
Integración. Para contrarrestar estos tiempos supremacistas, donde como nunca los pueblos asisten y protagonizan la naturalización de los horrores más abyectos, resulta pertinente retomar el concepto de doikayt – en ydish: “estar aquí”-. Creado y acuñado en la Rusia pre revolucionaria por una agrupación judía que promovía la lucha por los derechos y la identidad israelita en cada lugar del mundo donde residan. Lo contrario al sionismo. Concepto que habilita extender a los pueblos del mundo. De ahí, pensar lo geopolitico desde multiculturalismos y cosmopolitismos. O sea, desde las posibilidades de integración.
Cineastas que piensan las mixturas, los ensamblajes culturales y sus tensiones existen de las más variadas propuestas formales. Las problemáticas de lo ítalo norteamericano en la pantalla consolidaron una mirada clásica universal que preserva la subjetividad y el anonimato de un público que no se siente interpelado. Muy diferente a lo que suscitan la fantástica Código desconocido (2000) y Caché (2005) – ambas de Michael Haneke- , piezas en las que el austriaco alemán confronta al espectador con sus micro fascismos – y no tan micro -. O las caricias perceptivas de la francesa Claire Denis, quien invita en gran parte de su obra a encuentros de blancos occidentales con la etnia afro en su país. En tal sentido, una de sus películas más interesantes es Buen trabajo (Beau travail, 1999) donde luego de un prólogo, la cámara sigue a cuerpos hegemónicos de hombres de la Legión Extranjera en un bar nocturno donde bailan en torno a mujeres negras. Suena Simarik del intérprete turco Tarkan, completando el extrañamiento de la escena.
No solo la cámara de Denis trabaja la percepción que habilitan los cuerpos en una pista de baile. El tema Love me babe de Lexy y K-Paul suena en un boliche argentino, donde un baile frenético es protagonizado por la dj coreana Anita B. Queen. Ella es el centro, y rodeada de jóvenes bailan todos al ritmo de la música. A partir de esa figura abre Hijo mayor de Cecilia Kang, que nos pasea por vínculos familiares a través de un mundo en el que prima mucho más lo que se rescata, se reconstruye, se preserva en la memoria, que lo que se pierde.
Mundo Kang. Porque la filmografía de la directora recurre en reflexiones y exploraciones identitarias sobre su familia de origen coreano a través de un modo cadencioso que acompaña e invita a los aspectos sensitivos de los personajes, sin necesidad imperiosa de que tales aspectos develen. Lo relevante es la exploración de un cuerpo que percibe su mundo circundante, que reconoce ese mundo, que a veces se sorprende con él, que por determinadas situaciones se encuentra violentado por circunstancias del entorno. Coreanos en Argentina, nominados en ocasiones como chinos o japoneses. Coreanos del Sur que regresan tardíamente, a destiempo, con una vida hecha, a veces con una historia por construir, o con su historia ya pasada. El estar a tiempo del regreso, la mítica y anhelada completitud que deviene en actos malogrados, en historias sin concluir, en familias abandonadas, en regresos carentes de reproche como si la ausencia por años no mereciera explicación. La búsqueda de la propia historia, el deseo de reconstitución, es en definitiva el intento de reparación de un pueblo que puso sus víctimas civiles y sus esclavas sexuales en la Segunda Guerra Mundial (tema capital en Partió de mí un barco llevándome, de 2023), que luego de la misma hicieron enfrentarlos hasta hoy día con sus hermanos del Norte, pasando por esa noche negra que fue la sangrienta Guerra de Corea. Desde ese trasfondo macropolítico – fuera de campo en el tiempo sin necesidad de explicitación – la cámara de Kang es política desde el vamos, a través de vínculos privados que dimensionan lo público pero sobre todo sacan afuera el interior de sus personajes. Ya las dos protagonistas mujeres de sus dos primeros cortometrajes dan cuenta de un no lugar con respecto al entorno. La situación apremiante de la docente primaria que encarna la recordada Rosario Blefari en Que viva el agua (2012) la lleva a desplazarse de sus relaciones cotidianas, lo que resulta en un plus de percepción que a la vez que la distancia del mundo, la conecta con una sensibilidad impensada. En Videojuegos (2014) es la entonces pre adolescente Nina Suarez, hija de Rosario, la que habita una dimensión sensible que aún no comprende pero que la atraviesa. Es ella quien le hace una escena de celos a una amiga que se obnubila con un joven coreano que juega al pump it up (baile al ritmo de la música, donde se pisan casilleros que se iluminan alternadamente). “Te gusta el chino” – le dice con desdén. La otra replica – “Es coreano”.

