Esa primera secuencia lo delata (casi) todo. Porque tiene que haber algo indefectiblemente gozoso y libre para que una película comience con una mujer que corre por una calle, perseguida por un policía que parece no poder alcanzarla. Para que, en paralelo a ello, la voz en off –que es la de esa mujer- diga que “siempre fui un bardo”, y no sea necesario otra explicación para entenderla –a ella y a lo que ocurre. Y para que las casualidades le jueguen en contra y termine siendo atrapada porque se le cruza otra mujer a la que no puede esquivar y que la hace caer. Ese abandono premeditado a la acción pura es un territorio que para la mayor parte del cine argentino –especialmente el mainstream o al que coquetea con él- parece vedado, como si le resultara imposible narrar de manera consistente sin retacear posibilidades para el avance del relato.

De ese material está hecha la película de Loreti. De la combinación calculada y amalgamada de los momentos en los que predomina la acción con aquellos en los que consigue aferrarse a la feroz disputa dialógica entre las dos protagonistas. Porque si nos detenemos en la historia, en un punto puede pensársela como una excusa. Cualquiera que haya leído algo sobre la película en cualquier medio sabrá que se trata de las dos mujeres del título tratando de conseguir el dinero para sacar de la cárcel a aquella mujer que corría por la calle. Pero esa línea argumental es la que sirve de sostén al movimiento de los personajes y a partir de ello, a la construcción de un universo en el que todo aparece como fuera de escuadra.

Pau (Jazmín Stuart) es la hermana de Jessi (Paula Manzone), la mujer detenida. Lu (Lorena Vega) se crió con ellas desde chicas y es como una hermana más. Las tres son hijas de policías que murieron en un robo y las madres de ambas viven juntas, de un “kiosco” armado en una vivienda de las afueras del pueblo de Misiones en el que se desarrolla la acción. Jessi sigue siendo la voz que narra todo lo que queda fuera del campo visual de la historia, la que reconstruye en primer lugar el pasado de cada personaje que aparece en el relato. A esa reconstrucción de una estructura familiar algo desviada hay que agregarle el novio policía de Pau (que lleva un cuaderno donde anota posibles robos), una abogada (“careta pero defensora de causas feministas” según Jessi) y un fiscal corrupto (“si conseguís la guita, transa”, dice la abogada) que terminan de delinear un escenario en el que todo pasa por una ilegalidad que apenas se oculta tras un velo de aparente normalidad.

Lo que narra la película es, por un lado, un funcionamiento social. La forma en que una sociedad se desliza plácidamente hacia las soluciones pretendidamente fáciles, pero sumamente complejas, en lo que va de ganar dinero en un casino o robar una financiera –o dos, porque la adrenalina sube y terminan cebándose: en eso, el gesto de Lu de ir por un segundo atraco consecutivo se asemeja a Pau cuando, ganando en el casino, decide seguir jugando, convencida de su suerte- al soborno de un funcionario, pasando por un asesinato con cadáver sepultado inclusive (“Estas cosas se arreglan con plata o con rosca, y para rosquear necesitás guita”, dice la madre de Pau y Jessi). La contracara de ese funcionamiento es una legalidad que consiste en la policía haciendo su deber frente a un robo y un sistema judicial que por reincidencia puede condenar hasta a 15 años de cárcel.

Por el otro lado, lo que se narra es otro funcionamiento, que pasa por la relación que entablan los personajes entre sí. La voz de Jessi reconstruye esa hermandad pasada mientras señala las características de su hermana –un bardo como ella, un ejemplo por ser la mayor, un crack, una reventada- y las de Lu –la que porta la moral, la que estudió para policía y después no siguió-, además de su madre –“si fuera por mi vieja, me pudro en la cárcel”. Lo que se sitúa en primer plano es la relación entre esas dos amigas, que va desde el momento en que una le pide ayuda a la otra para conseguir el dinero y que explota en los momentos en que la acción, siempre conjunta, se aquieta. Porque si en la acción se evidencia el movimiento como dúo –en el casino, cuando van a buscar a Marcelo, en la concreción de los robos- es en los diálogos que se refleja el carácter de esa relación. La secuencia en la que se les queda el auto en la huída, colocada en el comienzo de la película, refleja esa relación hecha de complicidades, heridas mutuas y reproches, a la vez que sirve para remarcar el tono que vendrá después.

Lo curioso es que logra trasvasar esa hermandad al resto de los personajes. No solo en Jessi en el final, lo cual es evidente, sino también a esos otros personajes que no traicionan una lealtad que excede lo monetario –como en la visión que desliza el fiscal sobre ellas. Y que remarca que lo único que vale la pena enfrentar es la traición –y por esa razón, la forma en que se resuelve el cruce con Marcelo, la pareja de Jessi.

Lu & Pau en su sencillez y linealidad aparente, e incluso con sus elementos cuestionables –la resolución de la escena de la huida después del robo y su continuación- exhibe una libertad y una conciencia de lo que busca, que resultan poco habituales. Que ello redunde en un relato que exhibe coherencia en el desarrollo de los personajes y en el tono que elige para narrar su historia no es un mérito menor. Que logre sostener esas ideas a partir de dos actrices que comprenden por donde pasa la cuestión, tampoco. Y que además ofrezca un entretenimiento que no desprecia al espectador, no deja de ser un síntoma auspicioso y saludable en tiempos de tanta corrección lavada.

Lu & Pau (Argentina, 2026). Dirección y guión: Nicanor Loreti. Fotografía: Iñaki Echeverría. Edición: Nicanor Loreti. Elenco:Lorena Vega, Jazmín Stuart, Paula Manzone, Demian Salomón. Duración: 74 minutos.

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