Hay una fascinación evidente de Mariano Luque por el universo femenino. Hay casi una necesidad por detenerse en la observación de personajes que se resisten a dejarse ver por lo que son en su interioridad. Una opacidad que resiste hasta cuando la cámara se coloca en un plano subjetivo. Un mecanismo que otros directores del llamado Nuevo Cine Argentino han utilizado –y pienso en el paralelismo que puede trazarse entre las dos primeras películas de Luque y las dos primeras de Santiago Loza, Extraño y Cuatro mujeres descalzas– y por el cual asistimos a personajes que funcionan como cajas negras: cuerpos que pasan por la pantalla sin que sepamos qué es lo que pasa por ellos.

¿Pero alcanza con la fascinación y con plantar la cámara ante ellos para tratar de entenderlos? ¿Alcanza con exponer la opacidad para construir una película que se sostenga más allá de esos elementos? En Salsipuedes, la primera película del director, había un intento de centrar la historia en un personaje, trabajando con su lado oscuro no explicado ni resuelto (el título aludía tanto a la localidad cordobesa donde transcurre la acción como a la situación en que se encontraba la protagonista) en contraste con el entorno y con los demás personajes.

Otra madre lleva esas consignas a un punto de mayor radicalización. Porque si en Salsipuedes el universo femenino se articulaba en el triángulo formado por la madre y sus dos hijas y en el peso de ruptura que implicaba el único personaje masculino, aquí Luque desplaza lo masculino casi completamente fuera del cuadro. Hay un hermano que aparece en una sola escena, la ex pareja con la que Mavi (Mara Santucho) se cruza para traspasarse la hija en común en uno de esos “no lugares” como es una estación de servicio. Hay un hombre con el que Mavi sale ocasionalmente y del que no hay referencias. Los hombres en Otra madre tienen negada la palabra, y no solo eso, sino también la intervención: son laterales, ocasionales, prescindibles incluso. A cambio, lo femenino se expande. Mavi, después de la separación y llevando a su pequeña hija, ha ido a vivir a la casa de su madre. Trabaja en la tienda de su tía (Eva Bianco) a quien le cuida la casa en la que vive con su hija adolescente. Se encuentra con su hermana con la que discuten la posibilidad de poner a la madre en un geriátrico.

El problema que se plantea es: cuánto hay de importante en ese universo. Lo que parecen preanunciar las primeras escenas (la larga caminata de Mavi de regreso a la casa por la noche, la espera y el viaje con su hija) son apenas un esbozo de la idea de la mujer sola, que solo algunas escenas posteriores parecen interesarse en retomar (la tía en el momento en que deja de andar el auto y lo abandona entre sollozos), pero que se presenta como un elemento superficial. En todo caso, la orfandad surge como aparente, como un intento de ser forzada a encajar en ese esquema. En esa perspectiva fría, de respeto casi procaz por la opacidad, por no decir ni siquiera desde la imagen -¿temor a caer en el subrayado o no tener ni siquiera la capacidad de escuchar y tomar diálogos del habla cotidiana?-, los personajes no permiten vislumbrar de qué manera ese entorno de soledad opera sobre ellos. A cambio, caminan mucho y en silencio, pasean a sus perros por la noche, miran por las ventanas. Una vida que no sale de lo anodino, pero que la película no transforma en su tema central.

Es que en esa radicalización que implica Otra madre hay una renuncia a toda intención narrativa. Como si se tratara de un documental de observación, la trama avanza a partir de núcleos pequeños, mínimos de conflicto, entre los que se intercalan largas escenas en las que no ocurre nada, en la que los personajes permanecen largo rato en quietud, sin hacer ni decir nada. Lo que aportaba el personaje masculino en Salsipuedes (la justificación del personaje central y la puesta en movimiento de la trama) aquí desaparece, poniendo en evidencia lo que la película pide continuamente: algo que ponga en crisis, en cuestionamiento, el concepto de contemplación a cualquier costo. Un contraste que revele en otro espesor eso que se ve como pura superficie.

A diferencia de otra película estrenada en este semestre como Tigre que trabajaba también sobre la emergencia de un grupo de mujeres, Otra madre prefiere desligarse de sus personajes, dejándolos en soledad ante la cámara. Más que arroparlos con su mirada, organizar sus vínculos en función de su pasado y su presente, establecer puntos de contacto entre ellos, los deja a solas. Las observa a esas mujeres, pero no se les acerca, no se atreve a tocarlas, a percibir qué pasa con ellas. Acercarse pero no tanto como para demostrar curiosidad por ellas. Una película como la de Luque, técnicamente irreprochable, es otro más de esos films que no se interesa por sus personajes aunque intente que así parezca, en su imperdonable toma de distancia del objeto por el que pretende hacernos creer que se fascina.

Otra madre (Argentina, 2017), de Mariano Luque, c/Mara Santucho, Eva Bianco, Julieta Niztzschmamn, Ana Tenaglia, Cecilia Antonozzi, Celina Ludueña, 77′.


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