Así, los desfasajes con el entorno a través de conflictos en apariencia simples son la materia prima para, en adelante, adentrarse con su cámara en modo más directo en su propio mundo personal a través de una investigación formal sobre su propia historia, que es lo mismo que decir la historia del pueblo coreano. De este modo recurre al registro de documental moderno en Mi último fracaso (2016) y Partió de mi...
En ambos largometrajes emerge aquel interior de los “personajes” (en Kang, el término es bien provisorio) logrado a partir de la forma de trabajo con los cuerpos en cuadro. La confianza en lo que pueden esos cuerpos es notable, y se apoya en la intuición. Kang espera con la lente lo que le van a brindar, reemplazando la clásica marcación actoral, en la que los cuerpos, los rostros, son mayormente direccionados. En Partió de mí…, el resultado en determinados momentos especialmente expresivos es el de la emoción que emerge y suele terminar en lágrimas. No un llanto, no llega a eso. Son instancias que surgen como efecto último de la situación. Al igual que en lo que recuerdo como uno de los planos secuencia más persistentes en Mi último fracaso, en el que dos amigas entrañables de Catalina, hermana de Cecilia, recuerdan el tiempo en que aquella les contó que tenía un tumor en la cabeza hasta el relato de la espera angustiosa en el lugar de internación por parte de ambas. Además de lo narrado, va surgiendo un crescendo impensado que se proyecta hacia los ojos rojos de ambas, que se los van secando.
Relato. Hijo mayor se divide en tres tiempos: los primeros dos, ficcionales, y el tercero como suerte de epílogo propone una tensión entre ficción y documentalización de parte de su vida, o una visión sobre la vida de la misma directora que como hizo costumbre, aparece como alter ego de sí misma. Las apariciones de Cecilia son cameos. Apenas pisa la orilla de su propia obra. Lo más interesante de la estructura completa es que al final, sin mediar explicación que cierre narrativamente (lo cual sería un atentado a a propuesta), los mundos planteados se consolidan como uno. Por lo tanto, algo de la ficción parece recrear en parte – mucho, poco – la historia de Cecilia Kang y su familia de origen para integrarse con lo que resuena como cierta documentalización que a la vez continúa en parte la línea argumental. Así, la estructura se organiza como todo abierto que piensa la historia de un pueblo con eje en una familia.

Hijo Mayor hurga en el vínculo entre Lila (la misma Anita) y Antonio, su padre (a través de la frescura actoral de Chang Sung Kim) en una jornada de campamento con los amigos de él, para pasar luego a los tiempos de un joven Antonio (Suh Sang Bin) en Paraguay que, por inexperiencia y torpeza, ya había perdido el dinero invertido en un restaurante a manos de dos prestamistas. El periplo de aquella etapa del personaje es un derrotero en el que el milagro en mínimas dosis necesaria hace su aporte. El epílogo se decanta como falsa continuidad que concluye en un primer plano que condensa de algún modo el espíritu de la película.
Visiones. Porque de espíritu se trata. Cualidad que reemplaza la habitual narración lineal por estados, momentos de visión. Como cuando Lila descansa en la tarde del campamento en una reposera y su hermana en otra mientras su papá pesca. Lo importante es la construcción del punto de vista. Ella distingue un Antonio lejano, a contraluz. Una construcción casi virtual. Al mirar al lado opuesto, la figura de su hermana se presenta bien actual, colorida y definida en el aquí y ahora. Luego, nuestra Lila se acerca al muelle en un momento solitario, levanta las manos al cielo, y a esas manos se le suma la de la misma hermana. Comienza un juego de complicidades y unión complementaria del vínculo filial: otra construcción.

También, en el sentido de las construcciones y aportes virtuales, en el local de baile busca a su padre y al mirar a lo lejos lo distingue en la barra – desde claroscuros de ambiente nocturno que opaca – pero es su padre joven, el de aquel pasado que en un rato conoceremos. El flash de un instante que no altera la continuidad y alimenta la dimensión perceptiva aportando una efímera capa de pasado.
Así como en esa propuesta de develar estados, los planos para el joven Antonio son sobre su cuerpo. Un compañero del cuarto de pensión lo observa desde su cama. El contraplano es del cuerpo del protagonista mientras se desviste. Más adelante, la percepción de este sobre niños que se bañan en el río, a través del fuera de foco. O el arco iris a través del vidrio del auto desde la visión de Lila.
En su primer largometraje ficcional, la cineasta plantea una poética de planos y contraplanos como micro percepciones en las que el objeto de mirada resulta un plusvalor.
Un lugar. Si unificamos los momentos perceptivos, el mundo entero se presenta como lugar posible, como posibilidad de apertura y – por qué no – de algo aunque sea parecido a la felicidad. Desde la tesis de Cecilia Kang, se pueden echar raíces en cualquier momento de la vida y en cualquier lugar del mundo, pareciera decirnos la relación (a veces demasiado humana) entre personajes. El doikayt. En Corea del Sur, en Paraguay, en Argentina. En cada lugar se puede recomenzar y sembrar. Porque la historia universal no se alimenta de purezas reaccionarias sino de integraciones, ensamblajes. Más allá de que en los peores casos, se produjeran por medio de violaciones que devinieron en nuevas culturas. Pero el encuentro entre pueblos conduce a la mirada más noble, la de integrar al otro como semejante, a cada cultura como hermana. Todos pertenecientes a la misma raza. Y todos con derecho a todo.
En ese mundo tan posible como hoy en apariencia lejano, vale la reflexión atribuida al escritor egipcio Naguib Mahfuz, quien afirmaba que el hogar no es donde uno nace sino donde cesan todos los intentos de fuga.
Hijo mayor (Argentina, 2025). Dirección y guión: Cecilia Kang. Fotografía: Victoria Pereda. Edición: Lorena Moriconi. Elenco: Anita B. Queen, Chang Sung Kim, Sang Bin Suh. Duración: 118 minutos.
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