1.Una casa en un barrio de clase media baja. Una calle de tierra. El hombre, que ya pasó de los 40 años, camina. Lleva estandartes y en cada una de esas largas cañas, una bandera peronista le otorga identidad. Es 2019. Son los tiempos finales de la presidencia de Mauricio Macri. El aire parece renovarse a partir de lo que, como se dice en algún momento, será “la última batalla electoral de Cristina”. Allí aparecen los cantos del “vamos a volver”, las presentaciones del libro “Sinceramente”. Pablo Ayala está allí en cada acto entre La Matanza y la Ciudad de Buenos Aires, poniendo el cuerpo, el nombre.

2.Pero lo que interesa no es Pablo Ayala como una persona dentro de una organización política. Su biografía asoma apenas en unos trazos breves en el comienzo, siempre ligadas a su militancia -las marchas y acampes entre 2001 y 2003, la asunción de Néstor Kirchner como vector para una generación que esperaba su oportunidad, su llegada a ser autoridad del PJ en 2004- y luego, esa identidad personal va poniéndose en acción. Deja de ser importante que se trate de Pablo Ayala, que tenga un lugar en la lista de candidatos a diputados, aunque no se ilusione siquiera con la posibilidad de acceder a una banca. La identidad empieza a diluirse en lo colectivo, aunque la cámara insista en ponerlo en primer plano. La sensación es que Ayala intenta alejarse de ella, que busca tomar distancia y que junto a él, siempre haya otros, a la par.

3.”Llegar para que no te miren desde arriba” dice al comienzo como una síntesis de lo que implica la consecución de una militancia. En algún otro momento, volverá sobre esa idea que sintetiza en la necesidad de pelearla desde adentro. Si en la calle, Ayala sintetiza la militancia activa en lo compartido, su pretensión es trasladar a la organización partidaria esa igualdad -y allí está para refrendarlo, la anécdota en el encuentro en el que no lo reconocían. El “llegar” en este caso, no implica acceder a un cargo, aún cuando Ayala ocupe lugares en las listas, subiendo algunos escalones de una elección a la siguiente. Llegar implica ser reconocido como parte, que el origen -matancero, clase media baja, informal- no funcione como una barrera invisible que separa y distancia. Entre la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano no es solo la frontera que establece la Avenida General Paz, sino la que construyen las miradas del centro hacia la periferia.

4.Entonces, Militante no es la crónica de un ascenso sino de una continuidad. “Vos me encontraste hace tres años y seguimos hablando de lo mismo y estoy en el mismo lugar”, dice Ayala en medio de una pegatina nocturna de carteles. Y esa continuidad está hecha de una actividad que atraviesa los tiempos, los algo más de cuatro años que se suceden en la película. Sosa presenta en Ayala a la militancia como hecho, no como instancia personal. Es una vocación que ocupa todas las horas de todos los días y que no se limita a volanteadas y proselitismo pre-eleccionario. La cámara no lo subraya, pero el cuerpo del militante se mueve en lo cotidiano entre ateneos, discusiones, comedores escolares y unidades básicas. Hay algo allí que lleva a no detenerse, y quizás la expresión más notoria aparezca tras los resultados de las Paso en 2023, cuando Ayala dice “volver a salir a militar, para alertar a la gente”. En ese sentido, la noción de militante se vuelve completa en el recorrido que el documental hace a partir de su personaje, porque entiende que el tiempo lo mantiene en ese lugar, junto a la gente: el que está en Plaza de Mayo tras el triunfo de Alberto Fernández o antes, en la presentación del libro de Cristina Kirchner es el mismo que al final observa desde la calle, la ventana de la quinta de Gaspar Campos o el balcón de San José 1111.

5.”Pensé que nunca se iba a hacer esta película porque no volvió el peronismo”, dice entre resignado y enojado en abril de 2023. La mirada de Ayala como militante resume el recorrido que llevó al interior del peronismo desde las vísperas del triunfo en 2019 a la derrota en 2023. Mirada desde adentro, y desde una concepción del peronismo que tiene sus raíces en Perón y sus ramas visibles en Néstor Kirchner. Es ese momento en el que esa percepción de un peronismo a punto de destruirse parece ser un eco de ese 2016 en el que “muchos compañeros se sacaron la careta”. Es el momento en el que la candidatura de Sergio Massa se vuelve punto de interrogación continua (“’¿quién va a militar a Massa?”, se pregunta en ese junio de candidatos ya definidos). Si la reacción inmediata es autocrítica desde lo partidario (“son años y años de cagarnos en la gente”), esa percepción termina acomodándose para condensar un sentido que excede al lugar común. Desde ese lugar, el documental encuentra en las palabras de Ayala una perspectiva diferente sobre la política, sea que se refiera a la gente (“No podés decir que la gente se movió a la derecha cuando lo que hay es lo que hay”; “Hay que revisar los manuales de política: el pueblo sí se equivoca”) o a la organización partidaria (“Cuando caminás muy adelantado a tu pueblo, te convertís en una patrulla perdida”; “Nos queremos llenar de una mística que nos queda a contramano”). De esa manera, Militante logra trascender a la persona que pone en su centro. Se transforma en un retrato poderoso y por sobre todo desmitificador, no solo del militante político a secas -siempre objeto de la condena desde la supuesta prescindencia política de las clases medias-, sino del periplo seguido por la militancia de un partido de raíces populares en el último lustro. Y en ese objetivo, logra trazar un retrato de la política argentina desde el final de Macri al ascenso de Milei: esos años en los que la orfandad se siente en los cuerpos, como en esa imagen de la noche posterior a la elección en la plaza de La Matanza, en ese silencio que dice más que cualquier palabra.

Militante (Argentina, 2026). Dirección y guión: Federico Sosa. Fotografía: Ayelén López. Edición: Emiliano Serra. Duración: 62 minutos.

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