Siguiendo el camino iniciado por la trilogía de Christopher Nolan, la nueva The Batman de Matt Reeves se ha transformado en un policial prototípico de la serie noir. Todo lo que sucede en esa Ciudad Gótica (en cada reversión más oscura) se aleja del imaginario del cine de superhéroes que, en sus virtudes y defectos, se encuentra poseído por ese espíritu elefantiásico propio del género. Ese vínculo con el policial se refuerza tanto en la utilización de la primera persona como en el personaje de El Acertijo, quien remite también al asesino serial de Seven, de David Fincher (una de las incuestionables referencias con las que hay que pensar la última versión cinematográfica del encapuchado). Signo de los tiempos, El Acertijo compuesto por Paul Dano se puede relacionar con la violencia física extrema del Bane de Tom Hardy más que con la candidez del personaje compuesto por Jim Carrey bajo las órdenes de Joel Schumacher en Batman forever (la versión más pop del encapuchado).

La referencia a Seven es fundamental para pensar la relación indisociable entre héroe y villano que plasma Reeves, y también para reflexionar sobre el tipo de película que el director de El planeta de los simios intenta desarrollar, tanto en contenido como en forma. La otra referencia clave es Heat de Michel Mann (otro de los grandes policiales de la década del 90): allí la ciudad es nocturna y esa penumbra funciona como una metáfora de las oscuridades morales de los personajes, miembros de una sociedad corrompida en la que no hay resquicio por donde se filtre la luz. Al igual que en Seven y Heat la construcción deThe Batman está concebida desde esas vidas opuestas que permiten pensarlas una a través de la otra. En sintonía con la trilogía de Nolan, Reeves concibe la idea de una ciudad (indeterminada) tomada por el caos. El caos en The Batman es un caos indeterminado y difuso. No es otro que la puesta en escena del terror instaurado en las capas de una sociedad quebrada, en la que los vínculos sociales pasan por las pantallas y el consumo es pensado como el privilegio para unos pocos. Esa tensión de clase se manifiesta cuando la película contrasta, cerca de su final, las vidas del huérfano rico encarnado en Bruce Wayne y del huérfano pobre encarnado en El Acertijo.

Menos autorreferencial y con menos necesidad de dar cuenta de su presencia en la puesta en escena (tendríamos que ver si eso es un defecto o no, pero eso sería motivo de otro texto) el Batman de Reeves también es solemne, al igual que el del director de Memento, pero su solemnidad es la propia del relato de detectives. Es la típica sobriedad del narrador clásico que cuenta con precisión los hechos, a la vez que describe su estado de ánimo. El Batman de Reeves expone una sociedad sin ley en la que la anarquía y la violencia se propagan como un virus por las calles. En este aspecto, la película remite a la representación de la ciudad apocalíptica y anómica que distinguió a Joker de Todd Philips.

El esplendor de la literatura policial americana, como bien señala Ricardo Piglia, surgió al calor de la crisis económica originada por la caída de la bolsa de Wall Street en 1929. Ochenta años después, la crisis económica del 2008 profundizó la crisis política que había explotado en el centro del imperio con la caída de las torres gemelas en septiembre de 2001, lo que redefinió la lógica política ni bien nacía el siglo XXI. Este mix de crisis económica y política, junto a la necesidad de construir un enemigo que tuvo en su momento la administración Bush, nutrió al cine superheroico de una permanente sensación de paranoia ante ese Otro no identificable. De algún modo, el cine de superhéroes es un síntoma de ese miedo permanente ante un terror invisible. Sobre esas heridas se construyó el cinemainstream de comienzos de siglo XXI. Lejos quedamos entonces de los tiempos ingenuos del Superman de Christopher Reeves y Richard Donner, la maquinaria pop de las Batman góticas de Tim Burton, que de algún modo fueron el puntapié inicial de la vinculación tan fructífera entre cine y cómics, o yéndonos más lejos en el tiempo de la extraordinaria serie de Batman en la década del 60.

En su estudio clásico sobre la serie negra, Ricardo Piglia explica que la diferencia fundamental entre el policial de enigma inglés del siglo XIX y la literatura americana del siglo XX de suspenso es la motivación social para el crimen. Las relaciones sociales en el policial de enigma aparecen sublimadas: los crímenes tienden a ser gratuitos y funcionan como un perfecto mecanismo de relojería en el cual la sociedad y sus tensiones son reemplazadas por enigmas regidos por la lógica. En la literatura policial clásica, la gratuidad del móvil fortalece la complejidad del enigma. En cambio, los relatos de la serie negra -de la cual Batman no es más que un heredero directo- vienen justamente a narrar lo que evade la novela policial clásica. Ya no hay misterio alguno en la causalidad: asesinatos, robos, estafas, extorsiones, la vinculación siempre es económica. El dinero que organiza la moral y sostiene la ley es la única razón de estos relatos en los que todo se paga y la ley está viciada desde el origen.

