brisas-heladas-poster-190x300Ningún espectador que goce de buena salud mental pensó que esa pluma que volaba en el inicio de Forrest Gump resultaría ser el personaje principal. Suspendida por el viento y una suave melodía al piano, se establecía un contrato implícito que nos depositaba en la punta del ovillo, en el inicio de la travesía de Tom Hanks. Incluso, de arranque nomás, nos alertaba que sería muy atinado valerse del mismo recurso sobre el final. El peso de esa pluma es tan liviano como la atención que ponemos en ella; nos dejamos llevar y a buen puerto. En Brisas heladas, en cambio, nos atamos a la primera imagen con el peso de un yunque: una mujer que en breve se perderá caminando tras otra cuyo papel consiste simplemente en decir una línea de diálogo y dar cuatro pasos, pero en el último se traba, o da el mal paso. La composición hace que las dos extras se roben la atención, que nos confundan.  En pocos segundos, un escalofrío anuncia la fiebre.

Casi todas las personas que se dan un porrazo en la calle, acto seguido se levantan cancheras y sonríen: es la vergüenza. En Brisas heladas pasa lo mismo: luego de la accidentada primera escena, el director elige seguir a sus personajes con un plano secuencia mientras hablan del recurso que está siendo empleado. En ese metadiscurso el director Gustavo Postiglione la cancherea antes de levantarse. Uno de los personajes reflexiona: “Yo creo que lo hacen para que los críticos opinen” y el otro, la voz del inconsciente del director, sentencia: “Eso es porque los tipos no quieren que se note que la película es mala”. A esa altura de la película, cuándo los personajes principales ni siquiera han sido presentados, ya estamos hasta las pelotas.

De no haberse quedado en intenciones estaríamos frente a una película de suspenso con pizcas de humor y un toque de terror psicológico. Pero no, todo es tan básico que no le escapa a un policial predecible con diálogos poco creíbles, anclados en el teatro, lugar donde nació esta obra homónima. Que un personaje asustado por su inminente asesinato diga “Soy hombre muerto” en un policial negro de los 40 es creíble. Que lo diga un treintañero en estos tiempos, no. Que llegue ensangrentado a su casa luego de pelearse en la calle y diga “me pegaron un puñetazo”, lo convierte en un alumno nerd y no en un matón mafioso. Estos son algunos ejemplos de lo que abunda en Brisas heladas: líneas poco creíbles dichas por actores poco creíbles.

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La acción del relato está guardada dentro de un bolso. Un botín que el espectador desconoce qué contiene, pero que es motivo suficiente para que los cinco actores protagónicos construyan esta tediosa hora y media. Bruno (Juan Nemirovsky), el principal de este entuerto, lo tiene escondido en su casa, luego de habérselo robado a Antonio (Norman Briski), quien sabe bien dónde está. Ahora, ¿por qué Antonio y su secuaces, como mínimo cinco y armados hasta los dientes, no van a buscarlo y listo el pollo? Se supone que son matones, mafiosos, pero no, Bruno se guarda en su casa sin siquiera cerrar con llave.

Mabel (María Celia Ferrero)l, la hermana loca del protagonista, llega a escena en zapatos de taco azules. Llega, los revolea y resuena el impacto de cada zapato contra el piso. En la acción siguiente, sentada en el sillón del living, los vuelve a tener puestos. Es difícil seguir la continuidad de este elemento, aun en los planos en los que queda fuera de campo, porque escuchamos su andar. El escenario principal de la obra, el living de Bruno, es un cliché perfecto: fichas de póker, whisky por todos lados y una dardera, toda una atmósfera sobrecargada al servicio de la poca imaginación. Si realmente se pensara en relación al policial, Brisas heladas termina de desbarrancar con dos escenas: la primera es el encuentro de Bruno y la mujer de Briski en un bar. Solo en las películas uno llega, se sienta en la barra y, sin mediar palabras, le sirven un whisky. Y si no es así, que pasen la dirección; la segunda, la actuación de Elli Medeiros, que con un tiro en el abdomen se retuerce más pareciendo atorada por un flato que por el plomo que ha hecho brotar la sangre seca que le mancha el vestido.

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Al final se termina descubriendo el peor de los problemas. La intriga se resuelve para el espectador antes que para los personajes, pero la película sigue. Entonces pierde sentido que se incluya cómo se elucubró el plan si ni siquiera, en ningún momento, el espectador se preguntó por ello. La película termina deshilachada. Primero con un disparo y la apertura de un bolso para que el espectador descubra quién es quién. Segundo, escenas después, con el plan ridículo y poco probable por el que nadie preguntó, pero que el director pone de manifiesto como esperando que alguien le diga “uuhh, claro, brillante, no se me había ocurrido”. Y, tercero y último, como si esto no fuese poco, con la última mirada de Gastón Pauls, que parece descubrir el crimen perfecto, ahora imperfecto, de esta película fallida.

Brisas heladas (Argentina, 2015), de Gustavo Postiglione, c/ Juan Nemirovsky, Norman Briski, Gastón Pauls, Elli Medeiros, María Celia Ferrero), 90′.


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