1493548_734085346635640_1886838125902364548_oUna imagen en blanco, sobre la que se imprimen los créditos de la película; unas manchas amarillas y otras más brillantes, como si la luz que se adivina detrás quisiera penetrar de lleno sobre el plano y un velo se lo impidiera. Luego la cámara sigue a un niño desde el interior de una casa en sombras hasta el parque donde descansan, tirados en el pasto, Manuel (Leonardo Sbaraglia) y Lucía (Celeste Cid), los protagonistas de Aire libre. La  escena nos muestra a la pareja en silencio, relajada, un momento idílico en el que el tiempo parece suspendido, en el que ambos parecen olvidados de sí mismos, abstraídos del lugar pero sin olvidar que el otro está ahí; se adivinan, se pueden reconocer, se saben cerca. El idilio se rompe cuando Lucía habla y sugiere la refacción de un ambiente de la casa (ella es arquitecta). La aparente placidez del momento se ve repentinamente contaminada por la tensión del diálogo, que no fluye, que suena distanciado, que enrarece levemente la atmósfera de lo que hasta hace un rato parecía una situación inmejorable. Esa casa –que la pareja se propone remodelar a lo largo de la película-, pero sobre todo la pileta vacía y abandonada que se ve a un costado, funciona como símbolo de una vitalidad que falta, que parece haberse perdido hace tiempo. Un hueco profundo que debe limpiarse para poder ser llenado nuevamente.

Aire libre es la película más luminosa y compleja de Anahí Berneri. Su mérito está en construir desde la transparencia una descomposición, en mostrar el deterioro de una relación a medida que la narración progresa. Berneri avanza retrocediendo, y en ese proceso que supone el devenir de una pareja, nos muestra simultáneamente las bifurcaciones de la historia.

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Una especie de aturdimiento coloca a los protagonistas en caminos distintos, un torbellino sonoro e imperceptible que los distancia y los hace chocar permanentemente. El exterior se presenta como un terreno amenazante con el que no saben (o no pueden) lidiar: la noche, las luces de la ciudad, el cemento, los ruidos, la lluvia, un perro que ladra y atina a morderlos; por eso es que casi siempre los vemos refugiados en el interior de algún espacio: en la obra en construcción, en el colectivo, en el auto, en la cama, en la casa (la propia, la de sus padres y hasta la de una desconocida, la esposa de un obrero accidentado). En esos gestos pareciera haber una necesidad de volver a la infancia, un deseo involuntario de regresar a la felicidad sin riesgos de la niñez. A tal punto es así que, cada uno por su lado, pasa la mayor parte del tiempo en el hogar de sus padres, tal vez como una forma segura y cómoda de sentirse protegidos, aún cuando estos estén ya lejos (sobre todo la madre de Lucía) de brindarles esa sensación. Aire libre es, paradójicamente, una película de interiores, una película sobre las transiciones en la vida de una pareja, sobre la responsabilidad y el miedo.

El personaje de Sbaraglia parece el más aturdido de los dos; en más de un plano se lo ve detrás de las rejas de las ventanas o atrapado entre los barrotes de los andamios (él es ingeniero de obra), ganado por la impotencia de no saber qué hacer o cómo reaccionar ante cada situación que se le presenta. Incluso en la relación con su hijo parece no tener dominio, no saber cómo tratarlo. Pero también es el primero en tomar consciencia, el primero en comprender que algo se está derrumbando. “El aire se rompió”, dice en un momento; “van a caer piedras” le comenta su cuñado ante la inminencia de una tormenta. El personaje de Cid, por el contrario, es el que intenta seguir adelante, el que se resiste y se niega a ver lo que sucede. Ella es la que cree, la que quiere creer, la que se pone linda, la que decide acompañar a su marido –celos y sospechas aparte- al bar con sus amigos, la que lo lleva de improviso a pasar la noche en un hotel al costado de la autopista. Esa escena, que supone un reencuentro, una reconciliación, un último intento, carece de todo erotismo, de deseo. Es el resultado material de una violencia que se adivinaba contenida en cada diálogo, en cada discusión entre ambos. Es un impulso primitivo que prescinde de las palabras, que evita el diálogo, tal vez por entenderlo insuficiente y ya vaciado de sentido.

El otro gran mérito de la película de Berneri consiste en eludir la tragedia, en no dejar que las escenas en las que la pareja discute y se pelea deriven en la revelación de algún tipo de miserias. No hay gestos excesivos ni gritos, no hay subrayados ni dramatizaciones profundas. Las discusiones empiezan y llegan hasta un punto en el que se contienen. Nunca se elevan, nunca suben de tono ni caen en la agresión directa. Tanto Sbaraglia como Cid prefieren descargar su impotencia quebrando trozos de madera, rompiendo la pared a martillazos. En esa descargas, en la intensidad de esos golpes, hay un goce, un placer que no está reprimido sino escondido, olvidado, adormecido. Estos momentos, además de evidenciar las grietas de la relación, dejan entrever los restos de una pasión estancada, pero al mismo tiempo permiten suponer que algo de ese amor debilitado aún persiste. El problema es que ninguno de los dos sabe cómo demostrarlo. Luego de las risas, del juego y de los besos robados, la tensión y la incomodidad vuelven a dominar la escena.

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Lejos del dramatismo que supone la ruptura amorosa, Aire libre muestra con lucidez la separación como una transición ineludible y no como algo definitivo. En la película conviven varias generaciones atravesando distintas etapas: la madre de Lucía parece haber sido abandonada por el marido hace rato, y transcurre sus días entre amigas y alcohol, pero eso no le impide jugar y divertirse con su nieto. Los padres de Manuel sobrellevan armoniosa y relajadamente la monotonía de los  días y los años juntos; viajan y traen regalos, descansan. También hay una pareja amiga a punto de casarse y de convertirse en padres. En el medio de todo esto la pareja se obstina en buscar, acaso por inercia o costumbre, ensimismados en su propia impotencia, la forma de que la luz entre, de que el aire lo colme todo.

De hecho, es notable cómo en la progresión dramática de la historia los elementos se disponen de tal forma que el proyecto en común, el de remodelar esa vieja casa para vivir en un futuro cercano, nunca se desvanece, nunca queda trunco. Los protagonistas discuten, se pelean, retroceden hacia una ruptura que parece inevitable, pero el objetivo nunca se pierde de vista. La casa no retrocede con ellos, se queda ahí, esperando para avanzar.

Aire libre deja de lado la puesta en escena canchera y el costumbrismo prefabricado, y elige mostrar, sin acentuar ni subrayar nada, sino apenas insinuando, la fragilidad de lo real. De ahí su luminosidad y transparencia.

Sobre el final, un corte de montaje sugiere la separación a raíz de un olvido ocasional que involucra al hijo de ambos. Lucía asiste como testigo al casamiento de la pareja amiga; Manuel observa detrás. Otro corte y ellos dos hablando, preguntándose cómo están, sonriéndose apenas, reconociéndose como al principio. El distanciamiento es evidente, pero los dos parecen comprender que, si quieren, saben dónde encontrarse. Nada más hay que correr el velo, ese que los bloquea y los aleja, y dejar que la luz penetre por completo.

 Aquí puede leerse un texto de Paula Vazquez Prieto sobre la misma película.

Aire libre (Argentina, 2014), de Anahí Berneri, c/Celeste Cid, Leonardo Sbaraglia, Fabiana Cantilo, Máximo Silva, Erica Rivas, Marilú Marini, 95′.


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