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En momentos distantes entre sí de una misma extensa charla, un gran crítico de cine me contó los finales parecidos de dos películas distintas que todavía no he visto. Una es Changelling, de Clint Eastwood, en la que Angelina Jolie elude entrar a la sala en la que están proyectando Lo que sucedió aquella noche. En la otra, Mon père, il m’a sauvé la vie, de José Giovanni, el padre del protagonista no va a ver la película que ha dirigido su hijo, en la que este cuenta como aquel lo salvó de la pena capital, lo que hizo posible que tuviera una vida y se hiciera, además de escritor, cineasta. Para ese hombre en cuyas manos había estado el destino de su hijo, el cine no podía ser otra cosa que un pálido reflejo de la vida, juguete caro pero juguete al fin, berretín incomprensible, vino aguado. De Jose Giovanni como director había comenzado a ver hace cosa de un año Ultimo domicilio conocido, con Lino Ventura, una de las dos o tres mejores espaldas del cine, pero no pude terminarla. Al lado de la maniática abstracción de Melville o de la precisión material de Jacques Becquer, quienes adaptaron libros suyos, me pareció tosco y descuidado. Antes de anoche vi Dos contra la ciudad, con Alain Delon y Jean Gabin. Se las recomiendo a todos los que no hayan visto antes una película suya, y prepárense porque es algo así como una trompada en la jeta.

Delon es un convicto que sale de la cárcel gracias a la gestión de Gabin, un ex policía que después de la guerra se dedicá a reinsertar delincuentes en la sociedad. Cumple el rol de una figura paterna poco menos que ideal, cuyo afecto deducimos de las decisiones que toma antes que de la expresión verbal. El azar y la mala voluntad de un comisario resentido sabotean la rehabilitación del ex convicto y el final de la película es tanto más brutal cuanto conciso, filoso como una guillotina. Las Escrituras dicen que una de las pocas veces que Dios habló en público, lo hizo para decir «Este es mi hijo, el amado, a quien he aprobado». Reconocimiento, afecto y aprobación es prácticamente todo lo que un hijo puedo esperar de su padre. En ese cielo viril del patriarcado tan afectuoso como penal transcurre la relación Gabin-Delon que, como todo cielo, sólo existe precariamente y se ve interrumpido por la pasión punitiva del Estado (no es casual que en una película que gira, sobre todo, alrededor de la relación padre-hijo, la justicia institucional tenga un papel preponderante). Giovanni manifiesta el mismo árido, distante escepticismo hacia la religión, el sistema judicial o las protestas estudiantiles. Pero no se trata de una película reaccionaria, sino renuente a todo tipo de idealismos (el Van Gogh de Pialat rechaza a Cezanne y se niega a pintar el agua porque es productora de reflejos equívocos). De modo que son las decisiones mínimas pero puntuales de hombres y mujeres en situaciones concretas las únicas que valen para Giovanni, o gestos imprescindibles como el de una mano en el hombro, una llamada telefónica, una mirada e incluso un cuerpo que está ahí, donde sabe que se lo necesita, aunque no nos mire.

Dos hombres en la ciudad (Deux hommes dans la ville, Francia, 1973), de José Giovanni, c/Alain Delon, Jean Gabin, Mimsy Farmer, Michel Bouquet, Gérard Depardieu, 100′.


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