
1. El título lo adelanta. Lo que propone el documental es una mirada sobre Carlos Gessell desde la perspectiva de una de sus hijas. Un retrato que parte de lo familiar, en tanto esa relación estará en el centro, irradiando hacia su entorno. El procedimiento es llevado a un extremo que aparenta ser una solución fácil a la narrativa: se sostiene en el libro que Rosemarie Gessell escribió sobre su padre. Allí, sin embargo, asoma un riesgo mayor ante la pretendida facilidad. La decisión de poner el texto en un off casi omnipresente plantea al menos dos problemas. El primero, que no termina de resolverse apropiadamente, es el de la saturación producida por el uso de ese recurso. El segundo es cómo proceder desde lo visual para contener ese desborde de palabras.
2. El primer problema parece incluir al otro. Se intuye una confianza en el material textual que termina generando un desequilibrio. Se percibe que la historia que se quiere contar está contenida en su totalidad en la banda sonora y en la voz de Cecilia Rossetto. Lo que se cuenta es interesante (aun con algunos desbordes hacia la intimidad familiar) pero parece que hubiera sido más apropiado para un largo podcast. Si ello es así es porque se relaciona con el otro problema: la imagen funciona, la mayor de las veces, solo como un apunte de ilustración al texto en off, con lo que se pierde parte de su potencial. No obstante ello, algunos momentos revelan decisiones interesantes. Una de ellas es, ante la carencia de archivos familiares profusos para algunas etapas, recurrir a imágenes de archivo históricas y sobre todo a fragmentos de cortos de Buster Keaton y Charles Chaplin. El efecto es llamativo: el dramatismo de algunos relatos (las dificultades para vivir en los Estados Unidos en la década del 30, los problemas para hacer crecer los árboles plantados en las dunas) se diluye hacia una mirada en la que prevalece la comedia, favorecida por la distancia temporal con lo narrado. Otra decisión es la de utilizar a Los inconstantes, la película que Rodolfo Kuhn rodó en la Villa en el año 1959: más que como referencia cinematográfica, aquí aparece como recurso documental, recuperando desde sus imágenes los cambios que se produjeron en el perfil social y cultural de la ciudad.
3. Es que hay pocas ciudades en las que su historia esté tan unida a la de una persona. Carlos Gessell fue el fundador de una ciudad balnearia que solo aparecía en su horizonte, a partir de la llegada y el entusiasmo de unos primeros turistas. El libro de Rosemarie y el documental hacen que los sentimientos filiales se encaucen hacia ese recorrido en el que coincide la historia de su padre con los primeros treinta años del lugar. Allí subyace una idea de ciudad en el origen: fuertemente conectada con la naturaleza pero sin renunciar a los beneficios de la modernidad. Las señales que se rescatan están en el nudo de la lucha del fundador por llevar adelante su proyecto: la disputa con los terratenientes de la zona para abrir un camino, la decisión de no vender tierras a quienes se apartaban de su visión de la vida (la anécdota del vaso de whisky es un ejemplo de ello), la resistencia a un trazado que no respetaría las formas de la costa y la decisión de permitir la radicación de todos por igual. Más que la evolución de una ciudad, lo que se percibe allí es la forma en que fue concebida y sostenida por una serie de criterios que son los que le dieron identidad propia.
4. El tramo final parece destinado a contrarrestar el tono celebratorio (hasta algo infantil por momentos) que se desprende del texto de la hija. La comedia desaparece con los signos de la transformación. Algo puede intuirse: cuando Gessell dona tierras para las instituciones (escuela, policía, bomberos), empieza a ceder el control que ejercía sobre la ciudad. El llamado a su yerno para encargarse de las relaciones públicas no es solo un cambio de perfil sino un signo de los tiempos que iban cambiando. Si hasta ese momento, la Villa seguía siendo su proyecto, en la década del 70 comienza a transformarse. El relato no hace foco en un eventual fracaso, sino que naturaliza esa transformación como algo inevitable. En ese punto, la voz de la hija comienza a colocarse en una postura algo más crítica. Si el cuestionamiento a su padre pasaba por lo familiar (la separación con su madre, la relación con quien fue su secretaria) en el final se detiene en otros aspectos negativos. Desde lo enloquecedor que era trabajar para él hasta su falta de agradecimiento por la ayuda que Rosemarie le brindó, desdibuja un tanto el perfil previo aunque se tienda a justificarlo por la edad. Gessell se vuelve para su hija, un ególatra sostenido por sus éxitos, un hombre que se volvió omnipotente y que se fue quedando solo. En ese momento, el relato logra desprenderse de esa unidad que supo sostener: no son los años de Gessell los que ponen distancia de la ciudad, sino su posibilidad de adaptarse a los cambios. Un sueño, al fin, que ve desvanecerse ante sus ojos sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Carlos Gessell, mi padre (Argentina, 2022). Guion y dirección: Marina Zeising. Fotografía: Marina Zeising, José María Gómez. Montaje: Marina Zeising, Gabriela Bernaola Deli. Música: Carlos Barocela. Voz: Cecilia Rossetto. Elenco: Rosmarie Gesell, Oskar Molek, Bonnie Favelis. Duración: 61 minutos.
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