
La frase del título es fáctica. Implica el reconocimiento de una comunicación, la recuperación de un mensaje, la habilitación para que la otra parte continúe. Es de uso típico en comunicaciones radiales o por walkie-talkies. Pero a su vez, la frase admite otra lectura: puede leerse como la afirmación personal que implica un cambio en la dirección de la vida de una persona. Entre esos dos significados posibles es que se mueve el relato de la película, desde el comienzo hasta el final.
Carla (Tamara Leschner), la protagonista de la película de Juan Morgenfeld, vigila durante el día los movimientos que se producen en un edificio de departamentos. No es una vigilancia personal, sino un trabajo de obtención de datos: se busca un “sospechoso” del que debe informar a su superior -un personaje al que solo veremos en una escena y que desde su voz, la urge a continuar su pesquisa y conseguir más información. Los modos de Carla parecen acercarse al prototipo del detective: la vemos pasar mucho tiempo sentada en su auto frente al edificio, la escuchamos reportar las escasas -y a veces nulas- averiguaciones que realiza.
Pero en verdad, y tal como se lo proclama, se trata de subvertir justamente los tópicos del cine de detectives. Carla se expone de manera excesiva, se muestra evidentemente torpe cuando se enfrenta al portero del edificio y hasta se produce la situación de que una mujer del edificio se sube a su auto por error. Como si fuera poco, resulta claro que Clara está perdida y no sabe muy bien cómo y por dónde seguir: es que la característica del “sospechoso” está desprovista de todo elemento o acciones que permitan identificarlo. La aparición del personaje de Alicia (María Villar), esa vecina del tercer piso, casual en una primera instancia y luego repetido hasta que Clara le cuenta de su trabajo -otro indicio más de esa ruptura con el prototipo del género- se asienta en la misma dirección: desarmar los códigos específicos, dejar que cualquier eventual misterio deje de ser una potencial amenaza para terminar diluyéndose prácticamente en las aguas del capricho.
Algo de ese camino se intuye en el primer momento en que vemos a Clara dejar su “misión”: la visita a la casa de una amiga, que trabaja como médica por zoom, instala un contraste que se repetirá sistemáticamente en dos oportunidades más, con otra amiga y con su madre y que derivará hacia el final a la cancelación duplicada de las salidas con sus amigas. Carla exhibe una dificultad para relacionarse con aquello que excede su interés: tanto las amigas como su madre -e incluso Alicia- exhiben, si no una vitalidad -expresada en la oralidad tanto en su trabajo como en las relaciones que entablan con el mundo y con las personas-, al menos una energía para apropiarse de un espacio que les pertenece. El disgusto de Carla con las comidas en esas tres escenas, parece ser el punto cúlmine de esa imposibilidad de conexión.

Curiosamente, esa relación en la escena con su superior, termina por invertirse. Posiblemente porque allí su nombre no es Clara, sino Santonja, como la llama ese hombre que sí parece contener el look detectivesco -algo venido a menos, por cierto. Aunque no queda claro que la información que le brinda sea real o una farsa construida para cumplir con los requerimientos, Carla se vuelve locuaz, casi abrumadora en el dominio que toma de la situación.
Sin embargo, Sí cambio parece no terminar de funcionar en su intención. La pretensión de modificar los modelos del cine de detectives parece quedarse en la formulación de esos tópicos para luego proceder a virarlos hacia el absurdo. Ese absurdo, no obstante, está pidiendo una construcción, una estructura que lo contenga y una intensidad que permita profundizar el pasaje hacia las formas de la comedia. La baja intensidad, ese signo lo-fi que parece una marca de época -posible derivación de las estrategias utilizadas hace un par de décadas por el Nuevo Cine Argentino- sostiene cierta mirada distanciada y olvida en ese proceso, la necesidad de profundizar los rasgos de la comedia -a excepción de la escena de Clara con el encargado del bar (Fabián Arenillas). De esa manera, el posible efecto buscado se diluye en una sucesión de escenas que en su afán por no revelar, por no poner más elementos en juego, terminan estirándose y acumulándose en demasía hasta volverse mayormente inocuas.
Sí cambio (Argentina, 2025). Dirección y guión: Juan Morgenfeld. Fotografía: Gonzalo Zilberman y Joaqupin Marracini. Edición: Lucio Gimenez. Elenco: Tamara Leschner, María Villar, Natasha Zaiat, Inés Urdinez, Fabián Arenillas. Duración: 87 minutos.
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