
En ese mapa antiguo que aparece al menos un par de veces en la pantalla, los límites que conocemos de la provincia de Tucumán, no existen. Son otros, los de un tiempo que no se registra ni se menciona y en el que los límites todavía no estaban determinados, quizás por cuestiones de organización nacional. Es como si la presencia de ese mapa pretendiera, más que trasladar la historia hasta esos tiempos, simbolizar la invariabilidad de prácticas y relaciones de poder en un territorio.
Los protagonistas centrales de Tierra citrus son Pablo (Julio Lucena) y su nieta Lucía (Lucía Rodriguez). El es –parece haberlo sido toda la vida- recolector de limones en la Finca Betania. Ella, mientras concurre a la Escuela Secundaria Alpachiri, parece vincularse más con la vida de sus abuelos –relacionada con el monte y la ruralidad- que con la de su madre, peluquera en el pueblo. Lo que aparece para motorizar aún más esa relación es la dolencia, lo que no tiene nombre, pero se expresa como enfermedad.
Ese tiempo pasado que parece permanecer sin variantes se manifiesta antes en lo laboral y en las relaciones que se establecen entre la tierra y sus dueños. Entonces, en la película se introducen dos antagonismos. Por un lado, aparece el patrón de la Finca Betania –un hombre sin nombre propio, como si todo en su vida fuera ser patrón-, ostentando su dominio sobre la tierra y como consecuencia directa, sobre los hombres que trabajan para él. La Finca Betania es un espacio en el que los trabajadores pierden derechos y se les retacea cualquier posibilidad de aumento en sus jornales –son los patrones los que mentan a la crisis, no los trabajadores, en un signo curioso de nuestros tiempos. Como dice uno de ellos –en esos momentos en los que la ficción le cede su lugar a lo documental- trabajan duro, en jornadas largas, bajo el frío en invierno y el calor agobiante en verano, comiendo mal. Si la explotación del trabajador no quedara lo suficientemente clara, hay que ver todavía la forma en que esos jornaleros llegan a la finca, en un colectivo desvencijado que los deja en la puerta, para que dejen sus cosas y se pongan a trabajar de inmediato –la usual metáfora de llevarlos como ganado parece pertinente. Por el otro lado, en la película se sitúa a Kika (Kika Rodriguez), hija de Pablo y tía de Lucía. En el terreno donde se encuentra su casa modesta, hay una piedra gigante a la que se le atribuyen poderes energéticos. Un cartel en la entrada invita a conocerla. Pero Kika no les cobra a los turistas que se acercan, ni acepta donaciones. Solamente organiza los horarios en los que se puede llegar hasta allí. La tierra no es de posesión individual y puede ser compartido lo que hay en ella.

Esos modelos antagónicos impulsan el enfrentamiento entre la explotación y la utilización colectiva –el primero desprecia al otro, como cuando el capataz dice “A trabajar, que esto no es una cooperativa”. Mientras una se funda en el dominio del individuo/patrón, en la otra, la libertad de circulación es llevada al límite de lo irrestricto. En una prima el dinero y en la otra, la modestia y la sencillez que provienen de la colaboración. Por esa razón, cuando se produce la enfermedad de Pablo, el choque se produce entre la posibilidad de que el patrón consiga una cama en el hospital y la necesidad de Lucía de sostener una creencia que tiene su raíz en lo ancestral y en la relación con la naturaleza. El largo camino que emprende para llegar a la finca, propiciará el encuentro con ese patrón que impulsa un desvío que la deposita en su casa, pero en la que no se renuncia a una disputa que hace que se imponga la voluntad de la joven.

La enfermedad de Pablo, se dice, es provocada por el virus de la tristeza del limón y genera un decaimiento generalizado. Esa enfermedad también puede pensarse en términos de ese antagonismo. ¿Es posible pensarla provocada por haber recogido esa piedra extraña a la que en un principio cree un talismán protector?¿O proviene de esa debilidad que advierte cuando no puede enfrentar la bravata del patrón en plena finca, señalándolo como un “comunista” que siempre ayuda a sus compañeros? Ese ancentralismo que el lugar sostiene como continuidad histórica, debatido entre el craso capitalismo y la creencia en las fuerzas naturales es el centro de la disputa que se conforma en el cuerpo del personaje y que se resuelve en el final con la resolución de la enfermedad y la promesa de traspaso de un conocimiento entre el abuelo y la nieta. Lo que no implica que se vaya a modificar el fondo: esa tensión que lleva siglos en el territorio del limón, seguirá su curso, como si los tiempos históricos siguieran detenidos.
Tierra citrus (Argentina, 2025). Dirección y guión: Ayelén Agüero. Fotografía: Nadia Neder. Edición: Julia Straface y Verónica de Cata. Elenco: Lucía Rodriguez, Julio Lucena, Kika Rodriguez. Duración: 64 minutos.
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