
1.El fuego es el que se propaga por los bosques nativos de la provincia de Córdoba en los primeros meses del año 2020. Así lo muestran las imágenes rescatadas de noticieros televisivos y de recortes periodísticos de la época que se suceden en pantalla. Pero no se trata de un documental, aunque el recurso volverá a ser utilizado al momento en que se establece el aislamiento dispuesto por el gobierno nacional en marzo de ese mismo año, por la pandemia del COVID. En todo caso, esos elementos irrumpen en una construcción para dar un marco referencial reconocible a la ficción que se va a relatar.
2.La mujer es Marina (Mariana Colombo). Una treintañera que abandona ese verano la casa natal en Córdoba para instalarse en Buenos Aires para cumplir sus sueños de vivir de su trabajo como actriz. La pandemia la encuentra en un momento que podría pensarse clave para ese proyecto: consigue algunos ingresos enseñando teatro y acaba de ser elegida en un casting para un protagónico en una obra de teatro. Pero el aislamiento pone todo en stand by: los ensayos de la obra se suspenden, los cursos de teatro se reducen a la modalidad del zoom. Lo que se impone es la distancia, el espacio individualizado, la desarticulación de (algunos) lazos colectivos.
3.A partir de esa irrupción, la película asume dos caminos que se desarrollan en paralelo. En primer lugar, la posibilidad de ir recomponiendo esos lazos quebrados y acortar distancias con el resto de las personas. El episodio en el que conoce a Almendra (Mora Arenillas), que se dedica a la venta ambulante de comida vegana es, en principio, una marca de ese quiebre necesario: la ayuda cuando en la calle llevan por delante su carrito y termina cayendo parte de sus productos. Pero incluso en esa ayuda que se volverá mutua –Almendra, a cambio, le ofrece uno de los panes rellenos que prepara- se plantea una desconfianza que se resume en el mantenimiento de una distancia física. Si desde un principio se advierte la generación de una corriente de empatía entre ambas, va a ser necesario otro espacio, otro escenario y otro “clima” para sellar esa cercanía: el beso en medio del baile durante la vigilia por el reclamo por los incendios en Córdoba, se convierte en el punto de partida para quebrar ese aislamiento no solo personal sino colectivo. Y que encontrará su síntesis en la escena en la que Marina le da el sándwich a la mujer que vive en la calle –escena que en la devolución que hace la mujer, sincroniza con la de Almendra- y cuando acepta la propuesta de dirigir la performance con la que Almendra y sus amigos protestarán por la inacción ante la destrucción de los bosques.

4.El otro camino que abre la película tiene que ver con la cuestión económica. Marina ve reducidos sus ingresos y la posibilidad de incrementarlos: comienza a endeudarse porque no puede pagar siquiera lo básico para su subsistencia. Entonces, la situación deriva tanto hacia la tensión con su padre –que parece estar llegando al límite de su voluntad de enviarle dinero- como hacia la búsqueda de un trabajo en un tiempo en el que escasea y se expone a las consecuencias de un posible contagio. Marina opta en primera instancia por lo que parece más lógico en esos tiempos: convertirse en un delivery que recorre la ciudad por las noches en bicicleta, llevando la comida que pide la clase media –la que puede pagarla- para no salir por sí misma. Luego, decanta hacia un trabajo en una empresa de limpieza de edificios, que le proporciona una situación algo más estable, pero dependiente de eventuales castigos por incumplimientos o comportamientos, y de la observación de unas reglas que solo su compañera de trabajo parece querer detallarle.

5.Esos dos caminos paralelos adquieren características diferentes, especialmente en lo que tiene que ver con la creación del clima del relato. En el primero, aparece una voluntad de acercarse a una mirada social de los conflictos, a partir de la participación en el espacio público, o incluso en el agregado inesperado de la performance en la función de prensa. Hay allí una mirada algo simplificada y voluntarista que va llevando al personaje hacia una evolución de su conciencia social, que se mide en paralelo con la concreción del proyecto teatral en un teatro oficial: a pesar de lo que podría pensarse, parecen resolverse esos problemas de intervención y de resolución del conflicto económico personal de una manera un tanto liviana. El otro camino, en cambio, al optar por una mirada que se acerca más a la descripción de la implicancia de lo cotidiano, asoma con mayor potencia. Porque implica observar la ilusoria solución de los problemas económicos de un emprendedurismo que oculta la competencia sin reglas ni protecciones por las migajas del sistema. Y porque cuando el personaje renuncia a ese trabajo insatisfactorio –desde lo personal y desde lo económico-, lo que encuentra es una empresa, de nuevo, sin caras visibles, un trabajo sobre los espacios vacíos de un edificio en el que se destaca la persistencia de las cámaras de vigilancia, destinadas antes a controlar a los empleados que a ser preventivas de un eventual delito. Sin embargo, en ese espacio aséptico, deshumanizado, Marina encuentra una compañera de trabajo (Marian Moretti) que complementa, de manera menos idílica, la enseñanza sobre el mundo exterior cuya otra parte encarna en Almendra. En esa relación, en la que se potencian los entusiasmos personales mutuos, se logra sintetizar de manera precisa no solo las consecuencias de un sistema, sino las posibilidades que pueden encontrarse en la relación con el otro.
La mujer de fuego (Argentina, 2025). Dirección: Ignacio Ascúa. Guión: Milena Abril Beltrame, Ignacio Piotti e Ignacio Ascúa. Fotografía: Camila Kohn y Viviana González Castro. Edición: Ignacio Piotti. Elenco: Mariana Bruno, Mora Arenillas, Marian Moretti, Nara Carreira. Duración: 79 minutos.
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