
*Esperar es instalarse en el tiempo. En un tiempo que no tiene una definición precisa y que se vuelve envoltorio vacío, que se va llenando de expectativas, ansiedades y frustraciones. Un tiempo que se estira en lo real y se contrae en lo personal. Un tiempo que se percibe necesario –porque todo sistema está hecho de reaseguros, de comprobaciones que se repiten- y otro que se administra desde la urgencia de la falta de respuestas.
*En los niños que esperan por una familia que los adopte, el tiempo es una medida crucial. Y cruel. Porque esa medida no les pertenece, sino que aparece establecida por el sistema en que se insertan desde su ingreso a hogares de cuidado o familias de abrigo. Son tiempos divergentes de los otros, porque las perspectivas lo son: uno parte de la necesidad y el otro de un entramado de reglas. Un año en un juzgado es (casi) nada: el tiempo consumido en formalidades, procedimientos, informes, peritajes, pruebas, y con mucha suerte, alguna decisión preliminar. Para un niño, un año puede constituir un tercio, un cuarto, un quinto de su vida, pero sobre todo es el tiempo irrecuperable sin una relación afectiva con un padre y una madre.
*La espera, el documental de Darío Doria es, en la superficie, una sucesión de entrevistas que revelan diferentes experiencias centradas en el tema de la adopción. En un nivel más profundo, es un documental que gira alrededor de esas percepciones sobre el tiempo, que entran en tensión y que solo pueden solucionarse, paradójicamente, con el tiempo. En todo caso, el hallazgo debe pensarse en la capacidad para reconstruir ese universo desde una multiplicidad de perspectivas. Madres que adoptaron, maestros, asistentes, trabajadores de hogares, madres que pudieron perder a sus hijos, profesionales de la salud, jueces: en cada uno de ellos aparece el conflicto bajo formas diferentes. En el fondo, lo que subyace es la forma en la que el sistema en que se mueven, impone en unos y otros, su propio tiempo.

*Hay ideas que se repiten en esos relatos. Desde ese sistema, la idea de que se puede esperar un poco más –de nuevo, el tiempo-, a la hora de resolver una situación, sin tener en cuenta las necesidades y urgencias que aparecen del otro lado. Pero que a la vez implican un incumplimiento de las leyes que ese mismo Estado se ha dado –los 180 días que nunca se cumplen-. En el otro extremo, la sensación de ese otro límite que el sistema impone –los 18 años- y que hace cumplir estrictamente, sin brindar redes de contención ni posibilidades de una salida. El tiempo es, en uno y otro caso, el síntoma de la despreocupación del sistema por lo que provoca como consecuencia en las personas sobre las cuales debe tomar una decisión.
*Del lado de los niños, el tiempo es urgencia, medida del destrato al que son sometidos, y en el que sus derechos individuales son vulnerados. El límite de los 18 años no opera como horizonte venturoso, sino como cisma, como amenaza de sumirse en la desprotección, y que les influye incluso si son adoptados por alguna familia. Es la permanencia en los hogares, no obstante, lo que aparece como el tiempo más dramático. La espera narra historias de adopciones diferentes, múltiples o individuales, incluso algunas fallidas, pero marcadas en todos los casos, por las huellas del tiempo. Desde esa en que el hermano mayor pide que lo excluyan de una adopción múltiple porque por su edad podía perjudicar las posibilidades de sus hermanos menores hasta el de la nena que descerraja en un juzgado una pregunta de una profundidad sin respuesta –“¿cuánto tiempo es ‘un tiempito’?”-, el paso de los días y los meses se reparte entre la esperanza –leit motiv que se repite en casi todos los lugares- y la decepción o la frustración.

*En La espera, la palabra de los niños no está, salvo en la recuperación indirecta que se hace por el relato de los mayores. La excepción es el penúltimo testimonio, que corresponde a alguien que salió de un hogar a los 18 años, después de no conseguir que lo adopten. Esa recuperación, no obstante, logra focalizar en los conflictos y necesidades. En la concepción de los lugares como cárceles –aunque intenten no parecerlo-, en las que no existe nada propio y todos quieren lo que tienen los otros. En la dificultad para adaptarse a ese mundo ajeno –la familia, la madre, son entidades que no reconocen como propias-. En el miedo a que todo fracase y vuelvan a ser abandonados –y de allí, el poner a prueba a los adoptantes para que, si los devuelven, sea al comienzo. De esa manera se logra reconstruir, aun fragmentariamente, eso que está ausente, a partir del cruce que establece entre muchas instancias. Son otros los que hablan, pero lo central siguen siendo esos niños marcados por la carencia: si para ellos lo que no hay es familia –un territorio cuya significación ha quedado vacía-, para el documental lo que no hay, y debe ser repuesto desde otro lugar, es la perspectiva de esos niños.

*El trabajo de Doria sobre las imágenes, en cambio, va en una dirección interesante. Los entrevistados no aparecen más que con su voz en off –las señales para identificarlos son detalles que van apareciendo en sus relatos. En cada segmento, que se corresponde con un entrevistado, las imágenes aluden a esos espacios de pertenencia de quien relata. Puede tratarse de un hogar, una escuela, un juzgado o una casa. Invariablemente, esos segmentos están compuestos de planos fijos que avanzan desde la exterioridad hacia lo interior –si no fuera porque la cámara se detiene en algunos detalles particulares, el procedimiento parecería remedar los que sigue Heinz Emigholz en sus documentales sobre arquitectura-. Los planos funcionan como revelación en un sentido doble. En los límites de esa narrativa, funcionan como mapas de los espacios en los que se puede situar el relato. En un sentido más amplio, el conjunto revela los espacios que constituyen a la totalidad del sistema. La ausencia casi total de figuras humanas dentro del cuadro –excepto en los dos relatos finales- funciona reforzando la deshumanización que implica el sistema en sí mismo, mientras permite establecer al espacio como tal y en comparación con otros –incluso en esa posible deshumanización, los que refieren a las casas siguen generando una sensación de cercanía que no pueden brindar un hospital o un juzgado. Esa diferenciación se entabla a partir de los objetos, de esos detalles en los que la cámara se detiene y que se vuelven significativos para la vida de un chico: juguetes, muñecos, libros, dibujos, algún cartel, algún mensaje escrito en un pizarrón. Son esos elementos los que ponen distancia con la aparente frialdad que las imágenes parecen sustraer de esos lugares. Ese vacío, quebrado en los dos últimos fragmentos, en verdad es relativo: lo que hay allí, en esos planos fijos, es todo lo que necesita el espectador para relacionar los relatos con un espacio real y palpable. Lo que se necesita para comprender de qué manea opera un sistema sobre una realidad.
La espera (Argentina, 2026). Dirección: Darío Doria. Guión: Florencia Gattari. Fotografía y edición: Darío Doria. Duración: 79 minutos.
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