“La mayoría de los que venimos a Tierra del Fuego llegamos por trabajo o escapando de la policía”, dice Rolo, uno de los escasos habitantes de Puerto Almanza, a poco de iniciado el documental, definiendo de manera contundente un destino que parece escrito para el lugar. Pero a poco de andar en las entrevistas que constituyen el centro de la película, algo de esa percepción termina desmontándose. La ubicación de la isla podría dar lugar a ese espacio como ideal para escapar de la ley, pero no está de más recordar que en su momento también sirvió para aislar a los delincuentes en el Penal de Ushuaia. Pero además, ninguno de los entrevistados parece provenir de ese camino: de hecho, Santiago llegó a Tierra del Fuego después de haber purgado una condena en la cárcel. Queda en pie, entonces, la idea de la isla como lugar de trabajo. En los relatos que se suceden, el origen puede haber sido ese. O, para decirlo de mejor manera, por la promesa de un trabajo. Uno que fue porque le prometieron un contrato para cuidar y mantener los generadores eléctricos del lugar. Otro, porque una empresa pesquera le prometió un trabajo en la zona. Ni el uno ni el otro terminaron contratados, pero mientras tanto, se habían construido una pequeña casa –esa que la empresa no quería proveerles- y se asentaron en un lugar en el que había poco más que un puñado de habitantes, y el mar enfrente, y un pueblo chileno en la otra orilla y montañas y silencio.

Pero lo que pretende Puerto Almanza no es desarrollar la historia de un pequeño pueblo ubicado a poco más de 70 kilómetros de Ushuaia. Ni siquiera parece interesarse demasiado por narrar cómo se vive en un pueblo de frontera –y más en una frontera que en el pasado estuvo a punto de detonar un conflicto bélico-, al punto que salvo la placa del comienzo, no existen referencias a lo que hay del otro lado del canal de Beagle. En todo caso, se interesa por las formas que adquiere la vida cotidiana en un lugar remoto y en donde las distancias funcionan como forma de aislamiento. En primer lugar, a partir de lo que narran los entrevistados, lo primero que surge es que Almanza, más que un lugar en el confín de un territorio, funciona como un espacio en el cual detenerse, quedarse. En Bartolo, pescador por buceo, o en Quesada, pescador de barco, Almanza es un espacio en el que la supervivencia se confunde con el trabajo: una y otra van de la mano y el documental no se detiene en el pasado y en los motivos que los llevaron allí.

Como si comprendiera que en esos personajes no hay demasiado más por escarbar –apenas una referencia en Quesada a su nostalgia por los barcos pesqueros por los que pasó, a la manera en que extraña a su familia, o la referencia de Bartolo a esa zona como un lugar de pasaje de orcas y ballenas-, rápidamente los deja en un segundo plano, sin descartarlos, sino como algo más que completa el relato. Pero el centro del documental son dos de los habitantes. Por un lado, Santiago, que vive allí desde cuatro años antes, después de haber salido de la cárcel, de lo que pesca y de la leña que corta diariamente. Por el otro, Rolo, instalado con su mujer y sus hijos y dedicado a la pesca. El documental se detiene en esos dos hombres de más de 50 años, cuyos rastros, a pesar de pertenecer al mismo pueblo, parecen no tocarse nunca. Santiago es, de hecho, más ermitaño, como si la distancia entre su casa y el resto de la población estuviera señalando ese carácter marginal, mientras que Rolo parece relacionarse más en esa pequeña comunidad, representando cada uno de ellos una forma diferente de integrarse en el espacio que habitan.

