La pérdida de un ser querido es un acontecimiento del orden de lo imposible. Se trata de un agujero en la trama de lo simbólico de la narrativa de la vida cotidiana, que ya no podrá suturarse ni volver a su estado anterior. La muerte, entonces, supone un momento de crisis en tanto conmueve las identificaciones en las que uno se sostenía, pero también puede ser el puntapié para que elaborada la pérdida, mediante el trabajo de duelo, se emprenda un nuevo camino que renueve o ponga en marcha el propio deseo. Es esta temática la que la directora española Celia Rico Clavellino aborda en película Viaje al cuarto de una madre con una lucidez que se agradece y una madurez que sorprende por tratarse de una ópera prima.

La cámara toma y encierra en plano fijo a madre e hija dormidas en el sillón frente al televisor, mesa de por medio, donde comparten series durante las noches. El sillón mismo es un lugar de mutuo cobijo, donde mimarse y acompañarse, luego de la muerte del padre de familia cuyas circunstancias se desconocen a lo largo de la película. Su antigua presencia se evoca en planos detalles de una caja de zapatos que cae del armario, un acordeón guardado y las intactas camisas colgadas en el perchero. Ante la pérdida del pater familias, Estrella (Lola Dueñas), una madre en sus cincuenta y tantos, y Leonor (Anna Castillo), la hija que ya ha concluido la adolescencia, se refugian en lo conocido, en una suerte de regresión al vinculo madre-hija de los tiempos de la infancia, donde el sillón evoca la contención uterina y el plano fijo marca el encierro y la quietud de ambas en este vínculo. Elaborar la pérdida y emprender el trabajo de duelo, es entonces lo que une a madre e hija. El estado de indiscriminación propio de este vínculo está trabajado por la directora en las reiteradas intromisiones de la madre en la intimidad de la hija, contestando el teléfono por ella, inmiscuyéndose en su cuarto sin golpear la puerta, y también en la fluctuación de los colores de la vestimenta, morado y amarillo que se van intercambiando de una a otra, como si estuvieran unidas y en sintonía en sus mutuos cambios anímicos. Esto traduce también la dificultad de cada una para separarse de la otra y para encontrar su propio lugar, habidas cuentas de que ya no tienen el recurso del padre como instancia separadora por excelencia.

Estrella cocina, arregla la ropa de su hija y le consigue a través de sus contactos un trabajo en un taller de costura. La costura es algo de lo que sabe Estrella, que tiene su máquina de coser en la casa, aunque hace un tiempo que no la utiliza. La costura y el cuidado del hogar y de la hija, aparecen vinculados al rol tradicional de la mujer en tanto esposa, ama de casa y madre. Es a este lugar de identificación al cual ha quedado reducida y confinada Estrella. Y casi diría que aquel al que se aferra con todas sus fuerzas, más aún ante la partida de su hija del hogar (nuevo duelo a enfrentar) como da cuenta su encierro en las paredes del hogar (no tiene ganas de hacer vida social), con pequeños trayectos desde la cama al living y su única conexión con el exterior que se traduce en llamadas o mensajes telefónicos, casi exclusivamente con Leonor y ocasionalmente con algún vendedor de promociones.

Leonor comienza a trabajar en el taller de costura a instancias de su madre. La costura no es algo para lo que Leonor se de maña ni algo que verdaderamente le interese. En una fiesta, se encuentra con una amiga que vive en Londres, se dedica al canto y está de visita porque es la víspera del festejo de año nuevo. Este encuentro despierta la curiosidad de Leonor, que mira sus fotos en Facebook y escucha una de sus canciones de jazz. Y también comienza a investigar en internet posibilidades laborales en Londres.

El desafío, entonces, que trae aparejada la muerte del padre para madre e hija es separarse de estos lugares de identificación, donde se reconocen y están tranquilas, para devenir en mujer. Pero la tarea no será precisamente fácil. Reinventarse no será sin resistencias, desencuentros, sin momentos de extravío y sin mediar cierto tiempo. Cuando Leonor manifieste querer estudiar inglés y estar interesada en estudiar turismo, esto resultará extraño para Estrella; e incluso manifestará su oposición y enojo cuando Leonor blanquee su plan de irse a vivir y trabajar a Londres. Que la separación del vinculo con su madre tenga que efectuarse mediante una separación física efectiva más que simbólica, e incluso tomando un trabajo cuidando a los niños de una familia inglesa, da cuenta de cuán difícil resulta para ella, separarse y diferenciarse de la madre.

Un punto interesante es que siempre es algo del orden externo y de lo accidental lo que pone en movimiento a cada una de estas mujeres a emprender el proceso de separación. En el caso de Leonor, son el encuentro con la amiga que vive en Londres y la quemadura con la plancha, los hechos que la llevan a ir en busca de su camino. Mientras que para Estrella, es el incendio de la mesa de mesa del living y la descompostura de su máquina de coser, lo que la lleva a desprenderse de efectos del pasado y renovar su hogar, así como de introducir a un hombre en la casa, el técnico de maquinas de coser.

La separación física entre madre e hija, como primera tentativa de separación, da lugar a que la apatía, la angustia y la tensión en la que se igualaban, se disipe. Para cuando se reencuentren madre e hija con ocasión del cumpleaños de Estrella, la máquina de coser de Estrella ha vuelto a ponerse en marcha y hay un incipiente vínculo con un hombre. Leonor ha cambiado su estilo pueblerino y aniñado por un look más fresco y más personal, y toma la decisión de dejar su trabajo de niñera para emprender un nuevo camino más conectado con su deseo. Dejamos atrás las habitaciones y pasillos tipo túnel, lúgubres. Hay un atisbo de luminosidad que se traduce en la mutua complicidad y la sonrisa de ambas.

Viaje al cuarto de una madre es un drama intimista donde la economía de la puesta en escena está al servicio de la ficción que la directora construye poco a poco, sin caer en subrayados innecesarios. Las interpretaciones de Dueñas y Castillo logran transmitir con naturalidad los vaivenes de la ambivalente relación madre e hija, y traducen, con los matices de sus cuerpos, las emociones de cada una, permitiendo su expresión mediante imágenes más que con parlamentos estridentes o sobreactuados. Gracias a ellas somos testigos y participes de un momento bisagra en la relación madre e hija, y palpamos en carne propia aquello de que la vida, al fin de cuentas, es un proceso de sucesivas separaciones.

Calificación: 8/10

Viaje al cuarto de una madre (España, 2018). Guion y dirección: Celia Rico Clavellino. Fotografía: Santiago Racaj. Montaje: Fernando Franco. Elenco: Lola Dueñas, Anna Castillo, Pedro Casablanc, Noemí Hopper, Marisol Membrillo, Ana Mena. Duración 90 minutos.


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