Por Santiago Martínez Cartier

“Fija que, cuando ésto termine, no me voy a acordar de nada”, pensé a los pocos minutos de que comenzara la película, cuando sus imágenes ya me generaban indiferencia de forma prematura, casi como fruto de un prejuicio. Lo primero que me hizo ruido fue la falta de importancia que el director otorga a los diálogos; en lugar de utilizarlas de manera narrativa, las palabras se limitan a describir las situaciones que la imagen ya está mostrando.  El resultado es sumamente redundante y, por sobre todas las cosas, anti-cinematográfico por excelencia. Para peor, los únicos momentos en los que los diálogos se corren de esta redundancia son para sobre-explicar el argumento.
“Siento nauseas”, pensé cuando iba casi media película y su linealidad me ahogaba, por lo que debía acomodarme y reacomodarme en la butaca para poder sentirme vivo. Soy capaz de observar el cine gore más crudo sin sentir siquiera cosquillas, pero el estatismo fílmico es algo que mi estómago no se toma a la ligera… En fin.
Omisión cuenta la historia de Patricio Branca (Carlos Belloso) que vendría a ser algo así como el peor terapeuta del mundo, y, como está aburrido de la sociedad, y probablemente de ser el peor terapeuta del mundo, decide empezar a asesinar “pecadores de omisión”. Branca le confiesa sus crímenes al cura de la parroquia del barrio, Santiago Murray (Gonzalo Heredia), recientemente llegado de un viaje al exterior y víctima de un auto-exilio producto de un pasado oscuro que se anuncia insistentemente y que, según muestra el director, parece relacionarse con la imagen de Cristo. Murray (alias “¿y por qué el nombre inglés?”), ¡qué sorpresa!, se verá entre la espada y la pared: ¿deberá romper el sigilo sacramental y denunciar los crímenes a la policía, o deberá callar y cargar él también con la culpa?
“Me perturban los humanos que no ven a los humanos como humanos”, pensé mientras a Murray lo carcomía una culpa heredada de la tradición a la que eligió rendirle culto. La película gira en torno a las decisiones morales que toma un hombre que ve como prioridad su continuidad en la Iglesia antes que salvar vidas humanas. Un hombre cuya relación con Dios le impide, o le obstaculiza al menos, su deber como ser humano en lugar de como parte de una entidad religiosa. El punto de vista de un hombre cuyo mayor dilema se basa en la relación imaginaria que tiene con un presunto ser intangible vuelve a todo aún más absurdo, ya que todo atisbo de pragmatismo, o de raciocino siquiera, está completamente ausente.

“Qué contento me pone el ruido de la lluvia”, pensé al comienzo de la secuencia final de la película, cuando efectivamente ese sonido era el que salía por los altavoces. Fue el único momento de la película en el que me sentí a gusto. Algo casi pavloviano. Y así como vino el disfrute, la banalidad de las imágenes se lo volvió a llevar. A último momento, Branca somete a Murray a una última prueba en el mexican standoff más aburrido jamás filmado: debe matar a uno de sus amigos/colegas o el peor terapeuta del mundo los mata a todos juntos. Así, con una hinchada cristiana tácita que grita “¡Martirio! ¡Martirio!, y luego de la enésima contraposición de Heredia a Cristo, el personaje se suicida, y muere por todos los pecados. Los propios y los ajenos.
Omisión termina con una cita textual pro-martirio, casi tan atroz y represiva como las citas que la preceden, y nos enseña que hay que temerle a los hombres de fe, especialmente al director.

Omisión (Argentina, 2013) de Marcelo Páez Cubells c/Carlos Belloso, Gonzalo Heredia, Eleonora Wexler, Lorenzo Quinteros, Marta González, María Fernanda Callejón, Gonzalo García Luna, ‘100.

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