Edgardo Marranti es pintor. Pinta desde el año 1978 y acumula unos dos mil cuadros, la mayoría de tamaño pequeño o mediano. Y de motivos similares. Dice que no sabía pintar, que nunca fue a aprender. No hay farsa ni falsa modestia: se puede entender a Marranti como un pintor que fue haciéndose a sí mismo a lo largo de los años. Y que supo adaptarse a los cambios que le impusieron las limitaciones de la vida (aprender a pintar con la mano izquierda después de un ACV). Y es posible advertir que, aun cuando resultan claros los cambios producidos en su estilo –que se vuelve más abstracto, como lo admite en algún momento-, guarda una correlación con la obra previa en cuanto a motivos y al uso que hace de la paleta de colores.

A pesar del título –y del párrafo previo-, el documental no es sobre Marranti como pintor. O en todo caso, se entiende que la pintura, como arte, puede convertirse en instrumento para otra cosa. Si nos atenemos a su propia descripción, Marranti hace pintura anidimensional (algo que está en un lugar y en todos los lugares a la vez). Pero ante todo, su labor como pintor tiene un objetivo que escapa de lo artístico en sí mismo. Es una misión, un compromiso asumido en un momento de su vida, que excede la dimensión de lo terrestre.

Hay algo interesante en el origen de esa misión, que surge de una suerte de mensaje. Marranti habla de apariciones, de seres que provienen de otra dimensión y que entran en colisión, en ese período, con su vida terrenal. El aislamiento y el consecuente juzgamiento de familiares y amigos se forja como una marca que profundiza ese lazo con “lo otro”. Marranti lo explicita cuando dice que esos seres –que también tienen nombres propios- se convirtieron en su familia, porque no solo no lo juzgaron, sino que, dice, lo eligieron desde antes de que naciera.

De alguna forma, el documental de Alejandro Maly trabaja en ese mismo sentido. Revela la obra y la personalidad de Marranti, pero se abstiene de cualquier tipo de juzgamiento. Observa, escucha sus argumentos y su historia y lo acompaña de las referencias de su familia (la esposa, que aparece como ejemplo de esa posibilidad de acercarse a alguien que para los demás se revela como extraño) y amigos. Construye de esa manera, una visión lo más amplia posible sobre un personaje que en otras manos podría haber pasado por la excentricidad o lo estrafalario.  Situado en la perspectiva que Marranti define en algún momento, el documental acepta la posibilidad de acercarse a alguien que ve la vida de una manera diferente al resto.

Y es que, al fin, no es la pintura el centro de interés de la película, sino eso que podría definirse como “lo otro”: eso que se plantea como lo distinto de la construcción normalizada de una sociedad. Lo que habitualmente se plantea como “raro” o extraño, porque no responde a las lógicas culturales o comerciales instaladas. Lo que pinta Marranti, justamente, reúne las condiciones posibles. Esas pinturas no se exhiben en museos o en galerías de arte, ni están en venta: carecen de un imperativo productivo que las impulse (no circulan, no tienen valor comercial), porque no fueron pensadas con ese criterio. Y de la misma manera, tampoco fueron pensadas para satisfacer el ego del artista.

Entones, lo que hay en La pintura del futuro es un encapsulamiento de ese otro en otros. Una expresión artística que reniega de ese doble carácter para convertirse en una especie de texto. Y un pintor que abjura de ese lugar –que implica ideas propias, búsqueda de un estilo, experimentaciones- para limitarse al rol de copista. Cuando señala que sus cuadros son como “una nueva Biblia de hojas que hoy están dispersas” refuerza esa textualidad proveniente de un universo simbólico que se plantea de manera completamente abierta. Es, en fin, otro texto, que en lugar de mirar hacia el mito y el pasado oficializado, enfoca hacia otra dimensión, hacia un futuro por venir –hay que notar cómo se liga con lo religioso, no solamente porque alude a la necesidad de la creencia, sino por la sinonimia con nociones como El Elegido y con una apuesta a una futura salvación de la humanidad. Por otra parte, Marranti insiste en que “la obra es lo importante” y no él mismo, con lo que reafirma su adecuación a la orden de no firmar sus obras, pero sobre todo alude a su autopercepción como copista. Y allí está la clave de todo el relato. Marranti no es más que un mediador, alguien a quien se le dicta el contenido de una dimensión otra con la que puede entrar en contacto para reproducirla en imágenes. La negación a convertir la obra en un dictum es evidente. Marranti parece discurrir en una senda marginal en la que puede seguir los pasos de Pedro Romaniuk –de quien se recuperan fragmentos de entrevistas en “El pueblo quiere saber”, con Pinky y Lucho Avilés, y de un reportaje realizado por Horacio Embón- y desde allí convertirse en el amanuense de esos seres de otra dimensión. Lo que no deja de ser una paradoja. Porque si estas pinturas dicen apuntar hacia el futuro, lo hacen a consecuencia de retroceder en el tiempo, a los años previos a la Revolución Industrial, a los tiempos en que los textos solo podían ser copiados a mano.

La pintura del futuro (Argentina, 2025). Dirección, guión y edición: Alejandro Maly. Fotografía: Juan Marciano Ferreiro, Alejandro Maly, Sebastián Betz y Andrés Sosa. Duración: 73 minutos.

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