Una luz ínfima titila sobre el espacio en negro de la pantalla. Una luz cargada de datos, de información procesada que parece no decir nada pero que en realidad va a decir mucho. Una luz que late y que antecede a la escritura, a la descripción física de un cuerpo pero también de un estado de ánimo. Una luz que va a hablarnos del tiempo, de la falta de afecto y de las formas de relacionarse en un mundo que, intervenido, mediado por la frivolidad de la tecnología primero y por el látex y el cuero después, empieza a volverse ajeno. En esa primera escena de Un año sin amor (el título de la película también se imprime sobre ese fondo negro y con la misma latencia lumínica) está todo lo que le interesa al cine de Anahí Berneri: el cuerpo. El cuerpo físico y el cuerpo social. El cuerpo condicionado, sometido por voluntad propia o a veces contra ella. Pero también la soledad y el desamparo que envuelven a ese cuerpo, también la sordidez y la noche. Todo eso está presente en el comienzo de la película, así como lo va a estar después en esa suerte de vía crucis urbano que el protagonista va a iniciar sin nunca llegar a comprender del todo lo que pasa, tanto a su alrededor como dentro de él.

No es casual, en ese sentido, que Berneri establezca el recorrido de su personaje principal delineando la puesta en escena como una cruz: gracias a la composición de los planos, Pablo (Juan Minujín) transita la ciudad de lado a lado, en una errancia horizontal –entiéndase normal- que no tiene nada que ofrecerle; para encontrar alguna forma de placer, alguna sensación vital, Pablo debe, necesariamente, descender a las profundidades espesas de los cines y los bares nocturnos que frecuenta o ascender, llegado el caso, a las alturas –no menos oscuras- del lujo vulgar y el distanciamiento que ofrece el departamento exclusivo de “El comisario”.

Pablo es gay y tiene sida. Pero el drama de la historia no pasa por la orientación sexual del protagonista ni por la enfermedad que éste transita. Pablo escribe y habla. Escribe para sí mismo y para los demás. Habla consigo mismo y con los demás (antes que Historias extraordinarias, antes que Vaquero –debut de Minujín en la dirección-, antes que El marginal, Un año sin amor es la película que inaugura el uso de la voz en off del actor como recurso para modular el tono lacónico de las historias). El foco está puesto ahí, en la vinculación, en la dificultad para darse a entender: “quería explicar que “sexo seguro” no significa que “seguro tenemos sexo”, dice en un momento. Pablo escribe y se describe, como “inocente u obediente”, como “amo o esclavo”. Pablo se ofrece. Será, ante nosotros, siempre esclavo. Se someterá a la ley (del comisario) y al poder dominador de la palabra cuando llame por teléfono a Martín, cuando luego se (re)baje a lamer las botas negras (oscuras) de su amo y “señor” (así se ve obligado a nombrarlo) provisorio.

Más que la predisposición para la aventura, lo que ocurre con el protagonista de Un año sin amor es que se sabe jugado, que no tiene tiempo y que por tal razón tampoco tiene nada que perder. Sus reflexiones, pero sobre todo sus acciones, responden más a la inercia del autómata que a la decisión consciente de aquel que busca deliberadamente el goce. En ese recorrido, en esa cruz que Pablo va sorteando no como una condena sino como un camino inevitable, la horizontalidad, presentada como el espacio de lo superficial, se ve atravesada por una verticalidad profunda en donde la vida se va extrañando y al cuerpo (físico), falto de certezas y de claridad, falto de perspectiva, no le queda otra que entregarse, que ir desnudándose poco a poco, que exponerse como un mártir. Berneri juega con esa idea en más de un plano. Toma a ese cuerpo delgado y frágil de frente y de espaldas, lo somete al filo de las navajas  y lo recorta con la cámara.

El gran tema de esta ópera prima inusual para el cine argentino es el cuerpo. El cuerpo degradado. El cuerpo deteriorado. El cuerpo vulnerable. El cuerpo entregado. A la escritura como catarsis contra el tiempo que se acaba y a la búsqueda incesante del placer aun cuando ya no se pueda distinguir -o sentir- qué es dolor y qué es amor.

Pero también el cuerpo aferrado al impulso repentino, a la sensación vaga e improbable de una nueva vida están presentes en Un año sin amor. Ese es el otro gran mérito que tienen las películas de Berneri: siempre hay un momento en el que la frivolidad y el desamparo dejan abierta, aunque sea momentáneamente, la posibilidad de una comunión sincera, noble, entre los personajes. Pasa aquí con el romance efímero entre Pablo y Martín y pasa Encarnación con el afecto cómplice de Erni y su sobrina. Pasa en Aire libre con la relación inestable y luminosa de la pareja protagonista y pasa en Alanís cuando sobre el final, y después de haber atravesado una larga noche, Berneri junta a sus chicas en plano general y las hace conversar y reír de frente, sin culpa y sin vergüenza.

Las películas de Berneri hablan del cuerpo, pero también del amor que habita esos cuerpos. De la no resignación del afecto ante la hostilidad de un mundo que más de una vez, por no decir permanentemente, amenaza con devorar esos cuerpos. De la búsqueda sincera del cariño, aun cuando el tiempo no alcance y aun cuando muchas veces no quede otra que descender -como ocurre con el protagonista de Un año sin amor en el último plano de la película, consciente de que arriba ya no hay nada para él – a la oscuridad siempre incierta de los bares y los cines clandestinos, acá convertidos en refugios fríos pero habitables, y “seguir viviendo… como algo exótico”.

Un año sin amor (Argentina, 2004). Dirección: Anahí Berneri. Guion: Pablo Pérez y Anahí Berneri. Fotografía: Lucio Bonelli. Música: Leo García, Martín Bauer. Reparto: Juan Minujín, Mimí Ardú, Carlos Echevarría, Bárbara Lombardo, Javier Van De Couter, Osmar Nuñez, Ricardo Merkin, Carlos Portaluppi, Mónica Cabrera, Ricardo Moriello, Juan Carlos Ricci. Duración: 93 minutos.


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