Roma es la última película de Alfonso Cuarón, un ecléctico trabajador de la industria cinematográfica que llevó a la pantalla films tan variados como: Y tu mamá también (2001), Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004) o Gravity (2013). La película llegó a poquísimas salas, pero tuvo su gran estreno -con bombos y platillos- a través de streaming en la plataforma Netflix. El film ya alzó varios galardones y distinciones entre los que se encuentra la obtención del premio máximo del Festival de Venecia.

Su estreno produjo mucha expectativa ya que es perfilada por la crítica y la prensa como la película del año, o como el primer film producido por Netflix que podría arrasar en los Oscars. Y la realidad es que tiene chances. Siempre oportuna, la Academia, busca destacar entre sus premiados a películas que alcancen los temas de actual debate en la sociedad y que demuestren un espíritu progresista: Moonlight (Barry Jenkins, 2017), Spotlight (Tom McCarthy, 2015) o 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013) son solo algunos de los últimos ejemplos. En este sentido, Roma puede encajar a la perfección.

La apuesta de Cuarón aquí es grande, afirma estar recreando su propia memoria, pretende desnudar la historia de su infancia con un relato biográfico. Es por esto que utiliza como materia prima su lugar de origen, la historia de su niñez y el vívido recuerdo de Libo, la niñera que lo crió, y sobre quien está basada íntegramente la historia.

Los hechos suceden a principios de la década del setenta en el acomodado barrio Roma, de la ciudad de México. Allí se sitúa un caserón que es habitado por una familia numerosa compuesta por un Doctor -el “hombre de la casa”-, su esposa, sus cuatro hijos y la abuela materna. El grupo se completa con dos empleadas domésticas, Adela y Cleo, dedicadas al mantenimiento del hogar. Cleo será el centro de gravedad del relato en todo momento. La película está narrada a través de su óptica, vemos lo que ella ve, asistimos a lo que ella vive: su cotidianeidad, su rutina, el paso del tiempo.

Cuarón decide centrarse en la vida de mujeres fuertes. Por un lado, está Cleo (Yalitza Aparicio), una mujer pobre de origen mixteco, que no tiene más que ofrecer que su fuerza de trabajo. Cleo representa a todas aquellas mujeres indígenas que trabajan en México para las familias de clase alta, criando a sus hijos y sosteniendo sus hogares. Mujeres que luchan para ganarse el pan, mujeres dispuestas a servir con buena cara, simuladoras profesionales, siempre aparentando estar bien para sus empleadores a pesar de estar atravesando terremotos emocionales. Aquí, el director, se limita solo a exponer las diferencias sociales y raciales, deja en claro que las mujeres pobres no tienen oportunidades, por ende, el destino que vemos es el único posible ya que no existe lugar para la movilidad social. Por otro lado, coloca como co-protagonista a otra mujer fuerte, Sofía (Marina de Tavira), la señora de la casa y madre de los cuatro niños, quien es abandonada y debe sobreponerse para sacar adelante a toda la familia. Entre ambas mujeres se genera un sentimiento de fraternidad y apoyo mutuo, aunque nunca pueden romperse las asimetrías estructurales. Muy distinto es el perfil que Cuarón delinea para sus personajes masculinos: aunque éstos se esfuercen por demostrarse varones poderosos, no son más que cobardes y mentirosos.  Mientras que el jefe de la familia abandona a su esposa tras una mentira, el novio de Cleo no puede hacerse cargo de sus responsabilidades y huye insolentemente. Los hombres siempre están en retirada. Sugerentemente, Sofía le dice a Cleo: “estamos solas, no importa lo que te digan, estamos solas” y esto quedará más que claro en la extensión del film.

El progreso de la historia tiene como hilo conductor la vida diaria de Cleo junto a Sofía y la familia, cada secuencia se encarga de mostrar diferentes aspectos esta relación, en algunos momentos más cómplice, en otros más distante. El director elabora cada plano con detalle, mostrando el peso del tiempo. El relato no corre de elipsis en elipsis -avanzando de manera apresurada-, sino todo lo contrario, posibilitando un desarrollo narrativo realista.

