
El Decreto N°2128 del 10 de octubre de 1991, donde se disponía su puesta en vigencia a partir del 1 de enero de 1992, estableciendo una paridad de un peso ($1) equivalente a mil australes (A 10.000) siendo el peso convertible con el dólar de los Estados Unidos, a una relación de un peso ($1) por cada dólar estadounidense.
Década de los 90, fracaso económico alfonsinista y el peronismo que retoma el control del país a través de lo que se conocerá como el menemismo.
El menemismo entre el FMI y los capitales públicos vendiéndoselos todos a Estados Unidos, Francia, España -entre otros- para mantener la vil entelequia del 1 a 1.
San Luis. Valle Bermejo. Precordillera de los Andes, monte, campo, ovejas, tierra, nada. Estancieros y peonada. Nada.
El buen burgués con culpa burguesa (eso es lo que lo vuelve bueno, justamente): Mario Dominicci (Federico Luppi), porteño, sociólogo cincuentón devenido en maestro rural.
El buen burgués con culpa burguesa y su bella esposa: Ana (Cecilia Roth), porteña, médica, sexy, judía, vital, feminista, contestaría, bondadosa.
El buen burgués con culpa burguesa y su hijo: Ernesto (Gastón Batyi), servicial, valiente, pre adolescente, muy avispado, cantor de canciones en Idish, sin amigos de su edad, siempre entremetido en las conversaciones y disputas políticas de los adultos, enamorado de la analfabeta Luciana (Lorena del Río).
El buen burgués con culpa burguesa y su amiga monja: Nelda (Leonor Benedetto), irreverente, anarquista, cuestionadora, altruista, devota.
El buen burgués con culpa burguesa y su familia con culpa burguesa: exiliados durante la dictadura, autoexiliados en épocas alfonsinistas; decantados desde España y el glam de Madrid que Ana no olvida, a la ruralidad puntana y el despotismo explotador de un patrón de estancia muy turbio, Andrada (Rodolfo Ranni).
El buen burgués con culpa burguesa, su familia con culpa burguesa y Hans (José Sacristán), el español, el gallego, el “gaita”, el geólogo que viene desde el primer mundo (casi) a trabajar con Andrada en su lucro y, de paso, moverle tibiamente el avispero a la familia exiliada, burguesa, porteña, académica, idealista, progre… humanista.
Una escena (para bien y para mal), que desempantana una colección de lugares comunes del buen progre…humanista y salva (para bien y para mal también) tanta culpa y cliché culposo: Dominicci traicionando a los laneros, a los pobres, a los explotados, a los relegados, a los hambreados, a los analfabetos de ese rincón rural de San Luis quemándoles la lana acumulada porque ellos, los pobres, los explotados, los relegados, los hambreados, los analfabetos, lo traicionaron primero, aparentemente, vendiéndosela a Andrada a un precio más bajo del que quería sacar Dominicci y la cooperativa que presidía.
Una antorcha en medio de un aguacero. Una hoguera en medio de un vendaval de lluvia. Un incendio infinito en medio de un hijo avispado (familia) y una monja bellísima pseudo anarquista (Dios). Una luz infernal ardiendo en medio de una noche oscurísima (Argentina).
Una traición de una traición. Una simple venganza encubierta en magnánima lección moral.
El porteño, el sociólogo, el exiliado por la dictadura, el padre mayor, el profesor rural, el jefe de la cooperativa, intentando darle una lección moral al lanero, al analfabeto, al descamisado, a la rústica peonada más desamparada de una Argentina que se enquistaba en un dólar falseado por la venta de todo capital local a manos extranjeras. Española, en la película.
Dominicci no es otra cosa más que un burgués con culpa burguesa que intenta limarla con un humanismo de cotillón aparentemente imprescindible para regiones rurales tan olvidadas como esa; especialmente en aquellas épocas donde el menemismo vendía todo (¿lo nuestro?).
Dominicci enseña a leer y escribir y sirve comida a sus alumnos. Dominicci enseña a pelear y especular intentando ganar plata “desinteresadamente” para los laneros. Dominicci enseña a que la propina no es dignidad a su hijo y que las utopías setentistas son una guerra perdida a la que, al menos, hay que disfrutarle una batalla ganada. Por ganar.
Dominicci no le ganó nada a nadie. Ni siquiera al gallego que, al parecer, le seduce a su esposa.
Dominicci por eso insiste en “su lugar en el mundo”, porque sólo ahí puede ganar alguna de esas batallas progre… humanistas que necesita ganar para realizarse como persona.
Dominicci insiste en “su lugar en el mundo” porque, quizás, ahí, no puede seguir perdiendo.
Mientras, la locomotora y Ernesto (¿cómo llamarse de otra forma si hablamos de cotillón progre… humanista?) ganándole con su sulky y su caballo Dumas. El progreso y la naturaleza. El caballo que debía quedar exhausto y reventado después de las carreras de Ernesto.
Mientras, su esposa, sus vacunatorios, su belleza, su desparpajo, su mirada a Hans.
Mientras, Zamora (Hugo Arana) desperdiciándose como un personaje que nunca termina de cerrar.
Mientras, vino, grapa, borracheras, tabaco, comida cocinada a horno de leña, frases de manual, de las otras, la poesía en las piedras, en la voz de Hans a los niños, en un polvo que nunca termina de alcanzar la tierra una vez que se levanta en medio de toda esa nada rural apacible, argentina, desértica, por convertirse paradójicamente, en represa hidroeléctrica.
Mientras, las dos horas de Un lugar en el mundo, el flash back de Ernesto, su voz que se confunde con una epístola, sus muertos, sus vivos, su título de doctor, su beca a España, su llegada (vuelta) en el tren al cual tanto le competía.
Mientras, nosotros, acá, en el 2024, en contextos libertarios pos kirchneristas pensando si este cotillón progre… humanista del film de Aristarain es necesario en épocas tan así… En nuestros rincones en el mundo (¡Argentina!) donde las batallas están siempre perdidas. Donde, en realidad, lo que hay que ganar, es la guerra de una buena vez.
Un lugar en el mundo (Argentina, 1992). Dirección: Adolfo Aristarain. Guion: Adolfo Aristarain, Alberto Lecchi, Kathy Saavedra. Fotografía: Ricardo de Angelis. Edición: Eduardo López. Elenco: José Sacristán, Federico Luppi, Cecilia Roth, Leonor Benedetto, Rodolfo Ranni, Hugo Arana. Duración: 120 minutos.
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