
Marty Mauser (un gran Timothée Chalamet) está inspirado -libre, muy libremente- en Marty Reisman, una leyenda del ping pong newyorkino entre los años 60 y 2000. Una leyenda forjada a fragua de inmenso talento, estafas, juegos clandestinos, apuestas de todo tipo, tours con los Harlem Globetrotters, performances varias, más estafas, glam, carisma, más apuestas de todo tipo y una capacidad de seducción peligrosísima.
Marty Mauser (de nuevo, un gran Timothée Chalamet) es la respuesta más hermosa a la nota publicada por el New York Times en Español[1] del día 11 de enero del 2026 donde su autora, Mireille Silcoff, se pregunta cómo el cine de Hollywood ha “naturalizado” (para bien y para mal) la identidad judía en el cine de Hollywood, justamente, en estas épocas de Netanyahu, Milei, Greta Thunberg y la enana Feudale.
Marty Mauser es el personaje del gran Josh Safdie; el Safdie que no es Agamenon; el Safdie que realmente filma y muy bien.
Marty Mauser es una suerte de Woody Allen fachero, de veintitrés años, espigado, alto, físico, carnal, curiosamente atlético, obsesionado con la obsesión; obsesionado con su propia obsesión, con su propio mito en construcción, con su propio talento.
Marty Mauser es un talentoso.
Marty Mauser es manipulador, avaro, inteligentísimo, seductor, sexual, mañoso, culto, encantador, aborrecible, estafador, miserable, usurero, justo, empático, violento, extrovertido, contradictorio, altísimamente neurótico.
Marty Mauser no quiere ayuda de nadie, pero necesita ayuda de todos.
Marty Mauser es símbolo (en plena posguerra mundial) y tótem, miseria y perversión de ese capitalismo en expansión después del Plan Marshall donde los enemigos del pasado (Japón, por ejemplo), comienzan a transformarse en los próximos socios del futuro dentro de una Guerra Fría, la cual todos sabemos cómo termina.

Marty Mauser hace y deshace, va y viene, no para, no es Forrest Gump, no es agradable ni placentero de ver; la película de Safdie no lo es: es incómoda, es asfixiante, es repulsiva, es hipnótica, es, realmente, un tour de force maravilloso, un dispositivo de entretenimiento que desubica para bien.
Marty Mauser es todo lo que está bien y todo lo que está mal al mismo tiempo. Como su madre (la gran Fran Drescher), como su casi novia (una preciosísima Odessa A’ Zion), como la radiante Gwyneth Paltrow en su rol de la diva devenida a ruina, Kay Stone. Como la extraordinaria música ochentosa clásico-épica traicionera de Daniel Lopatin. Como las apariciones (personajes) geniales de Kevin O’Leary y el siempre leyenda, Abel Ferrara.
Marty Mauser es un juego de disfraces que, no obstante, en la medida que se (le) caen las máscaras, en el fondo, el (su) rostro real es exactamente igual al de todas esas máscaras a pesar de lo que argumentaría en contra, posiblemente, esa dupla vendehumo rizomática francesa de Deleuze y Guattari.
Marty Mauser es pura singularidad. Un agujero negro que atrapa, absorbe, destruye y, curiosamente, da vida. Vida de verdad.
Marty Mauser es un personaje de no-comedia hecho casi tragedia. Pero uno clásico, épico, bien épico y magistral.
Marty Mauser es narrativa pura, vertiginosidad virtuosa, clímax y anti clímax constante, impune, voraz.
Marty Mauser es el regalo sutilmente envuelto del propio Marty a su madre luego de la gira mundial.

Marty Mauser es el tótem a la meritocracia perversa, pervertidora, oscura, turbia, que ningún macrista de aquellos que la ponderaban hace unas dos presidencias atrás podría, siquiera, empezar a soportar.
Marty Mouser es un Odiseo neurasténico, enredado, cruel, anti-homérico, judío.
Marty Mauser es un masoquista, un inaguantable, una experiencia -en sí mismo- sensorial, cinematográfica, muy necesaria para el cine, para la sala de cine, para fracasar en las plataformas, pero vivir vitalmente en una proyección cinematográfica con pantalla gigante, luces apagadas y un muy buen sonido.
Marty Mauser es, en realidad, Marty Supreme, el qué, gracias a Dios y a Josh Safdie, no, no aprende ni aprendió en las casi dos horas y media de película en las que duran sus enredadísimos periplos. La búsqueda existencial (personal) de uno mismo.
Marty Supreme (Estados Unidos, 2025). Dirección: Josh Safdie. Guión: Josh Safdie y Ronald Bronstein. Fotografía: Darius Khondji. Edición: Josh Safdie y Ronald Bronstein. Elenco: Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Odessa A’Zion, Kevin O’Leary, Tyler Okonma, Fran Drescher. Duración: 149 minutos.
[1] https://www.nytimes.com/es/2026/01/11/espanol/cultura/cine-judaismo-identidad-universalidad.html
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