carta_a_un_padreLas relaciones sentimentales con los muertos son las más difíciles de afrontar, sobre todo porque su ausencia nos confina a un silencio perpetuo, irreversible, y le quita al diálogo toda posible interacción concreta, material. Pero esos vínculos son tan verdaderos como los que podemos establecer con los vivos: ocupan nuestro tiempo, despiertan nuestras ansias, inquietan nuestro espíritu. Asediados por los recuerdos que pueblan nuestra memoria, recuerdos de un tiempo pasado, imaginado o vivido, anhelamos reencontrarnos con lo perdido desde la celebración, iniciando una búsqueda antes que clausurando un hallazgo. Como decía Francois Truffaut a propósito de su película mortuoria, La habitación verde, uno puede detestar a un muerto, amarlo, enojarse o reconciliarse con él. La vida es movimiento, es un constante devenir, y en ese impulso vital que nos lleva hacia adelante, el pasado a veces resulta una atadura, un estancamiento, una fijación. Sin embargo, en la nueva película de Edgardo Cozarinsky, que se presenta a partir de este sábado 17 de mayo en el Malba (se dará los tres sábados de mayo en una única función diaria a las 18 hs.), la memoria y el recuerdo son disparadores de un viaje personal, íntimo, narrado en primera persona, sobre aquello que resiste al olvido, que abre enigmas insospechados, que ilumina zonas nunca antes visitadas.

La Carta a un padre de Cozarinsky, que toma la forma de las imágenes que pueblan los arcones de su familia, los paisajes de Entre Ríos donde se afincaron las primeros asentamientos de inmigrantes judíos a fines del siglo XIX, las calles de París donde vivió 20 años de su propia historia, y una Buenos Aires cargada de nostalgia y vitalidad, es un testimonio lúcido y emotivo del lugar que ocupa el ayer en el día a día. Como parte de una trilogía “de cámara”, como él mismo llamó a este tríptico motivado por afinidades subjetivas que integran Apuntes para una biografía imaginaria (2010) y Nocturnos (2011), la historia de un padre que rompió la tradición del trabajo de la tierra de aquellos “gauchos judíos”, que se enroló en la Armada Argentina a los 18 años, que cruzó océanos y viajó por el mundo, es su propia historia, la de su origen, la de su desamparo, la de su aventura como artista.

caupadre2Cozarinsky inicia el camino con una pregunta: “¿Por qué tan joven eligió la vida militar? ¿Quería viajar, conocer el mundo? No lo sabe, nosotros tampoco. Esa deuda pendiente, esa pregunta que nunca hizo, que no era importante antes y lo es ahora, es el motor del relato. Los planos se unen por la tensión de lo que ocultan más que por lo que representan, por la emoción contenida de la voz que nos guía, por ese fuego final que atesora los enigmas, aquellos que nunca se resolverán. Ese padre de traje blanco e impecable sonrisa, que viajó a Japón antes de las bombas atómicas, que no quería estrellas ni cruces en su tumba, es el que define el recorrido en el que se descubre a sí mismo  -como el detective lo hace en su búsqueda-, en el que revela su propia falta de certezas, los límites de ese ejercicio de reconstrucción. “¿Qué hubiera hecho mi padre, tan proclive al orden y el respeto de las jerarquías, en los tiempos convulsos de nuestra historia reciente?”, se pregunta su voz en off otra vez sin obtener respuesta. “Tal vez fue mejor que no viviera los ’70 para no encontrarlo del lado de los opresores y sentir que se opacaba tristemente su recuerdo”.

Cozarinsky convierte en genuino dilema esas cuentas no saldadas, esos huecos que no se llenan, y dota de una desnudez inusual a su película, construida en la simpleza de sus encuadres y en la honestidad de sus expectativas. Su búsqueda es elocuente, elude todo disfraz, toda impostura. Es un hombre que persigue todo aquello que una vez fue y ya no es, para descubrir que lo sigue siendo, que tal vez siempre lo será. Porque lo que su padre nunca dijo en vida pero atestiguan sus objetos conservados y sus palabras escritas en cartas descoloridas, sigue allí como cuando estaba vivo, como el cuchillo ceremonial nipón con inscripciones de magia y protección, o la vajilla guardada en el museo de Villa Clara, o la carta del abuelo Abraham a su hijo viajero en 1919. Aunque las tumbas de ese paraje entrerriano abandonado por las nuevas generaciones ya no tengan quien las visite, los muertos viven en lo que han dejado como en lo que se han llevado consigo para siempre, y esos misterios sin develar son tan valiosos como los descubrimientos.

Carta a un padre (Argentina, 2014), de Edgardo Cozarinsky, Documental, 65’.


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