
1.”No se nace mujer, se llega a serlo”, advierte la voz de Susana Rinaldi como si se tratara de una admonición para entender su figura. Entonces, ¿en qué momento se llega a ser mujer?¿en qué instante la condición femenina de origen deriva en una mujer?. No habla, evidentemente, de los cambios físicos que se suceden a partir de la adolescencia. Es otra cosa, algo que se advierte en lo que se podría pensar como una presencia, una estatura personal, un salto de calidad que permite ver en una persona, algo que la diferencia notoriamente de las demás.
2.Hasta podría pensarse que se llega a ser una mujer por una construcción constante a lo largo del tiempo, que nunca se termina de completar -porque siempre se puede agregar una pieza más, un ladrillo más al edificio. La pregunta, entonces, se modifica: ¿cuándo se empieza a ser mujer? En el caso de la protagonista del documental, ¿era una mujer ya aquella a la que llamaban Inés hasta que a los 10 años nació su hermana? ¿Fue la que volvió al nombre “Susana”? ¿O la que invistieron como “La” Rinaldi -con el orgullo que a ella le provocaba el apellido de su padre- y después como “La Tana”? Y en todo caso, ¿en qué momento ocurrió todo eso, sin que la mayoría se diera cuenta de lo que estaba sucediendo?
3.Hay un momento que narra Rinaldi y que el documental no profundiza, y es el punto en el que el universo cambia, se produce uno de esos big bang impensados. Porque sí, claro, Susana Rinaldi ya había probado el conservatorio y la actuación, ya había pasado por la fortaleza familiar construida a partir de cuatro mujeres -abuela, madre, dos hijas- tras la muerte del padre. Pero ese día en que los fundadores del sello Trova van a la casa y le proponen grabar un disco para iniciar el sello, es el momento preciso en que Susana Rinaldi se empieza a transformar en la que sigue siendo hoy. La decisión de cantar tangos en ese momento de la década del 60 -pleno declive de la popularidad tanguera, primero a manos de la música melódica en español, después por el rock- no es solo territorio de afirmación personal -el repertorio de ese primer disco es absolutamente clásico sin caer en el conservadurismo-, sino señal de asunción del riesgo. Y de confianza: algo (distinto) había para ofrecer.
4.Pero convengamos que, en todo caso, ese momento es un inicio, un punto de partida para que esa persona se convierta en artista. Posiblemente, cuando el documental llega a la intervención de su cuñado -y guitarrista- Juan Carlos Cuacci es que encontramos un atisbo de respuesta a las preguntas que surgen. Cuacci desmitifica a Rinaldi desde el mismo lugar que ocupa él: un no-tanguero -es increíble la anécdota de que no había escuchado al tango hasta que empezó a tocarlo, trabajando en Migoya- tocando tangos puede ver en Rinaldi a alguien que trasciende al género. “No es una cantante de tangos, creó un estilo único e inimitable que se llama Susana Rinaldi”. Rinaldi, voz única, inconfundible, es, en esa definición, el resultado de su propia construcción: la mujer, la cantante, la artista.

5.Marcenaro lleva a Rinaldi a otro lugar. Uno simbólico, ese que se esboza en el momento en que Rinaldi dice que la “obligó a decir cosas que nunca dije”. ¿A qué se referiría? ¿Al relato de su niñez en el que refulge la admiración por esa madre “milagrosa”, que lo hizo todo sola y sin haber accedido a la educación? ¿Al recordar lo que significó su relación de pareja y musical con Osvaldo Piro? ¿Al lugar que ocupan sus hijos Ligia y Alfredo y a cómo el linaje musical extendido incluso a sus sobrinos deviene felicidad? ¿A las implicancias que tuvieron en su vida Alicia Moreau de Justo, María Herminia Avellaneda, María Elena Walsh, Jorge Lavelli o Julio Cortázar? Cualquiera de ellos no implica el descubrimiento de un universo totalmente desconocido, pero es la puesta en relación la que establece un discurso en el que la voz de Rinaldi se corre un poco de su carrera para definirse a partir de una serie de pilares que, aunque no lo diga explícitamente, fueron una base imprescindible.

6.También la pone en otro lugar físico. Juega con ella a ser espectadora de los capítulos de su vida, como si se tratara de una película ya realizada -o mejor aún, todavía en proceso de montaje. Más que obligarla a decir, Marcenaro la “obliga” a ver. Y en esos episodios traídos desde el cine o la televisión, lo que se transmite es la existencia de muchas Susanas Rinaldi que se conectan entre el pasado y el presente a través de la música -y de la recurrencia a un puñado de canciones esenciales, de “Tinta roja” a “Naranjo en flor”. En el living de Susana Gimenez o en la mesa de Mirtha Legrand; cantando en Michelangelo, actuando en cine junto a Aldo Barbero o en televisión para los ciclos de María Herminia Avellaneda. Con el pelo corto o teñido de rojo furioso o con el pelo blanco de la madurez. Todas son Susana Rinaldi: yendo y viniendo a través del tiempo, pero siempre cantando. Tal vez porque cree, como dice en una escena, que el tango cuenta la historia del país, Susana Rinaldi se enfrenta a sí misma para entenderse como una de sus relatoras privilegiadas. Esa que entiende que “no se canta para entretener, sino para evidenciar lo que tiene eso que se está cantando”.
Susana Rinaldi libre (Argentina, 2025). Dirección: Isabel Marcenaro. Guión: Isabel Marcenaro y Alex Ollivier. Fotografía: Connie Martin. Edición: Nicolás Vidal. Duración: 86 minutos
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