En lo que ambos se parecen es en el pasado en el que la idea de familia se desdibujaba en la necesidad de irse siempre de lo establecido. El carácter nómade de ambos tiene que ver con la crianza por parte de la madre y con el padre ausente, instalado siempre en otra ciudad: irse del pueblo se convertía en un imperativo. Los personajes errantes por territorios diversos –el de Santiago era Córdoba; el de Rolo fluctuaba entre el norte de la Patagonia y el sudoeste de Buenos Aires- encuentran su lugar en el mundo en Tierra del Fuego. Lo curioso es que en uno y en otro, el asentamiento en ese lugar no implica una pérdida, sino el hallazgo del lugar en el que pueden vivir en libertad. La libertad entendida por el hecho de poder hacer lo que se quiere y no lo que se les impone, como un valor que está ligado con el espacio que se habita. No parece casual, entonces, que en ambos quede claro que no les gusta demasiado trabajar, a no ser lo que implique la pura supervivencia (“Jamás me gustó trabajar. Para mí, el trabajo no es salud”).

Hay un personaje externo que funciona como el puente entre el pueblo y la ciudad. Juana, la maestra que viaja cada día para darle clases a los cuatro niños en edad escolar del pueblo, puede parecer una intrusión en la construcción del relato desde adentro del espacio. Pero en un punto, ese contraste –vean esa verborragia del personaje en contraposición con los habitantes del pueblo, que parecen reflejos de esos silencios apenas quebrados por el ruido del agua o de algún bote pesquero- es el que permite observar aquello de lo que se carece en Puerto Almanza, porque hay una mirada externa que establece lo que debería haber y no hay.

Pero Puerto Almanza tampoco es el retrato de las carencias de un pueblo alejado de todo centro político. Al asentarse sobre Rolo y Santiago, lo que hace es poner en primer plano, antes que lo que no hay, aquello que no se ve. En lugar de la carencia, las ausencias. En Rolo, esa ausencia manifestada en el hecho de no tener una escuela para sus hijos, permite observar el conflicto como la ausencia del Estado. Su lucha es contra eso que no está y debería estar (“¿Me tengo que ir de acá porque el Estado no pone lo que tiene que poner?” dice en un momento) y por ese motivo, la mayor parte de sus comentarios están atravesados por esa ausencia. En Santiago, la ausencia es mucho más evidente. Sus palabras parecen estar siempre en función de algo que pasó y no puede volver: la relación con la madre, a la que nunca pudo darle un abrazo; la que estableció con la madre de su hijo y las desviaciones que lo llevaron a terminar en la cárcel; pero por sobre todo, con su hijo. Es ese hijo al que vuelve una y otra vez, como reflejo de la relación con su propio padre, y que funciona como el motor que lo sostiene en la vida (y en ese sentido, el parecido con Rolo, preocupado por el estudio y por el lugar donde vivirán sus hijos, se hace más ostensible). Ese hijo que fue a buscarlo después de un tiempo y que siguió un camino similar al suyo hasta establecerse en Río Grande. Ese hijo con el que intenta establecer una comunicación más fluida y que está convencido que algún día irá con él, que irá a Puerto Almanza a verlo.

De esa manera, antes que un retrato de un pueblo o de sus habitantes, lo que encuentra Puerto Almanza es una forma de narrar la ausencia como el elemento central de la vida de un puñado de personas en un espacio alejado. Lo interesante es que lo hace desplazándose de toda mirada de pérdida o distancia, trabajando esa ausencia siempre como parte de un fuera de campo visual –no hay fotos de ese hijo de Santiago, ni imágenes de aquella escuela que se iba a hacer y nunca se terminó- que fortalece el discurso, pero por sobre todo pone de relieve con mayor fuerza aquello que no está. La placa con la que termina el documental, coherente con esa decisión, sigue manteniéndola en el fuera de campo, pero funciona como la forma de sostener que la pelea de los personajes contra esa ausencia terminó valiendo la pena.

Calificación: 6/10

Puerto Almanza (Argentina, 2019). Dirección: Juan Pablo Lattanzi y Maayan Feldman. Guión e investigación: Maayan Feldman y Juan Pablo Lattanzi. Dirección de Fotografía: Guido De Paula (ADF). Montaje: Fabio Pallero y Lucas Makuc. Duración: 75 minutos.


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