Qué es un cabo suelto. Es algo que no está atado, asegurado a un lugar y que implica la posibilidad de que una estructura o un objeto se desarme, se venga abajo. Pero también es una frase propia de uso habitual entre investigadores y periodistas especializados en policiales y que hace referencia a algún elemento que un delincuente no tuvo en cuenta a la hora de cometer el delito. Un cabo suelto es algo peligroso, es la puerta de acceso al conocimiento a una verdad.

En la película de Daniel Hendler, el título asume la acepción, pero la complementa con una absoluta literalidad. Santiago Pallares (Sergio Prina), el protagonista de la película, es un cabo de policía que, a partir de algo que vio relacionado con dos compañeros de arma, decide huir de Argentina y pasar a Uruguay para escapar de ellos. Una y otra acepción se refuerza mutuamente, acentuando la idea de ese elemento que escapa a la previsión y que funciona como punto de partida de la historia. Pero lo interesante es que aquello que se constituye en la primera de las acepciones –el elemento que los policías no previeron- nunca es revelado, sino que es apenas la excusa para desarrollar al otro, a ese cabo que pasa la frontera portando una información valiosa y comprometedora.

Hay, sin embargo, otra posibilidad para pensar esa idea del cabo suelto y tiene que ver con algo que puede verse como un desajuste de la lógica de acción de los personajes. Es allí que la película sitúa su centro. No solamente en las acciones de ese cabo que se relacionan con la huida, sino en la forma en que el cruce con los demás personajes repone una forma de humor extrañada, sostenida por esa ruptura de la lógica. Pallares es policía, pero su saber está relacionado con la realización y el estacionamiento de los quesos. Actúa del otro lado de la frontera como si tuviera autoridad –y parece respaldada tanto por la reacción del vendedor de quesos, como de los chicos de la plaza de Mercedes-. En lugar de continuar la huida, se detiene para comenzar a trabajar en una fábrica de quesos. Cuando cruza la frontera lo hace de noche e ilegalmente, comprometiendo a Rocío (Pilar Gamboa), la chica que atiende el free shop. Los otros personajes, en lugar de producir ese resquebrajamiento de la lógica, se suman al juego. Aceptan su presencia, su autoridad, contribuyen a llevarlo hasta otra ciudad o a esconderlo, le dan trabajo y un lugar donde permanecer. Rocío incluso lo ve parecido a un actor de cine y Andrada, uno de los policías que lo persigue (Germán Da Silva), relaciona cada hecho con referencias a la astrología (como cuando hablando por teléfono y ya cerca de Pallares, le dice “somos un cuerpo, una constelación, tenemos fases, como los planetas”). Una banda de cumbia le permite cantar una canción en su show mientras genera un foco de incendio como alternativa de escape de sus perseguidores. La pregunta, en todo caso, es por qué nadie puede salirse de ese circuito que plantea Pallares –ni siquiera el abogado al que va a consultar y que advierte que no es uruguayo por la forma en que ceba el mate-. La respuesta es que quizás todos comparten un desajuste similar que los pone a cierta distancia de la realidad.

Hendler reafirma esa condición desarmando la estructura lógica de la película. Comienza por un hecho situado en el final del relato, en el que la perspectiva se sitúa en el lugar de los perseguidores. Hasta ese momento, no sabemos nada de ese personaje al que encuentran en una calle solitaria y oscura de la ciudad de Mercedes. Al cual atropellan, pero sin lograr matarlo. La sobrevivencia abre la perspectiva para que el relato se centre en ese personaje. Pero sin respetar ninguna linealidad posible en la narración.  Como si no pudiera  hacer otra cosa que girar en círculos, la historia avanza y retrocede a partir de puntos específicos –la llegada de los perseguidores al carrito, la secuencia de la persecución en Mercedes, el momento en que se esconde en el free shop antes que cierre- ofreciendo salidas diferentes, variaciones sobre escenas previas –las de la plaza de Mercedes-, cambios de puntos de vista –la escena del comienzo es luego reconstruida desde la perspectiva de Pallares- y hasta desviaciones del eje central –las escenas en la fábrica de queso de Dolores- que contribuyen a esa sensación de una lógica que se ha perdido de manera definitiva. Una lógica que en realidad es abandonada por una planificación precisa que se sostiene en la necesidad de no poner frenos a las posibilidades que la historia ofrece. En ese sentido, Un cabo suelto en su apariencia de comedia algo apocada –el tipo de humor que aflora en el cine uruguayo es tan extraño como remarcado por la distancia que entabla con el humor argentino-, es en verdad un salto al vacío, una apuesta por ir más allá de los límites, haciendo de ello una exploración que no deja de subvertir esa realidad, ese mundo hecho de fronteras, policías y caminos.

Un cabo suelto (Argentina / España / Uruguay, 2025). Guion y dirección: Daniel Hendler. Fotografía: Gustavo Biazzi. Edición: Nicolás Goldbart. Elenco: Sergio Prina, Pilar Gamboa, Alberto Wolf, Néstor Guzzini, César Troncoso, Daniel Elías, Fernando Amaral. Duración: 95 minutos.

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