
“El deber de todo cristiano es ser revolucionario” dice la cita de Camilo Torres con que se inicia ¡Oh por Lenin!. En el final, la voz de Antonio Puigjané dirá que “hay una iglesia que vive por los pobres y esa es la menos vista (…), esa es la iglesia revolucionaria”. Entre el comienzo y el final lo que se constata es el pasaje de una responsabilidad aún formulada en abstracto a una definición posible de la encarnación de esa responsabilidad. En ese trayecto, la figura de Puigjané ejerce un rol central, no tanto como ejemplo, sino como una suerte de red que contiene la evolución de un sector de la iglesia católica argentina hacia formas menos conservadoras y que permite observarlas desde la perspectiva del presente.
Si hay algo que ¡Oh por Lenin! rechaza de manera consistente, es la construcción de un documental sobre el personaje –que en todo caso corrió por cuenta de Antonio Puigjané, el Piru, aún cuando buena parte del relato giraba alrededor de los años que estuvo en prisión-. En todo caso, esa intención algo difusa por cierto, se sostiene en los primeros tramos como una suerte de marco de comprensión necesaria para lo que se va a narrar luego. Su ordenación como sacerdote, la vida en la villa hasta que es expulsado junto con otros monjes capuchinos por orden de Antonio Plaza y la desaparición de su padre en el año 1972 –método que la siguiente dictadura perfeccionaría hasta los extremos más inconcebibles-, más que hitos de importancia en sí mismos, se revelan condiciones necesarias para comprender la relación que se establece entre la iglesia católica en los años 60/70 y los movimientos sociales revolucionarios que hacen eclosión en las mismas décadas.
Ya en el momento en que el relato se centra en su pasaje a la provincia de La Rioja y su trabajo con Enrique Angelelli, comienza a despojarse de lo personal para encontrar un sentido más colectivo. Sin embargo, es notable que en ese segmento lo que aparece es una personalización del Mal encarnada en Angelelli: los titulares del diario riojano El Sol, las caricaturas que lo presentan como marxista no daban rodeos, sino que acusaban directamente. La intervención de Amado Menem redondea esa idea con una formulación prototípica del western: cuando dice que él y Angelelli tienen una fe distinta y que no caben los dos en el mismo pueblo, está anticipando el uso de la fuerza que se disfrazaría de accidente en la ruta. Pero incluso allí, y cuando se personaliza de manera tan contundente, el documental se afirma antes en la práctica religiosa en relación con el pueblo, que en la disputa personalizada, cuando decide no ponerle voz a la contraparte de Menem. En todo caso, allí Puigjané funciona como un comentarista de lo ocurrido, alguien que rememora no solo la disputa con el gobierno provincial, sino que está allí para recalcar las diferencias entre ese modelo de iglesia y el que se pretendía conservar inalterable.

A partir de ese momento es que el relato se diversifica. Lo que se pone en juego es la forma en que Puigjané entra en la historia como una suerte de hilo conductor. De La Rioja a los Sacerdotes Tercermundistas, y de allí a la relación con las Madres de Plaza de Mayo (“Las Madres me parieron a una vida nueva más comprometida”). Y desde ese hilo que deriva a los sacerdotes torturados y desaparecidos por la última dictadura hacia la presencia en la Revolución Sandinista de Nicaragua, lo que atraviesa el documental es el intento de construir la imagen de una iglesia diferente que pretendía asomar en esos tiempos. Esa iglesia cuya simbología puede encontrarse en la Santa Cruz, ese espacio que acogió las reuniones de los familiares de desaparecidos y que se convirtió en imagen paradigmática de la persistente lucha de los militares contra esas otras formas de la fe cristiana.
Lo interesante es que lo que el documental plantea como centro es el corrimiento de la tradición religiosa, explicitada en la ausencia casi total de la simbología propia de sus liturgias. No solo por el acercamiento de ese grupo de sacerdotes a los sectores más necesitados del pueblo, sino por la forma en que promueven una identificación diferente. La ruptura del distanciamiento que implica la uniformización impuesta por las sotanas es un punto de partida que une al Puigjané de las imágenes del pasado con las de Ernesto Cardenal hablándole a las tropas sandinistas: esa imagen los pone más cerca de la iconografía de la Revolución Cubana que de los ropajes de la Iglesia como institución. Esa marca se perpetúa a lo largo del documental, entre el recuerdo de Carlos Saracini, el cura que compuso la canción “Hay que seguir andando” y un vía crucis organizado en el inesperable espacio de la exEsma, pero donde aparece con mayor nitidez es en dos momentos. En el primero de ellos, Puigjané recuerda la sugerencia de Osvaldo Bayer para que en las marchas de las Madres sí llevara puestos sus hábitos, lo que rompía de manera contundente con la idea del carácter puramente civil de los movimientos por los derechos humanos. La segunda es el momento en que el cura del barrio La Matera muestra una suerte de altar paralelo al que bautiza como el rincón de curas y mártires. Allí están, de manera previsible, los rostros de Mugica, Novak, Angelelli, Bustos y las monjas francesas Domon y Duquet. Pero junto a ellos están los militantes populares del barrio junto a Ceferino Namuncurá y el cura Orlando Yorio junto a Azucena Villaflor. Si la apuesta del documental es clarificar la relación entre el cristianismo y lo revolucionario –sorteando incluso el cuestionamiento que se hizo en su momento a Puigjané por el ataque del Movimiento Todos por la Patria al cuartel de La Tablada-, ese espacio, esa reunión de nombres y rostros puede considerarse la resolución más acabada de esa idea.
¡Oh, por Lenin! (Argentina, 2018). Guion y dirección: Luis Corti. Producción: Leonardo Hussen. Fotografía: Patricia Batlle. Duración: 82 minutos.
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