Una cartografía es la representación del espacio en un plano. Un dibujo que es un sucedáneo de los lugares reales. En un mapa no está la Argentina: es una representación simbólica de un espacio que sitúa en una serie de coordenadas, los puntos que representan ciudades, accidentes geográficos, ríos, cordilleras, lagunas. Construir una cartografía personal – como la presenta Alejandro Martin en su página- es apartarse, además, de una cartografía oficial. No se trata de replicar lo ya existente, sino reconstruir el mismo espacio en el plano desde otra perspectiva. Lo personal, en este caso, es llevarlo al territorio más cercano a los globos terráqueos –eso que viene desde la niñez del protagonista. Y también, despegarse de la esfera terrestre para buscar otros mundos, para representarlos y de alguna manera, reconstruirlos físicamente.

Entonces, esa cartografía hecha de recortes de mapas y fotos que se van ensamblando sobre esferas de plástico o telgopor, se desplaza por el espacio hasta llegar a Júpiter y sus lunas. Hay una fascinación especial por esos mundos particulares que se recrean, tal vez porque allí reaparecen las huellas de Galileo y sus observaciones en el pasado que constataron el movimiento de esas luces en el cielo. Pero hasta allí es solo un fanatismo personal, una huella de conocimiento y de atracción por los cuerpos celestes. Un correo electrónico sitúa las coordenadas de la historia en otro lugar. Hay una Missión Juice que va a lanzar una sonda exploradora que llegará hasta las lunas de Júpiter para estudiarlas. El correo electrónico es un pedido –y una necesidad-: le quieren encargar a Alejandro sus lunas de Júpiter para los miembros de la expedición.

A partir del momento en que Alejandro se contacta con Olivier, el responsable de la misión, el documental se trastoca. La obsesión de Alejandro adquiere una centralidad hecha de contraposiciones y coincidencias. Cuando Olivier revela la cantidad que necesita –las 227 a las que alude el título- lo que se evidencia es el contraste a partir de la desmesura de un proyecto en relación con el otro. Entre la tecnología que permite diseñar y enviar algo al espacio exterior con la cantidad de gente que involucra y el carácter artesanal de la cartografía aparece un abismo que se traduce en una imposibilidad que Alejandro tarda en admitir. Pero ese proceso además revela otra circunstancia: un duelo entre lo que se ve y lo que no, entre lo que el telescopio registra en ese cielo nocturno y lo que los ojos de Alejandro no alcanzan a observar más que de manera borrosa.

Se trata en fin, de una cuestión de escalas. Como queda expuesto en una de las escenas iniciales, cuando Alejandro compara didácticamente el tamaño de los planetas del Sistema Solar, la escala de observación y representación se vuelve crucial. El documental podía enfrascarse entonces en el fracaso del objetivo inicial si se conformaba con la escala de máxima. Pero en el recálculo que practica Alejandro radica también el del documental: si la empresa de las 227 lunas era inalcanzable, se trata de recuperar aquello posible para no abandonar el proyecto. No serán 227, sino un juego de lunas –y otras derivadas del taller que da a los niños de la escuela- las que viajen hasta los Países Bajos a la sede de la Misión.

También la escala es lo que llevó a que el sueño astronáutico de Alejandro trasmutara en su cartografía: los planetas reales reemplazados por su representación en miniatura y la nave espacial imaginada reemplazada por los sucedáneos tecnológicos (la capsula, por supuesto, pero también el ingreso en el resonador para los estudios). Que lo imposible no oculte la posibilidad de lo que está a la mano. Que la imposibilidad de convertirse en astronauta y viajar al espacio no oculte la posibilidad de viajar a la Guayana Francesa para observar el despegue de la nave hacia las lunas reales que sus manos replicaron. Es justamente eso lo que permite comprobar la veracidad de lo que dice en un momento la pareja de Alejandro: que sigue siendo un niño. Un niño que pega tiritas de papel en una esfera hasta convertirla en un astro. El que enseña a los niños a hacer lo mismo que él (y no se trata de volver adultos a los niños, sino que los adultos sigan jugando como –y con- los niños) El que encuentra en Olivier el interlocutor justo, el niño que quiere compartir sus juguetes con otro que vive en el extremo del planeta (hay que verlos a los dos cuando entran en la cápsula, haciendo movimientos que simulan que están en el espacio). El que cree que el mejor lugar para observar el despegue es una hamaca. El que al ver el cohete elevarse en el aire no puede hacer más que llorar y seguir llorando como un chico. Como si en esa nave fuera una parte de él.

227 lunas (Argentina / Francia; 2025). Guion y dirección: Brenda Taubin. Fotografía: Aylén López.  Edición: Karina Expósito. Elenco: Alejandro Martín Ines, Olivier Witasse, Carolina Kleng, Pablo De Giovanni. Duración: 76 minutos.

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