aire-libreHacia el final de La noche (La notte, 1961), la película de Michelangelo Antonioni, Jeanne Moreau caminaba en silencio junto a Marcello Mastroianni por un parque solitario mientras, a lo lejos, se oían los violines de una orquesta extinta que agotaba sus últimas fuerzas luego de una fiesta vacua y plagada de frivolidades que había acontecido esa noche. En esa villa burguesa de la Italia de posguerra la desolada Jeanne descubría bajo los primeros rayos del amanecer que ya no amaba a su marido. “Si esta noche tengo ganas de morirme, es porque ya no te quiero. Esto me desespera. Me gustaría ya ser vieja para haberte dedicado toda mi vida”. En sus palabras no había ira ni disgusto, solo una triste resignación fruto de esa certeza que, de pronto, se tornaba irremediable. No sé porqué recordé esa escena mientras miraba Aire libre, la última película de Anahí Berneri. Es cierto que abordan dos momentos diferentes en la vida de una pareja –en La noche no hay hijos y sí una angustia existencial que es propia de esa intelectualidad inconformista frente a los rumbos de la vida moderna en los ’60; en Aire libre están las responsabilidades parentales, el trabajo y la cotidianeidad en un entorno más mundano que poético-, están ambientadas en contextos no necesariamente emparentados –la Italia del milagro económico, el cine introspectivo y el malestar de una generación hija de la guerra y con ansias de autodeterminación; y la Buenos Aires contemporánea, generadora de una clase media con conflictos de crecimiento y asunción de anhelos y frustraciones, sobre todo en una tardía juventud que resiste esa etapa de ‘madurez’ a fuerza de nostalgias y autoengaños- pero hay algo que las hermana, algo que con frecuencia escapa a la representación.

Lo que Anahí Berneri ensayó con gran mérito en Por tu culpa (2010), su película privada, de cámara, de espacios agobiantes y cosas no dichas, encuentra en esta nueva película su mejor concreción. Aire libre es tan íntima que duele, porque sus conflictos se tornan tan ligeros que amenazan con desvanecerse. Aquí los obstáculos no son los grandes villanos del melodrama, ni los abismos que separan amantes apasionados, ni las mentiras o traiciones que enriquecen la trama hasta su resonancia épica. No hay ecos sino murmullos; murmullos sordos de una triste separación que se anuncia en cada gesto de Lucía (Celeste Cid) mientras juega a evitar el sexo para atenazar el deseo, o de Manuel (Leonardo Sbaraglia) cuando se come unas papas fritas de madrugada en su tardía evocación de la soltería perdida. Es ese instante en el que un sentimiento se agota, se cansa de resistir y cae preso del tedio y la fatiga, el que habita en Aire libre. El instante en el que emerge un vacío tan agobiante como indefinido, secuela de un amor que estuvo y hoy se retira silencioso, no sin dejar rastros.

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Lucía y Manuel tienen un hijo pequeño, son buenos padres, lo miman y se ocupan de él. Además son profesionales, tienen vidas activas y familias que están presentes. Cuando deciden mudarse, refaccionar una casa a su gusto, ladrillo por ladrillo, para estar mejor, para tener espacios propios, un entorno verde y ameno, se instala un tiempo de transición: deben entregar la antigua vivienda y, hasta que la nueva esté terminada, improvisar el hogar que ya tenían en espacios prestados. Ese quiebre que resulta la mudanza en etapas pone en evidencia un listado de temas pendientes: temores y hostilidades silenciadas, reproches nunca dichos, sentimientos callados. El entorno pierde sus formas conocidas, los expulsa hacia una búsqueda sin objetivos claros, en la que necesitan salir a respirar, encontrar en el “aire libre” un signo de reencuentro, de cercanía, de esa calidez intangible que los vuelva a la vida.

Lo que en Por tu culpa resultaba opresivo a partir de la cercanía de la cámara, de ese seguimiento obsesivo del derrotero angustioso de Erica Rivas en plena lucha con su maternidad, aquí logra el ritmo perfecto. La narración se tensa hasta el apogeo de la irritabilidad en ese declive constante, sin descanso, que nunca tiene hundimientos profundos –salvo casi al final cuando insinúa la tragedia- pero que conduce indefectiblemente hacia el fracaso. Fracaso de todo: de los sueños que nunca adquieren materialidad como en la fantasía, de la pareja asediada por egoísmos y rutinas, del propio proceso de crecimiento que implica sustos, sorpresas, renuncias y vueltas a empezar. El camino que propone Berneri para sus personajes –y para sus actores que se muestran descarnados y vencidos- es tan doloroso como ese amanecer que pretende eludir Jeanne Moreau al final de La noche. Pero, al fin de cuentas, de los dolores se sale, se aprende y se levanta cabeza.

Aquí puede leerse un texto de Gabriel Orqueda sobre la misma película.

Aire libre (Argentina, 2014), de Anahí Berneri, c/Celeste Cid, Leonardo Sbaraglia, Fabiana Cantilo, Máximo Silva, Erica Rivas, Marilú Marini, 95′.


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