Suicidios telefónicos comienza, incluso antes de plantear su título, de una manera frontal, directa. Cuenta, una voz en off, del suicidio de Jean Michel, una persona de algo más de 50 años que se arrojó a las vías del tren. Las imágenes que siguen ese relato, contra lo esperable, no son las de una gran urbe, sino de un pequeño pueblo francés llamado Saint Lye, alternando el lugar donde ocurrió el hecho y los testimonios de algunos de los habitantes que conocían –o no- a Jean Michel. Se menciona, de hecho, el rumor de una depresión derivada de una separación, de un conflicto con su mujer. Pero enseguida, hay un dato que se reserva la voz off que genera un ruido en esa construcción, que podría pasar inadvertido. En el relato se señala que la mujer descubre la ausencia del marido al regresar a su casa con los hijos y encontrar una nota de su esposo. Que siguió viviendo en esa casa durante un tiempo hasta que la vendió y se mudó a un pueblo costero. A la pregunta de por qué razón los rumores pueblerinos alimentan una fantasía, una ficción -¿elaborada por el propio pueblo?¿implantada desde afuera?-, el documental le contrasta elementos de peso real que lo desmienten. Como si el personaje central del relato y los habitantes del pueblo vivieran en mundos paralelos, absolutamente desconectados unos de otros.

Pero lo que parece ser la historia del suicidio de una persona en particular, es apenas la punta del hilo que el documental de Sandra Gugliotta empieza a tirar para revelar una serie de conexiones impensadas. No solamente porque el suicidio de Jean Michel no es el único, sino porque su repetición a lo largo de apenas un año y medio en otros 23 casos, revela la matriz que lo produce. Más que la idea que algunos esbozaron, recuperando el cliché de “pueblo chico, infierno grande”, lo que Suicidios telefónicos rearma es una trama en la que los entornos particulares son parte de la forma en que esos hechos se producen.

Primera coincidencia: la mayor parte de esos suicidios se producen en pequeños pueblos, no en grandes ciudades de Francia. El recorrido por algunas de esas historias se hace en paralelo a la filmación de las rutas que conducen a pueblos para nosotros -¿y para muchos franceses también?- desconocidos como Cancey o Combret o Guyancourt. Lugares donde los suicidios son menos frecuentes y por tanto, mucho más resonantes en la vida diaria. Pero además, espacios en los que la tranquilidad y el silencio que emanan sus calles parecen ir en contra de cualquier idea de un suicidio por estrés.

Y ahí es donde entra en juego la segunda coincidencia: todos los suicidios que se narran son de empleados de France Telecom. Este elemento es central en el interés del documental, en tanto de lo que se trata es de desandar esa “coincidencia” para hurgar en los motivos que llevaron a esos trabajadores a tomar esa decisión. Para ello, más que reconstruir los suicidios como hechos puntuales, a partir de los cuales retrotraerse al origen, se sigue el camino inverso: habiendo un origen común a un grupo de casos, lo que hay que reconstruir no es el hecho final sino ese origen. Que la reconstrucción se haga, no recurriendo a las fuentes oficiales –es decir, tratando de encontrar ese relato en la propia empresa- sino a la memoria de los sobrevivientes –los que fallaron en su intento de suicidio, los amigos, compañeros, padres o hijos de los que se suicidaron-, implica una postura y una mirada concreta: Suicidios telefónicos no se narra desde la pretendida asepsia del informe periodístico o de la investigación más o menos académica. Se narra desde el lugar de las víctimas. Se cuenta desde el lugar de los trabajadores.

De allí que lo que aparece es una serie de relatos cuyas características se repiten de unos a otros, que ponen al descubierto una serie de estrategias. El recorrido no se detiene en las palabras que pueden estandarizar el discurso –acoso o abuso laboral, estrés, depresión, maltrato-, que de todas maneras corresponden más a la jerga jurídica o incluso en algún caso a la empresaria. Busca que la descripción sea más profunda, que entre en el terreno de una cotidianeidad que permita establecer la verdadera dimensión de esos hechos. Y, en primer lugar, coloca el punto de partida en la transformación de France Telecom de una empresa de servicio público a una empresa de carácter privado (“que daba un servicio peor y más caro” como señala uno de los entrevistados). Ese proceso no solamente supuso la disponibilidad de una buena parte de los empleados, sino la construcción de una estrategia para que los empleados se vayan de la empresa sin ser formalmente echados. Cambio a tareas radicalmente opuestas –por ejemplo, el que trabajaba en los postes ahora tenía que atender en un call center-, o directamente hacerlos permanecer sin asignación de tareas; aislamiento del resto de los trabajadores; amenazas a los demás trabajadores para que no se junten con ellos; licencias por depresión en las que les descontaban parte del sueldo y les negaban las vacaciones. Un marco de presión continua en el que los trabajadores debían subsistir o perecer. Hay una definición de parte de uno de los entrevistados que pone blanco sobre negro la situación: a algunos empleados se los sometía a un proceso de “placardización”, definido por la idea de que la empresa no necesita más a alguien, pero no lo despide, poniéndolo a un costado, sin darle ningún trabajo preciso.