El Batman de Reeves describe un mundo corrupto desde sus entrañas y a un héroe que contempla esa tragedia social y la enfrenta como puede, haciendo tripas corazón y reparando sus heridas (la muerte violenta de sus padres) mientas intenta imponer una idea de orden en un mundo que lo ha perdido. El cómic que nace a finales de la década del 30, y que tiene como personajes icónicos a Batman y Superman, será hijo de la misma moral y de los mismos conflictos que vieron nacer a la novela negra. En estos relatos se describe un camino sin salida en el que la exaltación de la violencia arrastra vagos ecos del fascismo. Batman es sin dudas el superhéroe que mejor encarnó, desde la especifica estética del cómic, el ideario del detective tradicional. Al igual que en la trilogía de Nolan, los vínculos entre este personaje y los detectives clásicos de la serie negra son cada vez más directos. Autores como Frank Miller y Alan Moore a fines de la década del 80 y comienzos de la década del 90 se encargaron de generar esa conexión entre ambos universos de modo mucho más directo. Reeves de algún modo prolonga esta alquimia desde lo formal y desde el contenido de la historia. El telón de fondo de las primeras novelas policiales a las que refiere Piglia es el de la Gran Depresión. El telón de fondo de The Batman de Reeves es el de un caos indeterminado, que tiene directa vinculación con las ininterrumpidas crisis sistémicas del orden de producción capitalista que condenan a la multitud a la dicotomía entre ser consumidor o excluido y muchas veces a ser las dos cosas al mismo tiempo. El mundo que filma Reeves es el de la crisis permanente de subjetividades que fácilmente caen en la locura. El Acertijo de Paul Dano podría pensarse en serie con el Joker interpretado por Joaquin Phoenix. La locura es la reacción de algunos sujetos ante ese estado de depresión global que el sistema produce con sus estímulos permanentes en relación al consumo y su contracara, la marginación.

Esa Ciudad Gótica dominada por la corrupción y el crimen es vista desde las alturas por el Batman que encarna Robert Pattinson. Bruce Wayne, niño huérfano y millonario, criado prácticamente en soledad intentará infructuosamente contener a las fuerzas del mal que azotan a la ciudad. Esas fuerzas del mal, que son identificables a simple vista con la banal delincuencia pero que atraviesan de lleno a la política y a las fuerzas de seguridad, son el universo en donde vive y respira nuestro héroe encapuchado. El film reflexiona sobre la corrupción política que engloba a las instituciones remitiendo a otro gran thriller de fines del siglo XX como fue Los Ángeles al desnudo, de Curtis Hanson. La política, al ser parte de la sociedad, participa y reproduce la lógica de ese universo corrompido. El film de Reeves reflexiona con amargura sobre esa sociedad en descomposición y para eso se vale de Carmine Falcone (interpretado de modo notable por John Torturro), personaje salido del universo de El padrino de Coppola más que del mundo superheroico contemporáneo. Falcone es otro villano que no necesita ninguna máscara ni adorno para atemorizar. Solo moviendo sus influencias tiene a media Ciudad Gótica bajo su dominio.

Junto a El Acertijo y Falcone se encuentran Oswald Cobblepot, interpretado por un Collin Farrel irreconocible detrás de los kilos de maquillaje. Ocupando un segundo lugar, casi un ayudante de Falcone, El Pingüino se encuentra desaprovechado sobre todo cuando la memoria cinéfila asocia humor y oscuridad con el personaje interpretado por Danny De Vito en Batman vuelve (1992). La excusa romántica del film la lleva a cabo Gatúbela, interpretada con encanto por Zoë Kravitz. Adaptada su historia a los tiempos que corren, Gatúbela se encuentra debidamente empoderada, hasta el punto de tomar la delantera romántica y terminar apurando al Batman de Pattinson. El antagonismo entre ambos personajes funciona como una sólida reflexión acerca de la venganza y la justica propia de ambos personajes.

Las criaturas de Reeves se encuentran más cerca de las personas reales que de un superhéroe inalcanzable. A partir de ese universo de tragedia moderna (¿que son los cómics si no?), Reeves delinea una película repleta de cinefilia utilizada para hacer avanzar al relato y no para mero regodeo snob. Procesa todas las influencias de las que se nutre modo virtuoso. En su ensalada hay reelaboración de esos materiales previos y eso hace de The Batman una película potente. Escoltado por el agente Gordon y el noble mayordomo Alfred Pennywoorth, el Batman de Reeves lleva adelante su cruzada sin la intensión de evangelizar a nadie. Su objetivo es solo detener al villano de vocación terrorista. El acierto de la película será sobre todo centrar el interés en esa polarización entre ambas figuras. Lejos de la grandilocuencia del universo Marvel, las escenas de acción ásperas y oscuras remiten al policial más que a las del cine de acción superheroico.

Si bien no hay salida (en ese sentido no podemos pensar que el Batman de Reeves es optimista) tampoco el director se regodea con la idea de una sociedad sin un futuro posible. Este nuevo inicio del encapuchado viene a ser una nueva versión del mito de una ciudad en caída pero nunca derrotada. Pesimista de la razón y optimista de la voluntad, Bruce Wayne como Ícaro se levanta de sus cenizas y persiste. Ese hecho mínimo es el acto de heroicidad que el cine viene retratando desde sus inicios. Como John Wayne mirando el horizonte, Batman sabe que las derrotas son momentáneas y las victorias precarias. El secreto está en resistir.

Calificación: 8/10

The Batman (Estados Unidos, 2022). Dirección: Matt Reeves. Guion: Matt Reeves, Peter Craig. Fotografia: Greig Fraser. Montaje: William Hoy, Tyler Nelson. Elenco: Robert Pattinson, Zoe Kravitz, Jeffrey Wright, Colin Farrel, John Torturro, Paul Dano, Andy Serkis, Peter Saarsgard. Duración: 176 minutos.


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