El prólogo nos presenta a Milo (Milo Barria); un niño de nueve años que vive junto a sus padres y su hermana en un pueblo rural. Milo realiza junto a su padre un estricto entrenamiento; incluso antes de dormir, para bailar malambo y concurre a concursos de baile, sin lograr éxito.

Cuando por la noche ve en televisión junto a su familia Soñar; soñar (1976) de Leonardo Favio; la escena en la que Charlie (Carlos Monzón) dice que se va a Buenos Aires a triunfar como artista, el rostro de Milo se ilumina. A la noche cuando duerme sueña (lo que desde las formas está marcado por el paso al blanco y negro) con ese fragmento de la pelicula y las vias de un tren en movimiento.

El tren fluvial (2026); opera prima de los realizadores argentinos Toto Ferro y Lucas Vignale, establece entonces, en ese prólogo, el tono y la clave desde la cual leer lo que sigue en la película. Así lo que empieza como un drama de realismo social costumbrista se desliza hacia el fantástico onírico para configurar un coming of age.

Realidad y sueño se entrecruzan permanentemente en El tren fluvial, desdibujándose sus límites. Y el titulo mismo, ya porta la marca de la extrañeza al combinar dos modos de viajar diferentes al mismo tiempo; dando cuenta de aquello que solo puede ocurrir en el terreno de la cuarta dimensión en el espacio, que es lo fantástico, que es el espacio del sueño. Se trata de una película de clara referencia en el cine de Leonardo Favio y de David Lynch, aunque depurado de su costado perturbador.

Empujado por su deseo de viajar a Buenos Aires, Milo se provee de una droga con la cual seda a sus padres durante la comida y se dirige a la estación para tomar el tren que va hacia Buenos Aires. El encuentro con el empleado de ferrocarril para comprar boleto que luce una corona de espinas; como actor amateur del pueblo y la pelota que desaparece en el cielo; marca así la irrealidad de la dimensión de la ensoñación; como si el viaje mismo fuera un viaje hacia y en la dimensión desconocida de los sueños.

Al llegar a Buenos Aires, la aventura lo enfrenta con la hostilidad de una ciudad que sigue su ritmo con indiferencia; aparecen extraños personajes que guían su camino hacia un casting que busca actores infantiles; la necesidad de tener que robar para comer; el robo de las referencias para la segunda prueba de casting por parte de los rivales que dejó atrás; la curiosidad del despertar sexual propio de la pubertad inmiscuyéndose en la privacidad de la directora de casting (Rita Pauls) y la violencia con que ésta lo expulsa de su casa. Así, la rosa esplendorosa del comienzo como metáfora de la feliz ilusión de la llegada; pujante esperanza por conquistar su sueño; se trueca por la rosa marchita; que metaforiza la desilusión y el desencanto del sueño roto.

Será cuestión entonces de volver y el plano largo del angustioso rostro de Milo, sentado en la butaca del tren; lo dice todo al respecto. Es de una belleza amarga y abrumadora; que refleja lo difícil que es crecer; ya que no solo conlleva realizar el duelo por las ilusiones de la infancia en el choque contra la dureza de la vida, sino también enfrentarse a cierta dimensión de la soledad de la vida.

El tren fluvial tiene el mérito de sostenerse en una narrativa en imágenes que nos mece en el interior de un sueño que fluye como un rio, por momentos manso y en otros más embravecido. Los directores se abren así a la potencia del lirismo de las imágenes y construyen su película sin clausurar sentidos, confiando en que la obra se complete con los que cada espectador puede crear.

Así, El tren fluvial puede leerse entonces como fuga de la realidad cotidiana de mandatos rígidos para zambullirse en la aventura de experimentar otras identidades jugando con las ropas femeninas y las máscaras en el mundo de los sueños; como reflexión sobre la ficción misma como posibilidad de crear una vida otra; como metáfora del coming of age; o como un viaje de ida realista hacia una urbe despiadada por la que se yerra sin poder encontrar el camino de vuelta o también como un viaje hacia la muerte o la locura.

El carisma de Milo Barria para sostener su personaje, la sensibilidad del lirismo y; la apuesta por una narrativa no convencional que funciona, dan cuenta del talento de la dupla Ferro-Vignale, a quienes se agradece la osadía de haberse embarcado en la aventura de crear esta ficción cinematográfica tan bella, amarga y extraña; a la vez.

El tren fluvial (Argentina, 2026) Dirección y guión: Lorenzo Ferro y Lucas Vignale. Fotografía: Thomas Grinberg.  Elenco: Milo Barria, Rita Pauls, Fabián Casas, Mariano Barria. Duración: 75 minutos.

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