*Una bisnieta decide conocer a su bisabuela, que murió hace algo más de dos décadas, cuando ella era una niña pequeña. “Me acuerdo de sus exposiciones llenas de gente”, confiesa en off, mientras se la ve allí, en medio de esa gente y con su padre explicándole algo que seguramente no podría entender. Y ese parece ser ya no solo el punto de partida para re-conocerla, sino el único recuerdo presente. El problema en ese caso, sigue siendo por dónde empezar. Algo similar a lo que expresará su tío abuelo Dennis, desde los Estados Unidos, cuando le dice que muchos le han dicho que tenía que hacer un documental sobre Annemarie, su tía, pero nunca supo cómo.

*Como si se tratara de dos enormes paréntesis en los que encerrar el retrato de Annemarie Heinrich, su bisnieta, Mariana Sanguinetti, elige dos escenas en espejo en el comienzo y el final de la película. Por un lado, cruza esa imagen pasada de una exposición en la Argentina, de comienzos de este siglo, con los preparativos para una nueva exposición en el presente, pero en Alemania. Por el otro, señala la existencia de un archivo –además de las fotografías que se encuentran en diferentes colecciones, como las del Malba o el Museo Nacional de Bellas Artes- de dimensiones desconocidas y sobre el cual, el final advierte sobre el riesgo que corre: las limitaciones temporales y económicas para organizarlo y clasificarlo en su totalidad y la pregunta sobre quién se hará cargo cuando quienes ejercen la guarda actual –los dos hijos de Annemarie- ya no estén. A esos elementos apunta el documental como el eje de su búsqueda. Explorar el lugar que ocupó Heinrich en la fotografía argentina. Y recuperar esos archivos dispersos de la memoria familiar para que no se pierdan de manera definitiva.

*Para lo primero, que es lo que ocupa el primer tramo del documental, recurre a esos otros que pueden dar cuenta del trabajo de Annemarie, porque resultan sus pares. Aldo Sessa, Sara Facio, Juan Travnik, Julie Weisz, Eduardo Comesaña construyen la imagen de Heinrich como fotógrafa, pero despegándose de los tecnicismos. La capacidad técnica es algo que se da por sobre-entendida. Lo que importa en todo caso, es la forma en que la mirada de Heinrich se imponía en las fotos. La mirada de una artista, como la define Weisz, no desde sus retratos, sino a partir de otra foto famosa, la de una mujer anónima en la terraza de un edificio. Si es Travnik quizás quien acerca una definición más acabada de sus búsquedas –y sobre todo de sus logros- cuando menciona su “obcecada búsqueda de la perfección” o la convivencia de una “obra extraordinaria en los retratos” y “experimentaciones surrealistas maravillosas”, tal vez sea la mirada de una de sus retratadas la que la define desde otro lugar. Graciela Borges, mientras exhibe unas hermosas fotos que Heinrich le tomó en su juventud, dice, a modo de síntesis, que en esas fotos el retratado se sentía reconocido. Heinrich era, para ella, “alguien que te hacía sentir que eras alguien”.

*Para lo segundo, recorre un largo espinel que la lleva a recuperar los lazos familiares que van desde la hermana de Annemarie, Ursula, a sus hijos, sus sobrinos y nietos, buena parte de ellos dedicados también a la fotografía, como si se tratara de un sino familiar. El elemento que funciona como nexo de esa constelación familiar es, no tan curiosamente, el estudio de Annemarie. Ya cuando al comienzo del documental se plantea de manera contundente que en el mismo espacio físico conviven el estudio fotográfico, el laboratorio, el archivo, el negocio a la calle y la casa de Annemarie, lo que queda en claro es el carácter indivisible que adquiría lo familiar y la pasión por la fotografía, por la imagen. En ese paisaje ubicado en el sótano de la casa, aparecen las referencias de las generaciones posteriores como un espacio en donde se producía algo mágico: son ellos los que recuperan la imagen de Annemarie trabajando de una manera más potente que el puñado de fotos que la muestran en plena tarea. Sobre todo, en el trabajo con los niños, con los que mostraba una cara diferente a la que veían sus propios nietos. En la generación intermedia, encarnada especialmente en su sobrino Dennis, lo que aparece es la recuperación de las imágenes del pasado familiar, a partir de las filmaciones en 8 milímetros que guardó durante años. Esas imágenes que hoy tienen setenta años no muestran solo el pasado de Annemarie, sino el de toda una familia y el de un momento que parece contrastar con el origen de la partida apurada de Berlín ante el avance del nazismo. Hay en esos fragmentos un retrato conjunto en un espacio –se trate de unas vacaciones o de una visita familiar en el jardín de la casa de Recoleta-, en el que el silencio de las filmaciones parece dejar en suspenso cualquier tipo de distanciamiento. Ese elemento es el que repone la intervención de Ursula, que recupera no solamente su disputa con quien fue el esposo de Annemarie, sino el carácter de su hermana cuando alguien no le gustaba (“no lo nombraba nunca más”). De esa historia familiar –que incluye una tragedia apenas esbozada al pasar por Heinrich sobre un yerno desaparecido durante la dictadura- parece emerger su propia figura sobreponiéndose a cualquier tragedia y transformando, desde una entrevista del pasado, ese resquemor de su hermana en el recuerdo amoroso del momento en que conoció al que sería su esposo.

*”Hay que querer a la persona que retratás. U odiarla, pero no ser indiferente” dice la voz de Heinrich en un momento del documental. El recorrido que la cámara hace por algunas de esas fotos lo certifica. Se trate de las fotos para las tapas de Radiolandia que su hija Alicia siempre odió, de los retratos como los de Mirtha Legrand o Eva Duarte, las que se seleccionan para las exposiciones o las que permanecen guardadas en su archivo, lo que transmiten esas imágenes es una mirada que se expone en el resultado final. Mariana Sanguinetti consigue mantener el equilibrio para que su mirada oscile entre el cariño que evidencia por la figura de su bisabuela –y que está latente en cada fragmento de archivos de video que selecciona, desde su presentación en Siglo XX Cambalache, en un almuerzo con Mirtha Legrand hasta la noticia de la clausura del local por la famosa foto del desnudo de Tilda Thamar- y la distancia necesaria para advertir la presencia de una gran fotógrafa. Es en el comienzo del documental donde puede rastrearse lo que se puede pensar como la conclusión de su trabajo. Porque si como dice, “la vida de mi bisabuela estaba hecho de pedacitos de la vida de los demás”, el documental viene a refrendarlo de manera contundente.

Annemarie (Argentina, 2026). Direción y guión: Mariana Sanguinetti. Fotografía Ignacio Aveillé. Edición: Ana Godoy. Duración: 74 minutos

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