fuera de campo. Pero en el devenir, termina siendo apenas una figura que sirve de excusa para desarrollar escenas que lo tienen en el centro, pero que no contribuyen a su construcción como personaje valioso.

Barcos y catedrales (Argentina, 2024). Dirección y guión: Nicolás Aráoz. Fotografía: Mauricio Asial. Edición: Martín Mainoli. Elenco: Oscar Nemeth, Natalia Pelayo, Sergio Prina, Magdalena Castro López. Duración: 77 minutos.

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