El Dios de la Biblia, del Tanaj, era el de las pasiones: era el caprichoso, el celoso, el cruel, el bondadoso, el cínico, el que dudaba, el que castigaba, el que premiaba. Antes que él, lo fueron los dioses griegos: los mismos que mataron a sus padres-titanes para heredar el universo y mezclarse con la humanidad más mundana a pesar de su divinidad tan altiva como innegociable.

El Dios de la Biblia, del Tanaj, creaba al mundo desde el verbo, desde la palabra. Los dioses griegos desde la magia, el conjuro y la fisiocracia sobrenatural.

El Dios de la Modernidad, del Renacimiento, era el hombre. Por lo tanto, ya sea desde textos sagrados y alquimias medievales a teogonías filosófico-mitológicas, lo divino ahora habitaba en la humanidad y lo divino, lejos de ser lo sobrenatural, era justamente lo pasional. Shakespeare recoge el guante como nadie en su época y hace esta transferencia: las mismas pasiones que tuvo el Dios bíblico y los dioses griegos serán las que hagan “dios” justamente a un ser humano. Especialmente si este ser humano es un rey, un monarca. Toda corona tendrá un precio y un peso. Harold Bloom lo asimila de forma determinante y decreta -a pesar de las objeciones que le labran “la escuela del resentimiento” como él la llama- que el centro del canon literario occidental es Shakespeare y que todo escritor será o no canónico en tanto y en cuanto se acerque o aleje a “lo shakesperiano”, en y con sus obras. Game of Thrones lo entendió brillantemente –Hamlet mediante- hasta su última temporada donde desbarrancó por todos lados. Los Sopranos lo entendieron maravillosamente –Rey Lear mediante- con ese Jefe de Jersey yendo a la psicóloga por sus brotes psicóticos mientras luchaba por otorgar su poder sin tener ningún heredero familiar potable que lo sucediera. Kurosawa, Welles, Zeffirelli, Pacino, Branagh, Luhrmann, Kurzel (por nombrar apenas un puñado) fueron a la representación directa y aprovecharon la superación que es el cine del teatro, para actualizar las obras del gran dramaturgo del siglo XVI. Los resultados han sido dispares pero no por ello, inválidos.

Joel Coen entonces. Joel Coen por primera vez sin Ethan, pero con Frances McDormand, su esposa, la gran actriz de su generación. Joel Coen componiendo una “opera prima” yendo por una de las obras madre del centro del canon según Bloom: Macbeth. Joel Coen la llama La tragedia de Macbeth  y no hay redundancia en el título sino un guiño, quizás, de compasión. Joel Coen se calza el blanco y negro y homenajea a Dreyer, a Bergman (especialmente) en su puesta en escena; al teatro, con sus decorados adustos, geométricos, subyugantes por momentos. Joel Coen -tal vez por convicción, tal vez por obligación- asume esa “ley de la diversidad” que reina burocrática y demagógicamente hoy en día en Hollywood y hace que su “escocés” Macbeth sea Denzel Washington y que Macduff sea Corey Hawkins. Joel Coen hace que su esposa, Frances, sea Lady Macbeth y tenga su lucimiento notable en la escena donde, entre la locura y la culpa, intenta lavar sus manos, su cuerpo, lo que todavía siente como piel ante tanto delirio y pecado consumado. Joel Coen hace honor al inmenso director de cine que es cuando pone en escena a las Brujas (extraordinaria Kathryn Hunter) sus visiones, sus apariciones, sus vuelos, sus tretas. Joel Coen hace del blanco y negro de su fotografía -la de Bruno Delbonnel en realidad- un mundo estético tan adusto como subyugante, tan penetrante como intrigante, tan cruel como agobiante. Joel Coen no derriba ninguna cuarta pared con su adaptación shakesperiana: respeta los textos, su poesía, su recitado, sus parlamentos hechos voz, representación, sonidos, muecas, guiños, rimas, carne, representación humana, primeros y primerísimos primeros planos. Joel Coen elige a su pareja de Macbeths entre los cincuenta y sesenta años ya de vuelta, ya sin hijos, ya sin nada que perder y aún con cosas (ambiciones) por ganar por más que no tengan la fuerza (mental) para hacerse cargo de ellas. Joel Coen insiste en que la locura es, en realidad, a pesar de las Brujas, lo verdaderamente sobrenatural; lo que posiblemente hizo dioses a los dioses para crear este mundo plagado de vanidades y crueldades, de reyes y súbditos, de castillos y taperas, de malezas y bosques andantes.

Joel Coen, en definitiva, debuta en soledad con una obra entrañable, sapiente de la tradición que hay al conjurar a Shakespeare; sapiente de su propio nombre ahora que no saldrá con el de su hermano al lado; sapiente de que el hijo de Banquo quizás sea una analogía (un augurio) a su propia obra si decide seguir en esta soledad creativa… en esta singularidad cinematográfica donde hace honor a la voz de las Brujas y su“lo bello es feo y feo lo que es bello” tan inmortal como necesariamente actual.

The Tragedy of Macbeth (2021). Guion y dirección: Joel Coen. Fotografía: Bruno Delbonnel. Edición: Joel Coen, Lucian Johnston. Elenco: Denzel Washington, Frances McDormand, Alex Hassell. Duración: 105 minutos.


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