unb5No llama la atención que una celebridad como Angelina Jolie, tan comprometida con las causas humanitarias más allá de cualquier juicio caritativo al respecto, se conmueva con una épica como la de Louie Zamperini. Y ¿quién no? Su hazaña despierta una admiración espontánea que merece todo el respeto que se le prodiga. Haber sobrevivido a tanto es un verdadero milagro aún para cualquier férreo agnóstico. Louie Zamperini pasó de ser un chico travieso que se creía poca cosa a correr más rápido que todos en las Olimpíadas. Fue uno de los tres sobrevivientes del bombardero que tripulaba en la Segunda Guerra Mundial y cayó en el Pacífico, náufrago en medio del océano sobre una balsa inflable durante 47 días. Como si fuera poco, ironía cósmica o divina providencia, fue rescatado por la armada japonesa, encerrado como prisionero de guerra y sometido a constantes crueldades por parte de “The Bird”, Mutsuhiro Watanabe, un sargento japonés que entabló un crónico ritual dialéctico y de agresión física contra él.

Luego de su primer largometraje de ficción como directora, En tierra de sangre y miel (2011), Angelina Jolie se juntó con gente de vasta experiencia y un reputado caudal creativo. Contó con la fotografía del gran Roger Deakins, que mucho tiene que ver con lo atractiva que Inquebrantable resulte al ojo del espectador. En el guion trabajaron Richard LaGravenese (Los puentes de Madison, de Clint Eastwood, Pescador de ilusiones, de Terry Gilliam) y William Nicholson (envuelto en la creación de relatos épicos e íntimos como los de Gladiador, de Ridley Scott, o la Elizabeth de oro personificada por Cate Blanchett). Finalmente, la reescritura última del guion pasó por la pluma de los hermanos Coen, de quienes, a excepción de un humor dislocado, apenas se vislumbra la autoría. A juzgar por los nombres propios bien podría uno haber esperado un resultado más homogéneo y de mayor complejidad, sin reduccionismos alarmantes. Por el contrario, prevalece un natural desequilibrio general y un humanismo efectista con héroes que viven a través de la noche y logran perdonar a sus villanos japoneses que se cansan de aparecer a contraluz del sol.

Hollywood estaba queriendo llevar al cine la odisea de Zamperini (la iba a protagonizar Tony Curtis) desde 1957, e Inquebrantable tiene un comienzo que promete estar a la altura de las circunstancias, con una secuencia aérea de discreta voluptuosidad y precisión que remite a lo mejor del relato clásico de acción y aventuras del sistema de estudios, en especial los melodramas aéreos de los tempranos 30’s que proliferaban placenteramente en las pantallas de la babilonia pre-código hayshollywoodeano. Con una panorámica de enorme impronta visual y sentimiento épico, un coro de voces celestes pinta un cielo que amanece con un desfile de aviones que se acercan al ojo que los mira. La presentación de personajes es clásica, de lo general a lo particular, para luego ir reconociendo sus caras y dando a conocer los rasgos distintivos y las funciones de cada tripulante en el engranaje aéreo, mientras la cámara delimita y esclarece los espacios al tiempo que construye la psicología de personajes a través de diálogos, gestos y procederes sencillos.

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La misión consiste en que Zamp, como lo llaman sus compañeros, lance una bomba sobre un blanco específico una vez encontrada la mejor posición. La aparición repentina de una contraofensiva aérea y la dificultad de una puerta atascada crean una de las secuencias más bellamente filmadas de toda la película, y seguramente la más lograda en el ejercicio de construir una armonía soberana entre el alcance épico al que el relato aspira (en tono, puesta en escena, música, formato, lentes y guion), y la intimidad de los personajes con sus procesiones internas; como bien expresan los flashbacks de Louie que describen su niñez y sus proezas atléticas, que luego -por efecto desafortunado de sintaxis del montaje- se reinsertarán en una escena de tortura. El equilibrio entre lo épico y lo íntimo es un métier del que esta biopic sólo sale airosa en contadas ocasiones, y quizás sólo El francotirador (The Deer Hunter, Michael Cimino, 1978) sea la película que lo haya perfeccionado como nadie. Estamos a años luz del arrebato emocional de un De Niro o un Walken en manos de un director de esa calaña, pero cabe destacar que Jack O’Connell hace un muy digno trabajo, entregándolo todo y dotando con gran sustancia emocional a su Louie, quien hubiese sido encantador en manos de un levantisco Paul Muni al estilo de Soy un fugitivo (I am a Fugitive From a Chain Gang, 1932) de Mervyn LeRoy.

