Acerca del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) se filmaron al menos dos películas más, El último confín, de Pablo Ratto, en 2006, y Tras los pasos de Antígona, realizada por la propia institución. El trabajo de estos profesionales ha sido pionero, persistente pese a la irritación que causaba su labor en la inmediata post dictadura y el abandono estatal durante el menemismo, y tan efectivo que ha extendido sus tareas a decenas de países. Organizados y adiestrados por el forense estadounidense Clide Snow en respuesta a la inquietud de las madres y abuelas de los desaparecidos, aplicaron a la búsqueda de sus restos los mismos protocolos que el arqueólogo aplica a la búsqueda de evidencia dura prehistórica. Como resultado de su trabajo desde 1984, casi 600 restos han sido identificados y hay más de 700 recuperados todavía sin identidad, esperando por los cuyos análisis sanguíneos posibilitarán la identificación genética.
La película de Rodríguez Arias repasa la historia del equipo en 80 minutos sin ningún tipo de ambición formal, como no sea la de disponer de los recursos audiovisuales para transmitir información. Quiero decir que la función poética o expresiva de la imagen no es prioridad del proyecto. El resultado es un repaso histórico sumario, pero claro, de los hechos, contado por algunos de los miembros fundadores del equipo (sobre todo, Luis Fondebrider, Patricia Bernardi y Mercedes Doretti) y familiares de las víctimas que testimonian a cámara (los Morresi), fragmentos audiovisuales y algunos exclusivamente sonoros de documentales, noticieros televisivos y registros de particulares en VHS, declaraciones de las autoridades dictatoriales en relación a los desaparecidos sobre imágenes de los huesos arrojados a fosas comunes.
Lo acotado de la propuesta estética puede ser interpretado como carencia o como pudor, si no ambas cosas a la vez. Como resultado, no hay la más mínima producción de efecto estético ligado al prestigio morboso de la muerte, tan tentador para toda disciplina artística y mucho más para una con resonancias metafísicas como las el cine. El ritmo, la brevedad y la justeza de la información expresada únicamente a través de las personas que aparecen en cámara son ágiles y atractivos. Algún estándar musical usado como música de fondo causa extrañeza involuntaria, pero no exagerada, por la combinación de un arreglo de raíz folclórica cuya ligereza no coincide con la hondura de lo que aparece en pantalla. Pese a la ausencia de búsqueda dramática y énfasis trágico, los hechos conmueven por su propia naturaleza, y siempre es revelador volver a ellos para notar hasta qué grado muchos de nosotros que no estuvimos directamente involucrados con la desaparición forzada de personas, la tortura y el asesinato, fuimos criados en el terror.
Transcribo un fragmento de Dossier secreto: El mito de la “guerra sucia” en la Argentina, del corresponsal de Newsweek y The Washington Post en Buenos Aires entre 1982 y 1987, Martín Edwin Andersen:
“Un caluroso día de verano de 1984 –quince meses antes de comparecer ante el tribunal- Elena Corbin había visto el cementerio de San Vicente. El sol deslumbrante se reflejaba en las palas de los sepultureros mientras iban cavando cada vez más lejos en la ladera de una colina. Los hitos de madera delineaban una fosa común de más de 25 metros de largo por 5 metros de ancho. Se calculó que allí estaban enterradas unas mil personas. Dentro y alrededor del cementerio unos setenta policías uniformados patrullaban la zona, y hombres de civil acechaban por las cercanías. Algunos de los uniformados iban montados; otros llevaban perros pastores alemanes que gruñían al pasar. El camino que conducía a San Vicente estaba cercado en uno de sus extremos por un coche patrullero y un camión de la policía. Se dijo que la estrecha vigilancia era parte de las órdenes que había dado el juez que tenía a su cargo la investigación, con el fin de mantener alejados a los fotógrafos y a los curiosos.
Esa exhumación no fue el primer suceso que hizo objeto de la atención pública al cementerio de San Vicente. En junio de 1980 el personal de la morgue judicial de Córdoba había enviado una queja administrativa al presidente Jorge R. Videla. Los trabajadores, solicitando una paga adicional, escribían:
Es imposible, Señor Presidente, describirle una imagen de lo que nos tocó vivir. Al abrir las puertas de las salas donde se encontraban los cadáveres, dado que algunos llevaban más de 30 días de permanecer en depósito sin ningún tipo de refrigeración, nos encontrábamos con una nube de moscas y el piso cubierto por una capa de aproximadamente diez centímetros y medio de gusanos y larvas, los que retirábamos en baldes cargándolos con palas. Nuestra única indumentaria era pantalón, guardapolvo, botas y guantes algunos, otros tuvieron que realizar este trabajo con ropa de calle, los bozales y gorros fueron provistos… A pesar de todo esto no tuvimos ningún otro tipo de reparos en realizar la tarea ordenada; es de hacer notar que la mayoría de estos cadáveres eran delincuentes subversivos.[1]


[1] Carta del personal de la morgue de Córdoba al presidente Jorge Rafael Videla, 30 de junio de 1980. Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, archivo Nº 0126, Córdoba.


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