Roma exhibe esquemáticamente el contraste entre dos mundos que quedan resumidos en la dinámica del caserón: en el centro/adentro está la riqueza, la familia “blanca”, los que tienen posibilidades; en la periferia/afuera está la pobreza, el lugar de los solitarios y los carentes. A lo largo del relato se multiplican los ejes que acentúan las diferencias sociales y raciales: la educación, el trabajo, las ambientes que habitan ciudad/barrio pobre, el acceso a los servicios de salud, etc.

Las desigualdades quedan representadas brutalmente con el embarazo de Cleo. Con ese tópico se exponen inapelablemente las relaciones dispares entre las clases sociales. Cleo probablemente no completó su educación y mucho menos tuvo educación sexual, no conoce su cuerpo, no sabe cómo actuar ante un posible embarazo y tampoco comprende del todo qué es lo que le está pasando. Además, no posee cobertura médica y necesita de la tutela de su empleadora para acceder a la misma. Por otro lado, el embarazo puede poner en riesgo su futuro laboral, su trabajo no está amparado en las leyes laborales, por lo que puede ser despedida sin más, en cualquier momento. Como si esto fuera poco, se afirma que la mujer tiene la obligación de responsabilizarse por un embarazo -que lógicamente ha sido concebido entre dos personas-; mientras que ella debe hacerse cargo, el progenitor puede deshacerse sin ningún inconveniente.

La propuesta de Cuarón puede considerarse un acto desafiante, ya que posa su mirada sobre mujeres invisibles, problematiza los tradicionales conflictos, la desigualdad social y racial, el machismo, el abuso de poder y el lugar de la mujer en la sociedad patriarcal. Sin embargo, pareciera que hay algo que en la película no llega a concretarse con la contundencia esperada. La idea es enorme y está acompañada técnicamente con una destreza pocas veces vista, pero se queda a mitad de camino entre la voluntad  y el hacer. Al fin y al cabo la película se asienta en la mostración y no llega a profundizar realmente una crítica sobre la desigualdad social. Quizás sea solamente un problema generado por mis expectativas, que en este punto se vieron defraudadas. Necesitaba ver una postura más radical, crítica, una posición imparcial. Entiendo que probablemente le estoy pidiendo mucho a una película, pero creo que tenía las herramientas para hacerlo.

Mención aparte merece el impecable trabajo técnico de Roma, que la convierte en una película de visionado obligatorio por su belleza visual. El realizador despliega allí todo su arsenal de recursos y habilidades como cineasta. La plasticidad de la imagen es increíble, la fotografía –realizada por el propio Cuarón- es realmente inmejorable, cada plano parece una pintura, una verdadera obra de arte. La película está íntegramente realizada en blanco y negro, lo que la hace sumamente atractiva, poética y romántica. Los planos son largos y densos, hay una utilización muy acertada de hermosos planos secuencias, travellings y panorámicas que facilitan la inmersión del espectador en la historia. A su vez, también hay varios planos en profundidad de campo que permiten la acumulación y superposición de información en un mismo cuadro, como también la posibilidad de apreciar la totalidad del espacio.

Por último, si de puntos fuertes hablamos, la actuación de su protagonista, Yalitza Aparicio, es excepcional, real, verosímil, tierna y poderosa.  La cámara de Cuarón la sigue constantemente, ella es el punto de fuga hacia el que convergen -prácticamente- todas las acciones. Su presencia es tan contundente que realmente parece ocuparlo todo.

Roma ilumina lugares invisibles, pone en imagen situaciones relegadas y lo realiza -además- con una belleza magnética. Pero esto no alcanza, no basta con mencionar o contemplar para hacer un verdadero trabajo crítico de las asimetrías sociales, en este punto Roma deja un sabor amargo.

Acá puede leerse otra crítica de la misma película.

Roma (México, Estados Unidos, 2018). Guion y dirección: Alfonso Cuarón. Fotografía: Alfonso Cuarón, Galo Olivares. Edición: Alfonso Cuarón Adam Gough. Elenco: Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Nancy García, Diego Cortina Autrey, Carlos Peralta. Duración: 135 Minutos.


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