La primera imagen de Siete perros (2021), cuarto largometraje del realizador argentino Rodrigo Guerrero, es clave: un perro le alcanza a su amo un preservativo que han arrojado al patio de un edificio de planta baja, debajo del pulmón del edificio. La escena localiza de entrada de dónde parte la violencia.

Ernesto (Luis Machín) es un hombre que vive solo (su esposa ha fallecido hace algunos años) junto a sus siete perros. Se encuentra laboralmente retirado debido a sus problemas de salud y tiene una hija que vive junto a su pareja y su pequeña bebé en el exterior  y lo ayuda con su precaria economía. Sin actividad laboral de rutina y sin afectos cerca, sus perros son depositarios de la posibilidad de cuidar y ser cuidado, de dar y recibir cariño. Cierto día le llega a Ernesto una citación a una mediación judicial con el consorcio de propietarios del edificio debido a las molestias que le ocasionan los perros. En dicha audiencia se insta a Ernesto a que, en el plazo de un mes, busque otro lugar donde alojar a sus perros; caso contrario el consorcio podría avanzar con un juicio contra él. Ciertamente el reglamento permite las mascotas, pero el consorcio sitúa el problema en la numerosidad de los animales. Ernesto intenta ocuparse de lo pactado, pero hete aquí que no puede vender o alquilar su vivienda para mudarse (se encuentra todavía en sucesión)  y cuando visita un refugio canino la sola idea de desprenderse de sus perros desestabiliza su precaria salud.

Desde lo formal, la paleta de colores en la gama del ocre expresa el sentimiento de nostalgia y de ocaso de la vida que acompañan al protagonista, al tiempo que los planos fijos puntúan la situación de encierro y presión social en que se encuentra. Pero también el color amarillo identifica a Ernesto, marcando su inteligencia para resolver la situación en que se encuentra. El afecto que el hijo de una nueva vecina toma con el Ruso, uno de sus perros, le da la clave de una salida para el conflicto: entregar a los perros a algunos vecinos que son sus aliados. Es un modo de resolver la problemática de manera colectiva y sin tener que desprenderse totalmente de ellos.

Ernesto dice a varios vecinos o personas con las que toma contacto que sus perros: “No hacen nada, ¡son más buenos!” y también que son “muy compañeros”. Efectivamente vamos viendo que la hostilidad no proviene de los canes sino de los humanos, que arrojan basura al patio, violencia a la cual los perros responden con sus ladridos. La crueldad es parte de la condición humana, en la dimensión animal sólo se vehiculiza la violencia como parte del instinto de supervivencia. A lo largo de la película, Guerrero desnuda situaciones de violencia doméstica, ya sea en términos de género o de padres hacia sus hijos, dimensión que no puede ser pensada dentro del terreno de lo animal. En esta línea, resuena la temática de la Campaña al Desierto que una adolescente del edificio se encuentra estudiando para la materia de Historia. La línea entre civilización y barbarie se diluye. Los perros no son malvados ni salvajes, por el contrario se muestran muy civilizados, leales y obedientes al amo. Son los humanos quienes toman al prójimo (e incluso a las otras especies) como objeto de la crueldad de su goce. En Siete perros, resuena la primer parte de la reciente El perro que no calla de Ana Katz y por supuesto también el clásico Moby Dick de Melville.

El director sitúa muy bien en su película la dimensión del odio al vecino, donde se supone que el mal viene de afuera, del prójimo cuyo modo diferente de gozar no tolero; pero en realidad proviene del propio interior y se proyecta afuera como algo que se desconoce. El odio al vecino es la expresión mínima de lo que puede replicarse a nivel de una misma hinchada, un mismo país o incluso entre países lindantes y que ha dado lugar a tantas guerras y genocidios. En contraposición a ésta dimensión, Guerrero plantea la alternativa de la fuerza de la solidaridad y la empatía para con el otro, que pueda dar lugar a soluciones colectivas y a una convivencia armónica, siempre precaria y amenazada por el núcleo irreductible de la crueldad como parte de la condición humana.    

Siete perros descansa en la lograda interpretación de Luis Machín, en la mesura formal bien utilizada y en un guion que apunta a la sensibilidad, eludiendo los golpes bajos, y que permite reflexionar sobre la problemática del odio y la intolerancia hacia aquel cuyo singular modo de gozar no comparto.

Calificación: 7.5/10

Siete perros (Argentina, 2022). Director: Rodrigo Guerrero. Guionista: Paula Lussi. Fotografía y cámara: Gustavo Tejeda. Montaje: Delfina Castagnino, Susana Leunda. Elenco: Luis Machín, Maximiliano Bini, Natalia Di Cienzo, Paula Lussi, Eva Bianco, Paula Hertzog. Duración: 83 minutos.


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