Lo primero que se me ocurre pensar es cuántas veces podemos ver un estreno de cine proveniente de los Países Bajos. Puede ser que se produzca el milagro de alguna película que llegue a estar nominada al Oscar –como Karakter (Mike Van Diem,1997)– y entonces tengamos la suerte de acceder. Los festivales abrieron un poco el panorama, pero con la excepción de esa rareza llamada Alex Van Warmerdam, no ha sido posible instalar ningún otro nombre propio en la agenda cinéfila.

Tierra de crimen es, entonces, una rareza a la que no hay que buscarle demasiadas explicaciones. Lo extraño pierde su carácter en ese intento de entenderlo. Y no se trata solamente del origen de la película, sino de algo que se sitúa más en la forma que adquiere su narrativa. En principio, eso que podría definirse en cualquier sinopsis de su historia, no se diferencia demasiado de cierto cine industrial americano: hay un cuerpo de una joven violada y asesinada, el hallazgo por parte de un hombre de la zona y una investigación que se bifurca entre el accionar policial y el interés de ese hombre por hallar al asesino.

La diferencia se sitúa en otro lugar, en eso que, a falta de un nombre mejor, se puede denominar tono. Una decisión de encarar el relato desde cierta parquedad, sin entrar en la vorágine del policial tradicional y apostar a una narrativa más ligada a un registro de otra época. No son solo esos diez minutos del comienzo carentes de todo diálogo –el cuerpo aparecerá incluso minutos más tarde- sino la decisión de clausurar toda posibilidad de que el centro se desplace a la joven víctima –de hecho, solo se ve su cara en la foto que se dispone en el servicio fúnebre. Anonimato simbólico, porque al salirse de su identificación, permite que sea intercambiable con cualquier mujer violada y asesinada y resaltar lo aberrante del hecho –el cuerpo, además, se muestra desde el punto de vista de Johan (Gerrit Knobbe), que se detiene en lo general y en algún pequeño detalle, nunca en su rostro y nunca explorando lo escabroso.

Esa mirada de Johan es extraña, porque no involucra la expresión del horror y porque dura más tiempo del esperable. Como si necesitara procesar lo que acaba de encontrar en el campo en el que trabaja. Como si ese cuerpo implicara un misterio insondable que más que descubrir quién es el asesino –tarea de la Policía- se enfoca más en las razones por las cuales se puede llegar a matar a alguien. Los dos elementos terminan uniéndose en Johan, cuando una noche escucha el sonido de una moto de cross pasando cerca de su casa. A partir de ese momento, el personaje hará lo mismo que hizo el día del hallazgo: seguir una huella, solo que ésta ahora debe llevarlo hacia el victimario.

Lo que aparece en primer lugar es la figura del otro, ese que se proyecta como sombra, amenaza o reverso. Los ‘troeters’ son los habitantes del otro lado del lago en el que se asienta el pueblo. El lago, entonces es frontera compartida con el otro de quien se cree que puede matar, de quien arruina los campos con el uso de la tecnología. Es el planteo de una disputa en el que ese otro lado, inevitablemente culpable desde esta perspectiva, no tiene forma –no vemos a nadie de ese otro lado- ni voz. Son una construcción de los de este lado, esos que se abroquelan en defensa de sus propiedades y parecen moverse como un bloque sólido y unificado.

Pero la película va diseminando elementos que, mientras despejan de la ecuación al otro, señalan las similitudes con los de este lado. Cuando Johan consume una página pornográfica en internet o cuando busca precios para la segadora de las cañas, revela ese costado oculto que borra las fronteras reales del lago. Es esa sospecha instalada por la moto la que activa la sensación de que finalmente el asesino puede estar entre los nuestros.

En esa tensión que el relato sostiene entre las formas que aluden al pasado y los avances tecnológicos, es la primera la que termina por imponer sus formas. No son los drones policiales los que encuentran los rastros a seguir, sino la atención y curiosidad de un viejo residente. No son las maquinarias las que resolverán el problema de los hombres del pueblo, sino el trabajo manual enfrentado a las estrategias de marketing. Si la violación y el asesinato revela la persistencia de formas dominantes del pasado –y que la obra de teatro en la que participa Dana (Lois Reinders), la nieta de Johan desafía metafóricamente- también instala la indiferenciación entre el acá y el allá respecto del crimen. No son las fronteras, sino la misma naturaleza humana la que iguala en términos de posibilidades. El momento del sacrificio de la vaca en la granja de los Petter –y la indiferencia que provoca en ellos, no es solo un adelanto de lo que ocurrirá en el tramo final. Es también la afirmación de que todos pueden convertirse en algún momento en potenciales asesinos y que la violencia está anidada en cada uno de los hombres del lugar. Lo que en algún momento se plantea como amenaza –en la forma de un tractor que avanza a toda velocidad para chocar a un auto- pronto puede convertirse en un arma que dispara contra un animal, o en unas manos que en lugar de segar cañas, aprietan el cuello de otro hombre.

Tierra de crimen (Rietland, Países Bajos, 2025). Dirección y guión: Sven Bresser. Fotografía: Sam du Pon. Edición: Lot Rossmark. Elenco: Gerrit Knobbe, Lois Reinders, Anna Loeffen, Yannick Zoet. Duración: 112 minutos.

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