Lo que Tango en París pone de relieve, de forma involuntaria, es qué hacemos con los archivos. Tener a disposición un importante material visual o sonoro implica, además de la necesidad de contar con un criterio de selección adecuado para el proyecto, para narrar una historia, una valoración y una responsabilidad sobre su uso. Y cuando se trata de archivos personales ocurre que en sí mismos adquieren un valor por sobre la utilización que se haga de ellos para un fin específico. Un archivo personal habla más de quien lo erigió que de su contenido e invita indefectiblemente a pensar en los motivos que le dieron origen. Pensaba en un documental como A vuelo de pajarito, donde el archivo y el personaje (el periodista Rogelio García Lupo) son indisolubles: uno lleva al otro en un continuo proceso de realimentación. La película que el hijo de García Lupo construye parte de un hecho (la donación de parte del archivo a la Biblioteca Nacional), articulando en ese proceso de revisión y traslado la trayectoria de su padre y las investigaciones periodísticas de las que dan cuenta esos archivos.

En Tango en París, en cambio, se toma la decisión de que el archivo debe tener una función utilitaria: servir de ilustración visual y sonora de la amistad entre Astor Piazzolla y José Pons. Y en esa decisión, ese archivo cuantioso e invalorable –que se atisba apenas en una escena en la casa de los Pons- pierde peso específico, se convierte en reservorio, despegado de lo que le dio origen. Lo que no hay es, claramente, una pregunta (que el documental decide no hacerse): ¿por qué? ¿Por qué José Pons registraba casi obsesivamente las reuniones multitudinarias en su casa de la Rue Descartes? Dejemos de lado la presencia de tanto artista conocido –de Julio Cortázar a Fito Páez, de Horacio Ferrer a León Gieco, de Jairo a Raúl Barboza, de Yupanqui o Piazzolla a Mercedes Sosa y Amelita Baltar-: ¿por qué registrarlo todo en fotos, filmaciones en Super 8 o video, o en su grabador de cinta abierta? Al no partir de un interés comercial, ¿cuál fue el motor que lo llevó a filmar los paseos por París con Piazzolla y Ferrer o a grabar el recital de Mercedes Sosa en el Olympia? No se trata de un cuestionamiento, sino de señalar que allí hay un nudo, un misterio más interesante por desentrañar que el de la amistad del músico y el ingeniero en París.

Hay, sin embargo, una respuesta que el documental intenta formular: la memoria y su deterioro, el olvido, la desaparición física de las personas, todo ello tendería a justificarlo. Dejemos también de lado que el documental se pierda por momentos en la supuesta necesidad de sentirse teóricamente avalado por Oliver Sacks y sus planteos sobre el funcionamiento del cerebro y en su excesivo afán por organizar todo en capítulos. La debilidad de esa formulación, de esa respuesta posible, es que es posterior a la construcción del archivo: la elabora el documental uniendo los respectivos ACV de Piazzolla y Pons, y derivando de ellos la disolución de los recuerdos de lo que fue una persona.

Desde sendas voces en off que van reproduciendo cartas y declaraciones de uno y otro se nos impone, como base del relato, esa amistad entre dos personas. Pero no sabemos quién es José Pons, por qué su casa fue centro de reunión de argentinos en París, cuál fue el lazo que lo llevó a la relación con los artistas que pasaban por su casa. Resulta evidente que como sujeto de un documental es más interesante para el público una figura conocida como Piazzolla, pero al articular la historia a partir de su relación con Pons, éste queda relegado a un segundo plano. Un desbalance que perjudica el resultado al sostenerse en una indefinición o, para decir mejor, en un camino intermedio. Si lo que interesaba era el recorrido del músico en París, el relato queda acotado; y si lo que interesa es la relación entre esos dos hombres, el lugar que ocupa Pons es excesivamente secundario.

Tal vez la clave para entender por qué Tango en París fracasa en sus intenciones, no pasa solo por desenfocarse de lo importante, o de su imposibilidad de resolver qué hacer con el archivo. Quizás la clave haya que encontrarla en Calle Descartes, número 16, la serie de ocho capítulos que el propio Rodrigo Vila realizó para Canal Encuentro. Allí lo importante era la casa, los Pons, y los capítulos se organizaban en función de los artistas que pasaron por allí, volviendo siempre sobre ese eje. El archivo de los Pons era crucial en la serie para comprender el entramado de los personajes y no funcionaba como ilustración sino como elemento indisoluble de la casa y sus dueños. Tango en París retoma parte de esos materiales ya vistos e intenta, sin suerte, construir un relato lateral, pero sin lograr que no se vea como una simple derivación de la serie. Para quienes no la hayan visto, quizás resulte medianamente atractivo asomarse a esa historia, y seguramente disfrutarán de la intensidad que proviene de la entrevista con Jairo o de la actuación de Piazzolla con Mina en la TV italiana. Para los demás, queda la sensación que se trata de un material que proviene de un reciclaje innecesario, por la falta de una idea que trascienda a lo que le dio origen.

Tango en París, recuerdos de Astor Piazolla (Argentina, 2017), de Rodrigo H. Vila, 80′.


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