Por Nuria Silva.

La película se inicia con una serie de imágenes de un hombre mayor al borde de la muerte, en lo que aparenta ser la habitación de una clínica privada. Sigue una secuencia de boxeo en blanco y negro, con insertos en rojo, que recuerda a Toro Salvaje de Martin Scorsese. El montaje es furioso y preciso, los planos son hermosos, el sonido duele. Estamos ante una película de género y de calidad. Así conocemos al héroe: Marcos Wainsberg (Juan Palomino), un boxeador a punto de retirarse luego de matar involuntariamente a su contrincante. Marcos es peruano, judío y peronista, o sea, representa todo lo que jode a la pequeña burguesía argentina. Pero es reconocido por su trayectoria deportiva y tristemente célebre por la muerte mencionada, que lleva como una carga. Porque en realidad es un buen tipo, un romántico, que deberá asumir el monstruo que existe en su interior. Su arma mortífera es su herramienta de trabajo: el puño, a su vez símbolo de lucha de la clase obrera. Por si fuera poco, El Inca del Sinaí lleva tatuados en el pecho a Perón y Evita.  

El imaginario visual de Diablo nace de cineastas como Tarantino y Rodríguez, por el tipo de planos, la estilización de la violencia, el uso expresionista del color, su espíritu clase B y el humor envilecido. Sin embargo, su discurso político se desprende de Favio. Esto genera una mixtura muy interesante de dos cines que, por más antagónicos que parezcan, fueron concebidos para el consumo de masas. Marcos Wainsberg es uno de esos personajes a los que la oligarquía odia ver ascender y al que todo el tiempo le recuerdan su origen, como sucede con el “mono” de Gatica. “Marquitos, las pelotas” se queja al teléfono. Por otra parte, y de forma significativa, la secuencia de títulos muestra a un hombre que disfrazado de diablo regala plata en las zonas empobrecidas del conurbano. ¿Quién es este diablo? Su identidad se revela promediando la película, y esgrime un discurso anticapitalista captado por un plano en contrapicado mientras una luz roja se va intensificando a su alrededor. Hay que decir que Diablo es una película peronista y que Loreti se juega al tomar una posición tan marcada, porque es cierto que estamos en una época de claras divisiones. Loreti es consciente de esto y así lo representa: si el héroe es nacional y popular, los villanos tendrán características imperialistas (su líder es una versión tercermundista de Sylvester Stallone). Estar del lado del protagonista es estar dentro de un marco ideológico bien definido, aunque sea por un ratito.

Diablo elabora su diatriba a caballo de dos géneros populares -la comedia y la acción- y de la hibridez estilística. El guión es simple: Marcos espera la visita de su ex novia para reconciliarse con ella. De sopetón aparece su primo Hugo (Sergio Boris), por quien nos enteramos que el viejo agonizante es Robles (Jorge D’Elía), poderoso magnate para el que trabaja y que está a la espera de un trasplante. En contraposición a la imagen del diablo, cuando el flashback nos muestra a Robles los encuadres enfatizan la cruz. A partir de esta llegada comienzan a desfilar por la casa del protagonista una serie de personajes funestos que van tras algo que él desconoce y de lo que su primo parece no querer hablar. Todo lo que sigue es violencia extrema, metal al palo, humor negro, grotesco y puteadas dignas de ser escuchadas hasta el cansancio. Loreti demuestra tener una clarísima idea del poder de la puesta en escena y del montaje. De allí se desprende su ineludible lectura sociopolítica sobre la que, curiosamente, pocos colegas han hecho énfasis.


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