Cuando no es volando o cayendo del cielo, las mejores secuencias de Inquebrantable suceden en el agua. El naufragio de Louie y sus amigos tiene algunos momentos muy logrados, como la caída libre al océano Pacífico en la que a Zamperini se le atasca el salvavidas en un fierro del avión hundido. O aquella en la que los sobrevivientes creen haber sido avistados por un avión que se acerca a rescatarlos, como si de una epifanía se tratase, donde prima el entusiasmo y la gloria del renacimiento. El sorpresivo infortunio funciona como gag, la escena está brillantemente filmada y tensiona muy efectivamente, ya que predomina el absurdo aunque sus vidas desesperadas corren riesgo, no sólo por las sorpresivas balas del cielo que atacan la balsa teniendo que echarse al mar, sino además por la presencia cada vez más amenazante de los tiburones que rodean la zona y proponen una puesta en escena subacuática de marcado suspenso.

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Existe en Jolie la consciencia moral de llevar adelante esta épica y digamos que su volición es noble, a la vez que su encuentro personal con la emoción del relato se percibe sincero, incluso si ese registro emotivo es una empresa insalvable con la que Inquebrantable no prospera. Puede que en este aspecto “humanista”, en su búsqueda, se encuentre lo más valorable y a la vez todo lo achacable de Inquebrantable. La representación de las tribulaciones a través de la trinidad de la supervivencia, la resiliencia y la redención como factores madre en el desarrollo de nuestras potencialidades materializa un humanitarismo sesgado que exime toda reflexión bélica. Un falso humanismo que cae en el maniqueísmo, sin la suficiente visión cabal para integrar al sargento japonés que el relato sólo busca contener como villano, como función-puente para ensalzar los valores espirituales de Zamperini. En su fascinación por la figura de Louie, con una severa chatura a nivel constitutivo del guion, Jolie también deja sin resguardo a los secundarios (y notoriamente a la propia familia de Louie), pero sobre todo alimenta inconscientemente un imaginario de lo japonés que, si no es gritando o golpeando, queda proyectado en el personaje más sádico del relato.

La contienda bélica queda a la intemperie y se deja entrever que a Jolie poco le interesa; su omisión no esconde desdén ideológico, y apenas colorea personajes que quedan sumidos en una paleta que ya desde el papel no proponía grises. Este aspecto se vuelve redundante por  la brutalidad –sin transformarse en un desaforado evento melgibsoniano- con que la película defiende la idea de purificación a través del dolor -“un momento de dolor vale una vida de gloria”, le dice su hermano a Louie-, y el sujeto canónico de esta idea se encarna en el artífice agresor Watanabe, que no escatima homoerotismo ni sadismo, del que Louis será constante víctima sacrificial, componente de un juego unilateral de poder que se resolverá por aristas íntimas más que sociales. No es su rol como sargento, el deber ser militar al enfrentarse al enemigo, lo que construye la violencia de Watanabe sino su sentido comunitario al ver en el otro alguien más fuerte capaz de reconocer su vulnerabilidad. La película cae desplomada en los bajos fondos al dejar en claro que un Watanabe cada vez más afeminado solloza por no poseer la fortaleza interior de Zamperini ni poseerlo a él, dejando pocas cualidades redentoras y empáticas para quien también las necesita. El guion intentará vagamente redimir a “The Bird” haciéndolo caer sobre sus rodillas de cara al sol, en unos de los instantes de catarsis libertaria más cruciales. Transformado literalmente en un Cristo crucificado, Louie triunfa por sobre la noche oscura del alma perpetrada por el cruel y anónimo Watanabe que, por si faltaba más, seguirá golpeando a Zamperini ya en el suelo. Que quede claro, Watanabe es el sádico fruto de un contexto socio-político en el que no se ahonda en lo más mínimo: la capa de villano se la pone una película más interesada en el dualismo confrontativo que en la sincera reflexión de los hechos, dejándonos con la contradicción intrínseca de una película con pretensiones humanistas pero sin ningún interés en los aspectos políticos y sociales de una guerra.

Inquebrantable (Unbroken, EE.UU., 2014), de Angelina Jolie, con Jack O´Connell, Takamasa Ishihara, Domhnall Gleeson,  Garret Hedlund, Finn Wittrock, Jai Courtney, ´137.


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