Lo interesante del documental es que en ese proceso de reconstrucción que se plantea encuentra tres elementos que son cruciales a la hora de comprender a su objeto:

1) Partiendo del relato de uno de los trabajadores que falló en su intento de suicidio, se comprende la existencia de una puesta en escena de parte de la empresa, a la que el suicidio se plantea como respuesta, como otra forma de puesta en escena. Si esa puesta en escena es originalmente la de una empresa respetable pero necesariamente rentable, la forma que asume es la de cambiar las piezas de lugar para crear confusión y caos y sembrar la duda en el otro, preparándolo para la posibilidad del despido. Lo interesante es que el suicidio como respuesta asume el carácter de una puesta en escena, en tanto se desprende del carácter íntimo y secreto del acto de quitarse la vida. El caso del trabajador que falló revela la planificación extrema: pasó toda la noche en vela pensando en lo que iba a hacer, y lo ejecutó como lo había planeado (“Era una atmósfera un poco rara, a lo Hitchcock”, dice, remarcando esa característica), delante de quienes habían decidido cambiarle el trabajo. Los cuerpos no se esconden, sino que se exponen para establecer lo que ocurre. Se intenta o se consigue el suicidio en una sala de reuniones o en el estacionamiento o tirándose de la ventana de un edificio de la empresa, reforzando el carácter simbólico del acto. Pero también y como complemento se deja constancia por escrito, se documenta, se señala con claridad que el motivo es la empresa y su modo de concebir el trabajo. Por esa razón, el único momento en que el documental toma la palabra de la empresa es para contraponerla por el absurdo: su culpabilidad quedaba diluida porque la cifra de suicidios era similar a la tasa de suicidios de toda Francia para el mismo período. La estadística, el número frío, por sobre las circunstancias.

2) Si bien sugiere una doble mirada posible encarnada en quien fue director de recursos humanos de otras empresas y el abogado que enjuició a Telecom (uno cree que eran amateurs, improvisados; el otro cree que se trataba de un plan claramente elaborado y ejecutado), en lo que ambos coinciden es en la idea de la militarización empresaria. De la apropiación ya no solo de la terminología propia de la guerra –hablar en términos de enemigos, por caso-, sino de la metodología utilizada. Lo interesante es que esa beligerancia se bifurca en el hacia afuera –en la competencia con otras empresas y por la captura de porciones del mercado- y en el hacia adentro –en relación con los propios empleados-. Si se piensa, incluso en términos militares, esta segunda visión es por lo menos absurda. Causar deserciones y bajas en las filas propias no es el objetivo de una guerra en el sentido clásico. Pero aquí, lo que aparece es la configuración del empleado, del trabajador, como enemigo, de la misma manera que las otras empresas: son enemigos porque su permanencia indiscriminada implica un obstáculo para la obtención de ganancias mayores. Es notable la manera en que en el documental esos elementos aparecen relacionados. No solo porque ese exdirector de Recursos Humanos tiene una formación previa en el ejército, sino porque por otro lado es él quien desarma esas formas de relacionarse entre patrón y empleado. “Sembrar la semilla de la duda”, dice. Trabajar psicológicamente sobre ellos para predisponerlos a ser despedidos. “Paralizar al enemigo” dice también, generarle el miedo que le impida reaccionar. “El vicio es que empujan a la gente hacia la salida, pero reteniéndolos”. Un vicio. Una perversión.

3) En ese recorrido, lo que encuentra el documental es una referencia previa. De Francia regresa a la Argentina. Viaja más que geográficamente, en el tiempo. Vuelve a la década del 90 y a la privatización de Entel. Una de las empresas que se queda con la mitad de la compañía estatal es France Telecom. El viaje al pasado permite recuperar la existencia de situaciones similares. De suicidios que nadie recuerda –la mujer que se tiró del edificio de Telecom en Rosario-. De las formas de presionar a los empleados para que acepten el retiro voluntario. De la ausencia o el colaboracionismo de los sindicatos. Lo que se plantea es la repetición de una metodología que empezó a aplicarse aquí –o que ya venía de algo previo- y que veinte años después se aplicó de manera algo más sofisticada –pero con resultados similares- en Francia.

Lo que logra Suicidios telefónicos es algo más que subirse a una retórica –propia de los partidos de izquierda- en relación al mundo del trabajo que no se explica y se disuelve en sí misma en el slogan. Aquí, la mirada sobre las formas en que funciona el mercado de trabajo adquiere un trazo más preciso, porque el interés está centrado en un caso particular, del cual se pueden extrapolar a otros casos similares. Lo que hay es una descripción de continuidades –y allí está el detalle nada menor de haber encontrado a quien fuera responsable de esa política de Telecom en Argentina en el pasado, haciendo ahora el mismo trabajo para un banco privado- que funcionan como una amenaza continua sobre el trabajador y que va incluso más allá de las sobrecargas horarias. Es la forma en que una empresa moldea a su necesidad –y desecha, si le es preciso- la vida de un trabajador. Es la forma en que las empresas matan a sus trabajadores bajo la forma del suicidio.

Calificación: 7/10

Suicidios telefónicos (Argentina, 2020). Dirección: Sandra Gugliotta. Duración: 92 minutos. Disponible en Cine Ar.


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