IMG_20141010_185858167No había cumplido los veinte años cuando un jueves imprevisto se estrenó 8 y medio, un título tan desconocido como inquietante. Yo consumía cine como un poseído desde chico, y más desde mis quince años: una vieja película con Jean Gabin, titulada ominosamente Asesino de mujeres (Maigret tend un piège), había despertado una pasión que, con sus bajos y sus altos, aún perdura.

El caso es que ese aviso aparecido en los diarios de ese jueves impreciso –que me resisto a confirmar en un archivo- me llevó a la primera función del Ópera. Las cursis estrellas del techo del cine y unos pocos espectadores me acompañaban. 8 y medio abrían con imágenes de sueño y de pesadilla. Un atascamiento de autos, como uno había leído (o leería después) en La autopista del sur de Cortázar, pero sobre todo un atascamiento de cine: extraño, fuera del tiempo, quizás inexplicable, esencial sin dudas. Un vuelo inesperado que multiplicaba los ojos y expandía la conciencia. La inseguridad de no entender y, a la vez, la certeza de saber. Derrumbada la lógica racional por la fascinación de las primeras imágenes, se me impuso la conciencia de sentir el sabor –el saber- del cine. La poesía se adueñaba de 8 y medio y yo encontraba la de mis veinte años.

La proyección terminó y los pocos espectadores huyeron desconcertados. Yo estaba tan desconcertado como ellos, pero también encantado. Los ojos nublados y la piel en rebelión me impidieron levantarme. Sin nadie que me obligase a bajar a tierra –como hacían los productores con Güido/Mastroianni- mi espíritu remontaba parajes recién conocidos y ya familiares: la cara y la voz ronca y el cuerpo aleteante de Claudia me pertenecían y me dejaban fuera. De carne y de sueño, excitaba como un sexo a descubrir y alejaba como una luz quemante. Entre la contundencia carnal de la amante de Güido y la sequedad de su mujer, Claudia era una visión tan inasible y contundente como la materia misma de la noche; las secretas palabras del cardenal –que siempre preferí que quedasen encerradas en su propio misterio- mientras se cerraba el ventanuco y se escuchaba Fascinación y se encendían las luces del ruido mundanal; el padre de Güido volviendo a su tumba sin hablar; los barridos de cámara que mostraban y quizás ocultaban caras y gestos grotescos, siempre verdaderos en sus máscaras reveladoras.

Las funciones, en ese tiempo ido, eran continuadas y el fin del intervalo me sorprendió fuera del tiempo cronológico. 8 y medio recomenzaba e impensadamente me quedé a verla completa por segunda vez. La cabalgata de las valkirias en las termas se entreveraba sin fisuras con la musiquita circense y melancólica de Nino Rota en la escena final. La aparatosidad pretenciosa del crítico se anteponía con la sinrazón de Güido para hacer el film. La severidad de los claustros era fiesta fuera de ellos, en la playa y con la Sarracena.

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Asanisimasa y Otto e mezzo recomenzaría infinitas veces en mi vida. A la semana de esa doble función la había visto cinco veces. Dos años después, en una reposición del viejo y desaparecido cine Lorraine, mi primera ex mujer, que me acompañaba, se encontró con amigos que estaban por verla por primera vez. Se extrañaron que yo estuviese allí, la vez número veintiuno que me disponía a enfrentar a esos queridos y desconocidos fantasmas. Los amigos de mi ex se levantaron en la mitad de la proyección y se fueron sin saludar. Estoy seguro de la locura que me atribuyeron. Sucedía, simplemente, que los fantasmas de ellos no eran los míos. Esta fue otra forma de reencontrarme con 8 y medio en distintas oportunidades de mi vida. Las locuras de unos no coinciden con las locuras de otros y la fricción y el desgaste se imponen por sobre el intento de comprensión.

Fellini ha muerto sin enterarse de mi presencia en el mundo. Y sin embargo, para mí ha sido un compañero de ruta desde aquel tiempo lejano y quizá mítico, desde aquella edad temprana en que me quedé a ver 8 y medio dos veces corridas. Alguna vez, con un amigo de otros tiempos, jugábamos a adivinar cuándo comenzaría a soplar el viento en sus películas; otras, en qué momento las notas de Nino Rota interrumpirían el silencio siempre misterioso, siempre de otros tiempos, de su obra. Repetiríamos el ritual de los chicos felices: adivinar el momento esperado y ser felices frente a la repetición, nunca reiterativa, siempre asombrosa.

Hace quince años entendí, por fin, el final de 8 y medio. Atravesaba una aguda crisis personal y deambulaba vacío por las calles, por esa razón vacías. La angustia era absoluta y el miedo inconmensurable. No encontraba dentro de mí nada y nadie a quién aferrarme. En el medio de la noche y de la calle creí volverme loco. Hasta que, de pronto y sin saber de dónde, imágenes de seres muertos y olvidados comenzaron a acercarse. Mi padre muerto hacía poco, mi amigo de la adolescencia derruido por el cáncer, algún viejo maestro, juegos de la infancia, mis hijos chicos, llegaban y se acomodaban dentro de mi cuerpo y le otorgaban al alma un sentido. Ignoraba qué sentido pero, aunque secreto, sabía que estaba allí y que yo tenía que dar testimonio de ello.

Unos meses después, empezaba mi trabajo profesional como crítico de cine. Desde hace unos días, frente a cada página en blanco, Fellini se ha sumado a esa galería que motoriza mi escritura al margen de su valor y al margen del propio Fellini sobre estas propias palabras.

Texto publicado en Los sueños de la memoria: Homenaje a Federico Fellini, Corregidor, Buenos Aires, 1996


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