Algunos_dias_sin_musica-793618731-large– Está bien, está bien. Mickey es un ratón, Donald es un pato y Pluto es un perro. ¿Qué es Goofy?

– Goofy es un perro. Definitivamente, es un perro.

– No puede ser un perro. Usa un sombrero y maneja un auto.

– ¿Qué diablos es Goofy?

“A veces, los amigos entran y salen de la vida de uno como camareros en un bar”

“Hablamos toda la noche de cosas que eran importantes antes de descubrir a las chicas”.

Cuenta conmigo (Stand by me, 1986) Rob Reiner

Hay una escena muy significativa en la entrañable Cuenta Conmigo de Rob Reiner en  la que, mientras un grupo de niños discute sobre quién ganaría una hipotética pelea entre Superman y Superratón, otros miembros del grupo conversan acaloradamente sobre mujeres y alcohol y otros tópicos comunes al “discurso adulto”. Dos registros del lenguaje que se encuentran en permanente tensión durante toda la película hasta que se estabilizan frente al descubrimiento de la muerte. Un grupo de niños que viaja y camina por las vías del ferrocarril despreciando el mundo de los adultos pero imitándolo también, quizás como gesto de sofisticación, quizás como como gesto de rebeldía.

Algunos días sin música, ópera prima de Matías Rojo, comparte cierta esencia común en el retrato del mundo infantil atravesado por el género de aventuras y de iniciación. La historia comienza cuando Sebastián, de diez años, se muda con sus padres a una zona periférica de Mendoza. Sabemos que es un enfermo de las revistas de ciencia y que el primer día de clases en su escuela nueva conoce a Email y a Guzmán. Email no se saca la ropa de karateka ni por casualidad, pero es consciente de aquella gran enseñanza del querido tío Ben: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, y por eso prefiere no hacer gala de sus habilidades. Guzmán, que fue abandonado por sus padres desde que era un bebé, vive en la actualidad con su implacable abuela (Ana María Giunta).

Apenas se conocen, inician una colorida conversación desde el lenguaje infantil pero con raíces muy profundas: los adultos no tienen nada que enseñar, peor aún, no hay nada valioso que aprender de ellos. Mientras se encuentran formados entonando el himno antes de entrar al aula, la ceremonia es dirigida por la maestra de música. Los tres niños, con pocas ganas de empezar las clases, le desean simultáneamente la muerte. Acto seguido, la maestra se desvanece ante sus ojos sorprendidos, la escuela decreta unos días de luto, y así comienza la historia.

Este pasaje inicial es el punto de partida para construir una perfecta pincelada de la percepción infantil. Matías Rojo es sociológo y no es un dato menor para comprender el lugar que ocupa en su película la descripción de los grupos sociales. Frente a la solemnidad de los adultos, la ceremonia del himno y las demandas protocolares, la mentalidad infantil impone la transgresión de la norma y el comienzo de la aventura. Subyace ahí un planteo clásico (y legítimo) –el de la prohibición rota- que nos retrotrae a la matriz más pura de los cuentos maravillosos.

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Los parajes de Luján de Cuyo en los suburbios de Mendoza propician el desarrollo de este camino individual y colectivo. Los niños deambulan junto a las vías del tren (el camino trazado) porque la adultez es tan inevitable como la muerte. Sin embargo, la forma de recorrer esas sinuosas sendas es particular, creativa: hay atajos, hay descansos y, también, hay una idea de poder que subyace detrás de cada signo. Una idea de poder que se expande durante el filme desde múltiples lugares: la fantasía de matar psíquicamente a la docente, la posibilidad de adoptar una familia nueva (los amigos) y la tenaz resistencia ante una adultez rutinaria y vacía.

Algunos días sin música construye este mundo infantil en paralelo a un circuito adulto distante y brutal: “No quiero crecer, no me quiero parecer a vos”, dice Sebastián a su padre. Y esta frase, acuñada en la doxa más remanida, se hace carne en la experiencia de los protagonistas. Por ello es importante el acercamiento de la cámara, que conjuga una mirada intimista pero no necesariamente cómplice. En muchas ocasiones, se privilegia entonces un plano espía: una cámara que se cuela por las ventanas, por las rejas, por las casas, pero sin vulnerar el intercambio que se produce en su interior. El guión, desde este punto de vista, no necesita de muchas palabras ya que lo doméstico, construido a partir de una relación asimétrica con los adultos, lo dice todo.

Algunos días sin música (Argentina-Brasil/2014), de Matías Rojo, c/Jerónimo Escoriaza, Emilio Lacerna, Tomás Araya y Ana María Giunta, 78′.


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