Las imágenes del comienzo nos sitúan en una base militar, y pronto descubrimos que se trata de la Fuerza Área Chilena y que la acción comienza en la noche del 10 de septiembre de 1973, a pocas horas del Golpe militar que derrocaría al presidente Allende, produciría su muerte y el comienzo de la cruel dictadura del General Pinochet.

El director de cine chileno Juan Pablo Sallato construye su opera prima de ficción Hangar Rojo (2026), coproducción entre Argentina, Chile e Italia; como un thriller político y psicológico, donde el uso del blanco y negro sitúa, no sólo el anclaje en el realismo histórico en el pasado, sino también el tono de corrupción moral al interior de las fuerzas armadas y el dilema ético que se plantea para su protagonista. Es una película que está basada en el libro “Disparen a la bandada” (2002) del escritor chileno Fernando Villagran y que hibrida el relato en primera persona como detenido, con la investigación periodística inédita sobre los oficiales que se opusieron al golpe y que también fueron detenidos por aquellos que poco antes eran sus propios camaradas.

La película adopta el punto de vista del Capitán Jorge Silva (Nicolás Zárate), otrora un habilidoso paracaidista que ahora está destinado a conducir la escuela de cadetes de la Fuerza Aérea y que en la noche de la previa al golpe comienza a notar extraños movimientos en la Base y recibe un llamado anónimo en su hogar que le alerta de la inminencia del golpe, queriendo saber de qué lado va a estar. Es un acierto de la película dejar en fuera de campo la acción concreta del golpe, maximizando así el aspecto de tensión psicológica sobre el personaje, con el cual se propone la identificación al espectador.

Para la mañana siguiente, cuando Silva regrese a sus funciones en la base, los movimientos de soldados ya serán evidentes y el golpe queda declarado cuando se hace patente la presencia del Coronel Mario Jahn (Marcial Tagle) quien, a cargo del servicio de inteligencia y respondiendo a órdenes directas de los Estados Unidos, toma control del lugar y solicita a éste un espacio como base de operaciones. El hangar que Silva le asigna toma así el nombre de Hangar Rojo, que da título a la película, lugar de detención clandestina de prisioneros en la lucha contra lo que llaman “el cáncer del marxismo”.

Llamadas telefónicas le hacen saber a Silva de la muerte de Allende y de un plan de huida hacia Argentina que se está tramando para aquellos militares que tres años antes fueron leales al presidente y evitaron su asesinato, entre los que se encontraba Silva, habida cuenta de que los militares golpistas no escatimarán represalias con los traidores. Radica desde ese entonces la enemistad entre Jahn, del bando golpista, y el protagonista y la sospecha que se cierne sobre él respecto de qué lado va a tomar esta vez -lo que se hace evidente en las reiteradas preguntas que realiza su superior en cuanto a si pueden contar con él o a qué piensa de lo que está ocurriendo.

La tensión aumenta para Silva y para el espectador, cuando intenta comunicarse telefónicamente con su esposa, docente universitaria de historia, pero nadie contesta; cuando son apresados un grupo de militares disidentes al régimen y al mismo tiempo, queda a cargo de custodiar el hangar rojo y de interrogar a unos jóvenes militantes insurgentes del MAPU (movimiento político de izquierda), traídos recientemente.

Silva se encuentra entonces encerrado entre la expresión de su propia posición en este asunto o el sometimiento irrestricto a las ordenes de su superior, donde cualquier mínimo titubeo podría resultarle fatal. La dimensión de encerrona se plantea también en la película mediante la recurrencia a la pregunta de si se puede contestar que no a la pregunta formulada por un superior, que siempre resulta negativa.

Es que el “No”, no resulta ser una opción posible en la llamada obediencia debida (e incluso “de vida”, en este caso) propia de las fuerzas militares, por la cual se anula el pensamiento personal, en pos de la sujeción al mandato impersonal que viene de la autoridad. Se trata del aspecto burocrático de la fuerza militar, que la puesta en escena trabaja muy bien siguiendo a nuestro protagonista por interminables pasillos que dan cuenta de una cadena de mando de la que es rehén. Los planos cerrados sobre el rostro de Silva, su mirada hacia su propio reflejo en el espejo, refuerzan también está línea: en su interior se juega la procesión del dilema ético entre la obediencia, la huida desertora, o la desobediencia.

El ejército como institución verticalista, se sostiene en la cadena de mando y en la obediencia a las órdenes para no dejar lugar a las libres interpretaciones de los subordinados. ¿Pero qué pasa cuando esa orden, cuando el ideal de defender la patria adquiere el cariz de un mandato cruel, insensato e implacable, que se opone al principio universal de proteger la vida al considerar al enemigo como un desecho?

Que el dilema se juega para Silva en el plano ético, y no moral, está dado porque el régimen dictatorial es una maquinaria que pone en juego el odio hacia el modo diferente de gozar del otro, los llamados marxistas, y que apunta a la eliminación de su vida, como modo de eliminar ese goce otro que se les vuelve intolerable.

Vemos que Silva, si bien se halla intimidado y en conflicto, va cumpliendo con las ordenes cada vez más comprometidas que se le van dando. Llegados a este punto podemos preguntarnos: ¿será que Silva ha cambiado de posición y ha decidido acatar las órdenes para no arriesgarse? ¿o esta obediencia debida es tan solo una fachada desde la cual encontrar un resquicio para actuar conforme a sus verdaderos principios? La película sostiene con acierto esta ambigüedad hasta llegar al tramo final, al servicio de mantener el clima de suspenso. Se trata de una incógnita que se despejará cuando le ordenan a Silva trasladar a los prisioneros del hangar rojo al Estadio Nacional.

En este contexto, los flashes que se insertan como sueños, como recuerdos o como fotografías de Silva, sobrevolando el Estadio Nacional o vestido como paracaidista en sus tiempos de gloria, el detalle del muñeco paracaidista que cuelga del espejo retrovisor de su auto, cifran el anhelo de libertad en medio del ambiente opresivo en que se encuentra el protagonista. Pero también dan cuenta del margen de libertad subjetiva que siempre hay en todo mandato tiránico, a ser desobedecido, de romper con el efecto mortificante de quedar reducido a ser un mero engranaje de la maquinaria de odio.

La gran virtud de Hangar rojo es sostener su narrativa sobre lo alusivo o lo sugerido, gracias al uso del fuera de campo y del sonido; evitando la clausura con imágenes directas de acción o violencia explicita. De este modo, logra transmitir con mayor eficacia el clima claustrofóbico, de peligro y de horror que se vivía en el contexto de la dictadura pinochetista. Sobre esta base y apoyándose en la lograda interpretación minimalista y contenida de Nicolás Zárate, y en cierta dimensión de la alegoría poética, la película consigue transmitir al espectador que el mandato nunca es un destino ineludible y que los pequeños, valientes y comprometidos actos, siempre cuentan.

Hangar rojo (Chile-Argentina-Italia, 2025) Dirección: Juan Pablo Sallato. Guion: Luis Emilio Guzmán. Fotografía: Diego Pequeño. Edición: Valeria Hernández, Sebastián Brahm. Elenco: Nicolás Zárate, Marcial Tagle, Catalina Stuardo, Aron Hérnandez. Duración: 82 minutos.

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