Una sensación recorre la visión de la película de Aye Redigonda. Algo que tiene que ver con ese momento en el que uno de los vecinos del barrio dice a cámara: “¿No conocés Parque Chas?. No vengas”. Algo que puede definirse en un eje que opone la pertenencia a la ajenidad. Las visitas guiadas que se hacen por el barrio, armadas por la curiosidad que animó cierta mitología solo pueden situarse en un lugar intermedio: un conocimiento superficial, la constatación de eso que escapa a la historia hasta volverse mito. Un conocimiento que se queda atrapado en el mapeo de las calles circulares, del diseño laberíntico para las formas habituales de una ciudad.

Pero para narrar a Parque Chas no hay alternativas. Se lo puede contar desde afuera, pero se tenderá a la reproducción de eso que ya está afincado en el territorio del reconocimiento sostenido por los medios de comunicación: el lugar en el que cualquiera se puede perder y del que solo se preocupan por ofrecer las posibilidades de salida. Desde adentro es otra cosa: se trata de perderse, pero en otro sentido, de dejarse llevar por el espacio, por esa “burbuja electromagnética”, como define alguien, que parece protegerlo del entramado de toda la ciudad de Buenos Aires. Perderse es allí un signo de vitalidad que implica el abandono de lo individual para compartir un espacio común.

Una película de Parque Chas está narrada desde adentro. Y no es casualidad que comience en el lugar en el que debería comenzar, pero no termina siéndolo: con una vecina, Alicia, a la que la directora conoció en plena pandemia, mientras barría la vereda de su casa. Tampoco es casual que sea Laura, otra vecina, la que se sume al proyecto como si fuera, literalmente, propio. Una y otra escena que remiten al encuentro, a la relación de cercanía, reafirman la pertenencia a un espacio, a la vez que encuentran en la directora un vector para narrar esa relación tejida con el barrio a lo largo de los años. Porque allí comienzan a aparecer los que nacieron dentro de sus límites, los que migraron y lo eligieron como espacio propio, los que formaron una familia y están dispuestos a no abandonarlo.

Por esa razón, la cámara no sale de los límites barriales. A lo sumo, se desplaza hacia sus límites para ofrecer una imagen desde las alturas. Pero el centro de su narración está siempre allí adentro y a la altura de sus habitantes. Las calles, sí, claro, como signo de identificación, pero también las casas, los zaguanes, los ámbitos de reunión –el club, la biblioteca, las plazas, las mismas calles para fin de año-. Esa suma de elementos que el documental va recogiendo y organizando, no son una topografía exhaustiva del barrio, sino un fresco, una especie de mural en el que cada uno de los habitantes entrevistados va dejando sus propios trazos –desde el matrimonio grande que se conoce desde los 14 años hasta el barrendero del barrio.

Entre ellos, van surgiendo los recuerdos de la historia. De los arroyos que lo surcaban y los puentes corredizos que permitían cruzarlos –y de las inundaciones que cada tanto se producían. De la fábrica de ladrillos y de la venta de los lotes originales que venían con la cantidad de ladrillos justa para hacerse una pieza. De los bailes de carnaval y de esa sensación de que antes era distinto –y que se termina de comprender cuando uno de los habitantes señala desde el fondo de su casa, los edificios de departamentos que se fueron haciendo en los últimos años. De los olores a jazmines y tilos, a verano, a romance, a gente que milita. Pero quizás no haya algo que resulte más interesante que auscultar como hace el documental en la mitología que circula desde el origen del barrio.

Y es que ese diseño es central para comprender la diferencia. No solo porque esa circularidad le permite atenuar la llegada de los ruidos que provienen del tráfico de las avenidas cercanas. Sino porque en sí mismo, el diseño presenta al barrio como una anomalía, como una ruptura de un diseño hecho de líneas rectas, de manzanas cuadradas o rectangulares, a lo sumo atravesadas por alguna diagonal perdida. El diseño es la singularidad y la singularidad es la ruptura de la monotonía, de lo establecido. Más que esa idea de tratarse de “un barrio antiguo para gente antigua” –curioso, si se tiene en cuenta que fue el último barrio creado en la ciudad-, es un barrio especial, para gente que acepta salirse de las formas monocromáticas y del monomorfismo arquitectónico. Y en ese punto, el mito se reproduce desde versiones que se multiplican y que van desde el simple capricho de Chas al momento de lotear sus terrenos a la historia que involucra a una esposa a la que no se le quiere darla posibilidad de escaparse del lugar. O de la pretensión de igualarlo con el diseño de los suburbios de Londres a la construcción liderada por un grupo de obreros anarquistas. Cualquiera haya sido la realidad –que a veces suele ser mucho menos interesante que la profusión de mitos urbanos-, lo cierto es que el barrio adquiere una identidad y una pertenencia, que la cámara logra registrar y que excede incluso a esos ejemplos de canciones que lo reflejan de manera más o menos precisa. Como le ocurre a sus habitantes –algunos de ellos admiten que todavía, a veces, se pierden en sus calles-, la cámara se pierde en ese laberinto, pero de una manera feliz, dejándose llevar, antes que por la posible exhaustividad, por el registro de esos fragmentos que hacen a la identidad del barrio y que afirman el sentido de pertenencia ya no de los retratados, sino de quien los retrata. La mejor conclusión a la que se puede arribar está allí, en boca del historiador del barrio, Oscar Mango, cuando dice “No sé si es lindo o feo, es esto”. Y nada puede importar más que esa percepción del lugar.

Una película de Parque Chas (Argentina, 2026). Dirección: Aye Redigonda. Fotografía y cámara: Aye Redigonda, Manuela Wajsman, María Laura Ciocoletto. Edición: Aye Redigonda e Irene Salomone. Duración: 64 minutos.

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