Vincent (Simon Boubil) está por cumplir 13 años y pronto tendrá su Bar Mitzva. Pertenece a una familia de clase media, que vive en las afueras de Paris. Sandrine (Camille Cottin), su madre, es secretaria y de ascendencia de judíos franceses argelinos; mientras que Yves (Louis Garrel), su padre, de ascendencia marroquí, fue directivo de una empresa y actualmente se encuentra desocupado, aunque finge estar en actividad para sus hijos. Vincent trata de encontrar su lugar en la familia, con dos padres agobiados por la situación económica, que discuten frecuentemente; a la par que pelea permanentemente con Arnaud (Alexis Rosenthiel), su hermano mayor, con quien comparte habitación, pero que se ha adueñado prácticamente de ella para sostener su emprendimiento de venta de compilados de recitales en casettes.

Se trata de una familia tipo tradicional en crisis. Yves se ve impotentizado como hombre frente a los coqueteos del encargado del edificio con su esposa y también como autoridad ante sus hijos, debido a que no logra reinsertarse laboralmente y por ende, no recupera así el soporte viril que le da el trabajo. Mientras tanto, su esposa con empoderada tenacidad y perseverancia tiene buenas perspectivas de lograr el ascenso laboral que se ha propuesto.

La acción transcurre a mediados de los años 80, como bien lo deja saber el arte de la película: la vestimenta, los posters de las habitaciones juveniles tapizadas con ídolos de esos tiempos y también la música diegética que va a acompañando a Vicent y a su familia.

Con el marco, entonces, de un fin de época en cuanto a la robustez del Estado de bienestar y a los cambios que se dan en la estructura familiar tradicional, los realizadores franceses Eric Toledano y Olivier Nakache, inspirándose en recuerdos de su propia infancia y adolescencia, construyen en Tiempos de ilusión (Juste une illusion, 2026) un coming of age narrado con las claves de la comedia. Se trata de una ficción que, desde una mirada nostálgica, luminosa y agridulce, presenta el retrato de una época en la que, pese a la adversidad, la esperanza era todavía capaz de sostener el mundo.

Yves se aferra a la ilusión de ganar dinero en un concurso radial como una manera de poder paliar la economía familiar; Vincent sueña con tener su propia habitación y con un beso de Anne-Karine (Jean Lamartine), la chica del colegio que le gusta, perteneciente a un mayor estrato social; y en la sociedad francesa hay masivos movimientos y recitales benéficos en favor de la inclusión de las minorías migrantes.

Vincent se encuentra en ese momento bisagra a punto de dejar atrás la niñez para entrar en la adolescencia, pero donde todavía el peso de la vida adulta no ha conseguido sepultar las ilusiones, la posibilidad de que acaso ocurra algún milagro.

La mirada ilusionada de Vincent está trabajada con acierto por los directores a través del uso del fantástico, introduciendo el rostro risueño de Anne-Karine en medio de la reprimenda familiar, la fusión de la escena del auto en la película Un hombre y una mujer (Un homme et une femme, Claude Lelouch, 1966) con la de sus padres en el auto como anhelo de la manifestación del amor entre ellos y también con la escena del baile de los padres al ritmo de I´m so excited de The Pointer Sisters.

Para Vincent se juega también el despertar de la sexualidad: de ahí la picardía de robar un video-porno del videoclub para verlo a escondidas con sus amigos, o la travesura de intentar robar la inalcanzable campera de moda para seducir a la chica que le gusta. Por otra parte, resulta interesante también la manera en que Vincent toma como modelo a su hermano mayor, copiando sus gustos musicales del rock y la new wave para aparecer como interesante y deseable a la mirada de Anne-Karine. Se trata de la impostura masculina, propia del juego de seducción, que los directores trabajan relacionando a Vincent, a través del afiche promocional en el cual se detiene intentando ver a su enamorada en la ventana, con la intertextualidad de Tartufo o el impostor (1664) de Moliere, por supuesto aquí despojado de su costado cruel, en favor de una impostación tierna, propia del arte de la conquista. 

En las antípodas de nuestro presente cínico, nihilista, individualista y segregacionista donde se hace patente la crisis de las democracias neoliberales, serviles a los intereses tecno-capitalistas, no está de más volver un poco la mirada hacia atrás para recordar aquellos tiempos donde la inocencia todavía no estaba plenamente mancillada, no en un gesto de vana ingenuidad, sino acaso como ocasión de recuperar cierta dimensión de lo colectivo y de la esperanza.

Tierna, luminosa y nostálgica, con personajes bien construidos que el elenco sostiene con solvencia y una banda sonora destacable, Tiempos de Ilusión es un remanso recomendable.

Tiempos de ilusión (Juste une Ilussion, Francia, 2026). Dirección: Olivier Nakache y Eric Toledano. Guion: Olivier Nakache, Eric Toledano y Nathalie Hertzberg. Fotografía: Agustín Barbaroux. Edición: Dorian Rigal-Ansous  Elenco: Simon Boublil, Camille Cottin, Louis Garrel, Jean Lamartine, Pierre Lottin y Alexis Rosensthiel. Duración: 116 minutos.

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